No entiendo mucho de fútbol. Quizá nada. Pero hoy mi mejor amigo me saludó a la mañana con un “qué pasa, campeona del mundo”, y me reí extrañamente, como diciendo "y yo con estos pelos", y sujeté en mis manos mi pequeña vida, y me encogí de hombros. Esas palabras me resultaban grotescas, hermosas, infantiles, todo a la vez, y también la idea de ser campeón de algo, o aún más, la idea monstruosa de ser campeón del mundo.

Qué será el mundo.

Es tan grande que no alcanzo a imaginarlo, o al imaginarlo me vuelvo más y más diminuta, como una niña hechizada en un cuento. Pronto cabré en la mano de otro.

Un deporte que no amo me hizo campeona del mundo, cómica o poéticamente, sin merecerlo mucho o más bien nada, como a casi 50 millones de personas más. A dónde pertenezco y por qué, me he dicho. Por qué tiene algo que ver conmigo esta copa que no he sudado, esta copa lejana que nunca me despertó de deseo en medio de la noche amarilla.

La identidad es una cosa misteriosa.

No recuerdo si fue Larra quien decía que se pertenece fatídicamente a la lengua y a la clase, y que la lengua delata, como delatan los modales y hasta los rasgos físicos.

Yo creo que se pertenece a España cada vez más luminosamente, por encima del tópico y del pelo duro del toro, ese animal tan romántico, con su espíritu fantasioso y rebelde; y por encima también de las catedrales espléndidas, emocionantes, y de los cableados en las callejas y de esos flamencos lorquianos, casi médiums, que dicen que uno sólo canta de verdad cuando le sabe la boca a sangre.

Bordeando la costumbre y los viejos cancioneros que nos enseñaron a amarnos, uno pertenece a España porque se siente apelado por su juego.

El juego tiene que ver con la vida. Uno juega como es, eso pienso, pero uno también juega como quiere ser. Uno juega aspiracionalmente. Uno juega para dar un salto, para convertirse en algo. Para performar un ideal.

Me conmovió descubrir frente a la tele, mientras pescaba una oliva helada de mi vaso de vermú, que España jugaba para ser buena. Para ser limpia. Para ser generosa. A los chicos de la Selección les delató el humanismo.

Nuestro Quijote venció a nuestro pícaro, calladamente.

Ya no nos parece tan divertido el arquetipo del vil superviviente, del cínico o del escurridizo. Se nos hace barato.

Uno pertenece a una literatura y uno pertenece a un territorio, pero uno pertenece, ante todo, a uno mismo y a sus ensoñaciones, así que uno elige qué ficciones le modelan. Y hace rato nos sentimos colmados de ejemplaridad cervantina, esa mezcla salvaje de idealismo, cortesía y humor, ese entusiasmo lleno de imaginación que procura salir de uno mismo para ponerse en el lugar del otro.

El Quijote era una estrella distinta, torcida, un héroe trágico atrapado en una comedia, un poco como todos nosotros (¿o es al revés?, me digo ahora, ¿y si somos héroes cómicos atrapados en una tragedia?). Tan seco de carnes, tan noble. Perdiendo los dientes contra la avaricia, contra la literalidad, contra la ley del más fuerte. Nuestro amigo infinito manchado de barro, qué bueno que España se pareció a ti esta vez.

Pocas horas antes del partido, Lamine Yamal se envió una carta a sí mismo, a su yo del pasado, al crío que vestía un anorak del CF La Torreta, un gorrillo de lana y dos dedos enanos haciendo torpemente la señal de victoria sentado junto a una pizarra de menú del día, allá en Rocafonda. “Por ti y por la calle”, escribió, y resumió un mundo. Me dieron ganas de llorar. ¿Soy ya una conversa?

No sé cuántas cosas caben en esa frase: un bollycao aplastado al fondo de la mochila, la portería invisible marcada por dos piedras, el Puleva de chocolate, las horas muertas, los amigos sanguíneos, el balón sucio zumbando en la tarde, la niña favorita en la parada del bus, detenida en el tiempo, escaleras de bloque fregadas con lejía, política de parque, rodillas desolladas, un dolor eléctrico en el pecho el día de los Reyes, las botas de fútbol que sólo viste en fotos y una fe extrañísima en el fondo de uno, una intuición caliente que te lleva en volandas...

Lamine compartió también, de fondo, una canción que le ha dedicado el rapero Morad. Tiene versos reveladores. “Vengo de la calle, por eso todo lo soñaba”, decía uno, y me resultó quijotesco. Es sólo cuando uno no tiene nada que puede soñarlo todo. Es sólo cuando uno está despojado que forja un imperio en la cabeza.

Otro verso, aún más agudo, dice: “Vengo de la calle, por eso tengo autoestima”. Entiendo por dónde va: cuando uno viene de un lugar humilde tiene amor propio porque sabe que todo lo conseguido es suyo, es de mérito, es un parto del esfuerzo y del talento. Nunca hubo ningún colchón, ningún trampolín, ningún tráfico de influencias. Nada fue regalado.

Un nepobaby, por brillante que sea, siempre se pregunta sombríamente qué habría sido de él sin sus estructuras. Cuál es su valor per se, como criaturilla arrancada de su contexto. Hay algo inconsolable en el ego del privilegiado. Esa es la venganza lírica de los desprovistos.

Más tarde, tras el partido, vi a Lamine de rodillas en el césped de juego, rezando a su dios mientras al fondo un jugador argentino perdía los papeles y cocinaba una sanción por violento, por antideportivo. Sonaba Despechá, de Rosalía, y eso también era elocuente. La imagen del chico orando (agradeciendo) e ignorando la tangana es sorprendente, es pacificadora, es espiritual. Tiene humildad y tiene grandeza. También abrazó a Messi, aquel genio raro que una vez le bañó en una pila, ungiéndole.

Unai Simón hizo lo propio y fue a presentarle sus respetos a sus rivales, uno a uno. Lloraban en el suelo del campo. Eran niños desolados tras el macho fiero. Él les dio la mano, con temple. A Olmo le pegaron un puñetazo y no respondió. Ferran dijo que el gol no lo había marcado él, sino 49 millones de españoles.

Ni rastro de leyenda oscura: España fue mundial porque puso encima de la mesa un corazón grande y tosco como un pan de pueblo. Hubo épica en su amabilidad.

Yo me sentí parte de aquello, insólita, felizmente, honrada por esa representación que era también una invitación a la altura ética. A la elegancia.

Abracé a los míos y canté Un beso y una flor de Nino Bravo y Mediterráneo de Serrat y lo tuve todo.

Me gustó aquella fiesta, la fiesta de un país honorable con personalidad múltiple, con sus fulgores variopintos, heterogéneo en sus comunidades, en sus equipos, en sus jugadores, en sus estilos, en sus pasiones, en sus árboles genealógicos, en sus músicas, en sus platos preferidos; un país cada vez más alejado de la caricatura de sí mismo y más rayano en una identidad auténtica, que es siempre una identidad en movimiento.

Porque cualquiera que ame la literatura y la vida sabe que un gran personaje (que a veces es un gran lugar), si es interesante, si es complejo, siempre aprende algo y se transforma.

Viva España porque juegan todos. Viva España porque juega limpio.