A mí siempre me ha gustado el Jack Nicholson o el Laporta Summer: eso de fumar en el mar manteniendo el pitillo prendido sólo con la presión de los labios, como diciendo “mirad, cabrones, sin manos”, eso de hincarse un bocata de lomo en el barco o chulearle un trozo de pizza a una gaviota en la cubierta, eso de ser un monstruo del goce.
Nicholson o Laporta compartían escuela lejanamente, de un océano a otro. Ambos achinaban los ojos como un niño frente al sol, con fantochismo y guapa extrañeza, sin miedo jamás a la bartola o al éxito.
El Jack Nicholson Summer.
Pero luego Laporta tenía sus propios matices y cantaba con una rubia encaramada a los hombros, como para acercársela a Dios, o se trincaba un puro como un brazo de gitano, muy velludo, renegrido y sincero: daba igual cuándo lo miraras, siempre parecía a punto de descorcharse un champán.
Nicholson me gustaba muchísimo porque nunca hizo el canelo fingiendo ser más joven: sabía que no fue nada fácil llegar a molar tanto. Era un agitador privilegiado. Todo le resbalaba soberanamente. Desayunaba café y sandía y sonreía como un puto loco, como un loco listísimo, muy pasado de vueltas pero menos lúbrico que Laporta. Nunca supimos de quién se reía. El verano también será eso. Descojonarse sin saber por qué.
Últimamente la que viene manejando los julios y los agostos es Dua Lipa. Tiene una alegría de vivir invencible.
El Dua Lipa Summer.
Te la encuentras en un césped en Ibiza desmelenada y bailando flamenco descalza, como la duquesa de Alba cuando la liaba en las ferias. Dua hace la de “mira cómo aguanto la copa sobre la cabeza”. Es tan inestable que cautiva.
Nos enseñó a comer espaguetis en la piscina de noche y a besar a hombres escondidos tras barbas ásperas: ahora se ha casado pero mantiene incorrupto su espíritu estival y se papa un libraco en el Hotel Locarno, allá en Roma, y hace el amor entre cuatro paredes hermosas pintadas de frescos. Es de las que se tira en plancha a la cama con el albornoz. Está mazadísima. Te da una hostia y te viste de torero. Es guapa y fuerte y veraniega: la quiero para siempre.
Yo creí que estos eran mis iconos estivales hasta que el otro día volví a mi casa, a Málaga, y me reencontré con el mastermind de todo esto. Mi abuelo, don Emilio Maldonado. Llevaba cinco años sin ejercer, cinco años desertando del verano. Desde que murió mi abuela.
Hubo un tiempo en el que estuvo medio desaparecido de pena negra, y más tarde me lo encontré un poco desubicado en una cama balinesa de Pedregalejo, siendo él un hombre de campo. Coño: nos asustamos los dos al vernos. Le colgaba una cadena de oro sobre la barriguilla dura de niño de la posguerra y de repente bebía daikiri de plátano.
A su lado había una señora, una buena mujer: su novia. La verdad es que él siempre ha sido un tío con suerte. Le dijo al camarero del chiringo que me invitara a un cóctel y se despidió en silencio con su mano curtía. Intentó que le saliera la voz del cuerpo, pero no pudo. Si hablaba, lloraba.
Todos intentamos buscarnos la vida y a veces acabamos fuera de sitio. Fueron tiempos raros.
El caso es que todos echábamos de menos a mi abuelo, sobre todo él mismo. Pero algunos siempre creímos. Decíamos “es sólo una excedencia”. Decíamos “él volverá a gobernar el verano”.
Y lo ha hecho.
Emilio Maldonado ha regresado, y con él su carisma radical de hombre analfabeto pero brillante, colosalmente sabio, con su destello gamberro guardado al fondo del gesto, con su ángel terrible para las historias de sobremesa. Es auténtico. Es honorable. Tiene la gracia del mundo.
Yo creo que mi abuelo es un transgresor.
Pienso en su starter pack de hombre mítico: la gorrilla, el peluco (le veo metido en la piscina y le digo: “abuelo, ¿pero es acuático?”, y me dice “no, pero está acostumbrao”, jajá), el sello enorme y flamenco coronado con la piedra esmeralda, las Rayban polarizadas, el chipichurri (un licor secreto que él prepara en una olla gigante con hielos: sé que lleva melocotones y mucho vino y que me pone muy simpática). Sus caballos. Su vieja finca. Sus fantasmas. Sus recuerdos.
Allí me crié yo, en su campo, asilvestrada en los veranos con las rodillas cosidas a costras y las pecas piando. Hice una cabaña en un remolque. Hablé la lengua de los perros, de las culebras, de los tractores. Cogí un puñadito de jazmín y lo puse en la mesita de noche para que no me picaran los mosquitos. Mi abuela regó con la manguera y me mojó y bailé entre los árboles y lo tuve todo.
