Hay un episodio de Los Simpsons en que Homer es invitado a escribir en la sección de gastronomía de un periódico local. La cosa parece perfectamente inofensiva, pero él consigue meterse en tales líos, que se organiza una conjura de asesinos internacionales para matarlo.

Esto es un poco lo que le ha pasado a Mariano Rajoy, al que El Debate le había encomendado la sencilla tarea de escribir sobre el Mundial. Lo que se esperaba de él eran columnas chuscas en las que dijera perogrulladas como que si ninguno de los equipos mete gol acaban empatados (esto lo escribió casi literal).

Pero ¡ay! Se le ocurrió decir que la Selección francesa tiene "un altísimo nivel, eso sí, sin franceses".

Nadie que no fuera Mariano Rajoy (o Homer Simpson) habría sido capaz de meterse en semejante jardín, e inmediatamente recibió una avalancha de críticas. Especialmente en Francia, claro.

El ministro del Interior dijo que estas palabras son "absolutamente inaceptables", y fue el más moderado.

El de Exteriores, dijo que las declaraciones son "patéticas", fruto de "la estupidez, el racismo o una combinación de ambos".

La ministra para los Territorios de Ultramar (¿cabe un ministerio más chic?) llegó a pedir acciones legales contra el expresidente… por parte de la Federación Francesa de Fútbol.

Incluso Julien Odoul, Diputado de Reagrupamiento Nacional, llamó a Rajoy "racista", y pidió que todo el mundo condenara unas palabras tan "escandalosas, vergonzosas y lamentables".

Es especialmente interesante esto porque, habitualmente, cuando alguien enarbola la palabra "racista" es para atizar con ella al partido de Le Pen y Odoul, que ahora aprovechaba la ocasión para atizar a un tercero. Lo que parece demostrar que no es que queramos acabar con los podios morales, sino más bien ocuparlos.

Mariano Rajoy, el pasado 4 de diciembre en Santiago de Compostela, en la presentación de su libro 'El arte de gobernar'. Europa Press

Desde luego, las palabras de Rajoy fueron asombrosamente torpes: parecían una patada al concepto de nación cívica, y una sorprendente reivindicación de la nación étnica.

Dice Borja Sémper que lo hizo sin mala intención, y posiblemente tenga razón: Rajoy no ha sido racista sino patoso.

Pero como había podios morales disponibles, era previsible la sobreactuación de los que acostumbran a señalizar ruidosamente su virtud. Y así la cosa llegó a España.

"España es de quien la ama, no de quien la avergüenza con declaraciones xenófobas", dijo solemnemente Pedro Sánchez. Y su escudero Albares añadió "que la xenofobia es una enfermedad grave del alma: "No vamos a permitir que nadie introduzca ese veneno en nuestro país".

El caso es que el veneno de la xenofobia ya está profundamente introducido en la política española.

Y lo está gracias a Pedro Sánchez que, para acceder al poder, sucesivamente indultó, recortó a medida el Código Penal y amnistió a unos tipos tan xenófobos que dieron un golpe de estado para separarse del país en el que viven tranquilamente.

Y que se ha dedicado a blanquear a otros, aún más xenófobos, que se niegan a condenar sus asesinatos tribales y festejan a sus asesinos.

España es de quien la ama, dice Sánchez. Y eso excluye a mis socios, debería haber añadido, que están empeñados en cargársela.

Hace tiempo que se han señalado las semejanzas entre el sanchismo y el Procés.

En ambos casos existe una subordinación de la arquitectura institucional, la democracia y la convivencia a los delirios nacionalistas de unos y a la voluntad de poder del otro.

En ambos casos coincide la voluntad de gobernar contra la mitad de la población.

Y ambos han comprendido la importancia de convertir la televisión pública en herramienta descarada de propaganda.

Eso sí, Sánchez ha conseguido que RTVE supere en sectarismo a TV3.

Esta semana una de las tertulianas de Jesús Cintora, uno de los más zafios corifeos de Sánchez, abandonó el plató entre lágrimas. Yo estoy aquí para alimentar a mis hijos, dijo Marta Gómez Montero, pero ya no aguanto más.

"No me vas a volver a humillar. Me siento absolutamente humillada. He aguantado mucho tiempo, pero ya no aguanto más".

Aparentemente, no se ha dado cuenta de que ella está allí para eso, para defender opiniones contrarias al Gobierno y ser humillada rutinariamente por ello. Ese día Cintora le dirigió una ordinariez que fue celebrada por Luis Arroyo, tertuliano, presidente del Ateneo y experto tasador de joyas.

Este proceder parece habitual, y otro de los que se dedica a humillar a Marta Gómez es Javier Aroca.

Cintora también lo hace personalmente: en una ocasión en la que Marta Gómez hablaba de Servinabar y la corrupción de Santos Cerdán, Cintora le aconsejó que se fuera al "al programa de los ovnis", es decir, al de Iker Jiménez.

En enero de este año, el Consejo de Informativos de RTVE publicó un informe en el que señalaba algunas prácticas poco recomendables del programa de Cintora. Entre ellas se incluyen:

Interrupciones abruptas y groseras del presentador a tertulianos con opiniones discrepantes.

Sesgo ideológico en el tratamiento de la información con predominio de argumentos favorables al Gobierno y al PSOE.

Confusión entre opinión e información con comentarios valorativos presentados como hechos.

Falta de pluralidad en los colaboradores y especialistas invitados.

Y reparto desigual de tiempos que favorece a tertulianos afines a una línea ideológica concreta.

Es decir, que Jesús Cintora está ejecutando a la perfección la tarea que le ha encomendado Pedro Sánchez.

Y, por cierto, ¿qué han dicho las feministas de género habituales, acostumbradas a ver machismo en los lugares más inesperados, ante la humillación de Marta Gómez por el despotilla Cintora?

En efecto, no han dicho nada. Y los progresistas que han hablado (ahí está Víctor Egío) han criticado a Marta Gómez por llevar la falda ideológica demasiado corta. Vamos, lo habitual.