El 14 de julio de 1789 los franceses dejaron de ser súbditos para convertirse en ciudadanos.

Doscientos treinta y siete años después, mientras París conmemora esa transformación con Pedro Sánchez sentado junto a Emmanuel Macron en la tribuna, un expresidente español se ha entretenido en decidir, desde una columna deportiva, quién dentro de la Selección francesa merece ese nombre.

El problema no es que Mariano Rajoy haya ofendido a Francia, sino lo que esa frase revela sobre una parte de la derecha española.

Cabe preguntarse qué esperaba aportar Rajoy al entusiasmo colectivo que precede a una semifinal del Mundial España-Francia.

Porque no escribe como analista deportivo, ni como extécnico, ni como exjugador con algo que enseñar sobre el juego. Escribe como lo que es: expresidente del Gobierno y registrador de la propiedad.

Y un expresidente, aunque se disfrace de cronista, nunca deja de serlo del todo. Sus palabras arrastran, quiéralo o no, una carga institucional que las de cualquier tertuliano no tienen.

Por eso pesan distinto. Y ofenden distinto.

Rajoy podría haber aportado experiencia internacional.

Mbappé celebra su gol ante Suecia con Barcola. REUTERS

Ocho años en Moncloa dan para conocer de primera mano los despachos de París, las cumbres europeas, los consejos donde España y Francia han negociado juntas, a veces enfrentadas, desde el euro hasta la política agrícola.

Podría haber ofrecido perspectiva histórica sobre una rivalidad futbolística centenaria. O algo de lo mucho que sabe (o debería saber) de un país vecino con el que España comparte frontera, tratados y medio siglo de integración europea.

En cambio, Mariano Rajoy, quién sabe si fumándose uno de sus míticos puros, redujo el debate al color de los jugadores.

"Una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses". Nueve palabras que dicen más de quien las escribe que de la selección a la que retratan. Toda esa experiencia acumulada se disolvió en un chusco chascarrillo de barra de bar.

No me detendré en si eso es racismo. Ese debate ya lo han abierto otros, con razón, y no necesita que yo lo repita.

Lo que a mí me interesa está un piso más abajo, en la pobreza intelectual que la frase deja al descubierto.

Merece la pena comparar dos respuestas que ha suscitado la polémica desde la izquierda.

Olivier Faure, primer secretario del Partido Socialista francés, respondió que Francia no es una nación étnica, que no tiene color de piel ni religión, sino que es una nación política construida en torno al lema republicano.

Pedro Sánchez resumió que España es de quien la ama y la trabaja.

La diferencia no es menor. Faure ofrece una arquitectura conceptual con dos siglos de tradición detrás; Sánchez, una consigna eficaz para las redes. Uno explica qué es una comunidad política; el otro postea un eslogan.

Y, sin embargo, incluso la fórmula más ligera de Sánchez descansa sobre una premisa que tanto la tradición republicana francesa como la liberal comparten: la pertenencia no se mide por el color de la piel.

Que a esa premisa mínima le cueste tanto llegar a una parte de la derecha española debería preocuparnos más que la propia frase de Rajoy.

La nación moderna no es tribu ni folclore, es una comunidad cívica que se define por la ciudadanía compartida, no por el origen ni por la sangre.

Esa idea nació precisamente con la Revolución que Francia celebra este martes, se depuró con la Tercera República y sigue siendo el armazón que sostiene a las democracias liberales de este lado del Atlántico.

Quien la cuestiona no defiende una tradición. Al contrario, la ignora.

Conviene además mirar hacia casa, porque España tampoco es ya la que era.

La Selección que esta noche saltará al césped la encarnan Lamine Yamal, hijo de la Mataró plural. Nico Williams, cuya familia llegó desde Ghana antes de que él naciera en Pamplona. Aymeric Laporte, francés de nacimiento y español de elección.

Nadie en su sano juicio les preguntaría "sin quiénes" ganamos. La camiseta de España es hoy el mejor argumento contra la tesis que Rajoy quiso deslizar sobre la de Francia.

La derecha española lleva años perdiendo esta batalla cultural. Y no porque defienda valores conservadores legítimos, necesarios, parte imprescindible del debate democrático. La pierde porque ha renunciado a construir un discurso propio sobre igualdad, integración y ciudadanía.

Ha cedido ese terreno por miedo, por complejo, por pura falta de ambición intelectual. Cuando intenta recuperarlo, rara vez lo hace desde el pensamiento. Lo hace desde la reacción, el complejo o la nostalgia de un país que, en realidad, nunca existió como monolito.

Confunde, con demasiada frecuencia, patriotismo con identitarismo. El primero se construye hacia delante; el segundo mira siempre hacia atrás, buscando un pasado depurado de mestizaje.

El reto no es regresar a un origen imaginado, sino escribir un relato de futuro capaz de nombrar la igualdad sin sonrojo.

Mientras Macron y Sánchez presencian en París la conmemoración del día en que la ciudadanía sustituyó a la sangre como fundamento de la nación, una parte de la derecha española sigue sin encontrar una forma moderna de hablar de nación, de ciudadanía, de pertenencia.

Quizá no haya perdido el norte por exceso de convicciones, como le gusta creer, sino por haber sustituido el pensamiento por la ocurrencia. Tal vez el problema no sea que haya perdido sus principios, sino el hábito de pensar desde ellos.

Rajoy es, en este episodio, apenas síntoma de una derecha que combate las batallas culturales con torpeza y responde a desafíos complejos con ocurrencias sencillas.

Y una derecha que aspira a gobernar sociedades abiertas, diversas y democráticas necesita algo más que chascarrillos para orientarse. Necesita volver a magnetizar su brújula antes de pretender orientar a los demás.