Escribí millones de cuentos. Preparé shows y los interpreté a la tarde, cuando los mayores merendaban dulces de almendra en el porche. Monté pasadizos secretos con mis primos. Vivimos aventuras en el cerro. Recibimos amigos, celebramos cumpleaños. Hicimos clan. Fui feliz, diabólicamente feliz. Fui libre.
Cuando yo era chica, mis abuelos sacaban el colchón a la azotea y dormíamos allí los tres, bajo la noche inmensa. Cerrábamos los ojos y oíamos las estrellas y los grillos. Me parecía algo insólito, algo tremendamente moderno (o quizás sólo muy antiguo) que unos abuelos estuvieran dispuestos a dormir al raso y sin somier. Me pareció que eran románticos y salvajes. Yo aún quiero serlo.
Nos ha costado mucho volver allí sin mi abuela, pero ahora empezamos a entenderlo como un homenaje.
Mi familia en el campo.
Sí: el Emilio Maldonado Summer tiene espíritu de remontada.
En el Emilio Maldonado Summer, mi abuelo coge huevos del gallinero y los fríe con bastante aceite y ajo y los rocía con vinagre y mojamos todos pan en la misma fuente. Como antes. Como siempre. Y hacemos una ensalada de tomates de la huerta y son tan grandes y rojos que se me figuran el corazón de un toro. Y comemos helados a la sombra de la higuera como si nunca hubiésemos crecido y lo que pase fuera de la verja ya no importa, no importa en absoluto.
En el Emilio Maldonado Summer, yo le pregunto a mi abuelo sobre una moto perruna que tuvo y sobre qué significaba ser un hombre y él me cuenta de sus viejas chulerías, encantado. Una vez, cuando era un chavalillo, un notas intentó meterse con él por canijo y él le respondió, muy tranquilo: “No te equivoques, Gumersindo. Que desde que inventaron esto (hace el gesto de coger una navajilla) y esto (hace el gesto de disparar una pipa), el más chico te pone panza arriba”. Y en ese momento se hicieron grandes amigos. Claro que Emilio Maldonado es invacilable.
Recuerda que cuando era mozuelo se escapaba por la noche del cortijo, clandestinamente, para irse a escuchar fandangos y a maquinar un poco.
Nos cuenta que en esa época la peña se declaraba entre sí con coplillas espontáneas. Se decía que alguien había levantao una copla. Uno se arrancaba con unas letras y buscaba con la mirada a la persona secretamente amada para hacerle ver que iba para ella. Macho: y ahora los modernos haciendo ghosting. Qué vergüenza.
Le digo que si se acuerda de alguna de esas canciones. Y mira si se acuerda. En el Emilio Maldonado Summer, mi abuelo recita de memoria: “Que he nacido para sufrir / y vivir amargamente / y pasar penas por ti / qué desgraciada es mi suerte / y el día que yo nací”.
Yo anoto.
Dice Emilio Maldonado echándose un chipichurri que él tuvo “amigas”, pero que sólo tuvo una novia y fue mi abuela. Madre mía, las amigas de mi abuelo. Cómo estarán ahora esas jacas. Por lo visto una tal Aurora se enamoró de él y una noche le levantó una copla muy resentida que tampoco ha olvidado: “Mantente tú como el oro / como yo me mantendré / tú me guardas el decoro / que yo te lo guardaré / llora tú como yo lloro”. Nos quedamos todos locos. No te voy a decir más: yo la historia la intuyo clarísimamente. Ahí hubo un affaire diáfano que apelaba a la “honra” de la “mocita”.
La cosa se puso seria cuando en las fiestas del santuario, allá en la verbena de La Colmenilla, mi abuelo le echó torería y se atrevió por fin a mirar a mi abuela, que era su prima (tenían la misma edad, se habían criado juntos, eran amigos desde siempre), y a dedicarle la copla final, la más importante de su vida: “Sin Dios, sin gloria y sin ti / por ti sin vida me veo / sin Dios porque lo ofendí / sin ti porque no te veo / y sin mí porque estoy en ti”.
Ella se levantó llorando y dijo “aunque me maten…”, y se tiró a sus brazos. Nunca había mirado a otro.
El Emilio Maldonado Summer es esto: un hombre recogiendo el testigo de su mujer. Volviendo al lugar donde corrieron, veloces y azules, los mejores años de nuestras vidas. Haciendo las cosas como ella las hacía. Usando las palabras que ella usaba: "liotillo" (esto es una cosa que ella se inventó, un 'estuve allí y me acordé de ti', un souvenir que no llega a regalo), "francachera" (francachela), "firfirita" (chica delgada y pizpireta), "retotollúa" (mujer madura que se mantiene atractiva) o "sinvenia" (esto es zozobra). Esto es léxico familiar y es patrimonio nuestro.
Sospecho que podemos volver a ser felices porque hemos vuelto a nuestro centro.
Veo de lejos la manguera... me embarga una emoción extrañísima... y otra vez me están saliendo pecas.
