Lo más cerca del verano que se está a partir de cierta edad es la nostalgia.

Antes el verano te acechaba en cada esquina, y en las terrazas de una ciudad caliente, sin mar, era verano igual que sentado en un chiringuito con el rumor del mar a oscuras más allá, y el denso olor a salitre en el ambiente.

El verano, a fin de cuentas, es un estado del alma.

Hoy el verano es otra cosa… Y también nosotros.

Cada verano que recuerdo es el más caluroso de la historia. Y no porque lo anunciara la AEMET, como quien pregona el fin del mundo cada mañana (como ocurre ahora), sino porque los recuerdos de la infancia siempre abrasan. Y en los que tocan al verano, la temperatura siempre se recuerda con unos grados de más.

Actual estado de la Puerta del Sol tras su última reforma. EP Europa Press

El mar sigue en el mismo sitio, como en un poema de Manuel Alcántara. Y las terrazas y la gente parecen llevar en la misma postura, mientras no corre el aire, desde el año pasado.

Lo que me inquieta es que caminar por Madrid en julio hasta hace no tanto era como recorrer un espejismo. Sólo había vacío y calor.

En Valladolid ocurría lo mismo.

Del uno de julio al uno de septiembre la ciudad era una siesta donde sólo se escuchaba el Tour de Francia a través de algún balcón lejano con la persiana medio arriada, y todos los bodegones incluían una sandía. Y uno podía sentirse cualquier cosa porque nadie le miraba.

Estaba de Rodríguez en su propia ciudad, porque las ciudades vacías en verano no tienen obligaciones. Todas las obligaciones son con uno mismo después de hacer la declaración de la renta y haberse ofrecido en sacrificio a Hacienda tantos meses.

Por eso, uno se sienta en una terraza y se toma un dry martini como celebrando haber llegado hasta aquí.

Hoy la ciudad ya no se vacía. Hoy la ciudad no para. Hoy la ciudad es automática, como aquella de Julio Camba.

Hay gente en el mar y gente en la ciudad, pero no es el milagro de la bilocación, porque en la playa están unos y aquí aún quedan muchos.

El año pasado ocurrió igual. Las terrazas en Valladolid estaban llenas un viernes de agosto.

Valladolid, con gente en verano, es un mal augurio, como cuando cae el consumo de cerveza en los bares. "Crisis gorda", que dice mi amigo Mario, que es bodeguero de los buenos y como los agricultores miran al cielo, él mira a los grifos de la barra del bar.

Y entonces uno ya no está de Rodríguez en su propia ciudad, porque eso exige tiempo, sino que sigue como el resto del año, pero con calor. Y sin verano.

Eso o que puede que a la gente ya no le guste la playa. O que las cosas no vayan como un cohete. Quizá la gente ya sólo sobreviva, encendiendo poco la calefacción en invierno e imaginando un poco el mar en verano.

Tal vez el único que pueda cogerse un mes de vacaciones sea ya el presidente del Gobierno.

Porque para que él pueda pasar un mes entero sin hacer nada, ha hecho falta que las ciudades sigan llenas en julio y en agosto de gente que, una vez ha acabado de pagar a Hacienda, empieza a pagar sus propias deudas.