Estoy convencida de que algunas de las cosas más desagradables que nos suceden en la vida nos ocurren por no irnos a tiempo.

Recuerdo aquella frase de Anatomía de Grey: "Sabes cuándo debes irte y cuándo no debes aceptar menos de lo que mereces: eres un hombre honorable".

Irse es un arte reservado a unos pocos, un deporte de alto nivel. Soberanía última del ser humano. Un destello magnífico de dignidad. Si sabes irte serás guapo, guapo para siempre, porque alguien que sabe irse es ligero y contundente al mismo tiempo, es decir, escurridizo pero inolvidable.

Para saber irse hay que aprender a escuchar el pulso de la propia historia: hasta aquí, lo distingo, ya es, me piro. Adiós, gilipollas.

Pero no decirlo, nunca decirlo. Sólo irse, calladamente.

El silencio es también una forma sofisticada de irse, una forma redundante de irse, pero cada vez que me voy, que me he ido, estoy diciendo sin palabras "adiós, gilipollas".

Para saber irse hay que tener el oído finísimo y las rodillas dispuestas. Hay que estar deshollinado. Hay que tener torería. Hay que respetarse a uno mismo (aquí la cosa se complica, ¿no?). Hay que tener claro que "el tiempo" es una cosa y "los tiempos" son otra, una mucho más importante: el tiempo no lo domina nadie, los tiempos, con un poco de ritmo narrativo, sí.

A veces no hay nada que explicar, no hay nada que salvar, no hay nada que rascar. A veces sólo hay que irse. Vete. Vete limpiamente. Vete de un trabajo o de un amor o de una fiesta. Vete de tu casa. Vete de la ciudad. Vete de una idea. Vete a tomar por culo. Créeme, no te vas a arrepentir.

El atormentado es el que se queda, el que no tiene otra cosa que hacer que quedarse.

Irse es decir en voz alta que tienes más futuro que pasado. Hay que ser un poco audaz. Hay que tener esperanza. No hay nada más difícil en la vida que tener esperanza.

'Demasiada felicidad', de Alice Munro.

Irse es un hallazgo y quedarse es claudicar, es estar en baja forma, es de una obesidad impotente. Dice Alice Munro que cuando un hombre sale de una habitación, lo deja todo en ella; cuando sale una mujer, se lleva todo lo que ha ocurrido allí.

Esto es cierto, pero ya fue. Las mujeres nos fuimos cargadas muchas veces y si te vas cargada al final eres Sísifo y ser Sísifo es estar condenada al retorno y estar condenada al retorno equivale a quedarse.

Yo me iré, esta vez me iré y nada más, no cogeré ni el bolso y será como abrir dos ventanas y dejar pasar la corriente.

En Málaga nos vamos y decimos coerme si podéi.

No podrán cogernos, ya no, porque cuando nos vamos en realidad ya hace rato que nos hemos ido.

Irse es un lujo porque irse es elegir. Es coger la batuta. Da igual lo que digan, lo que lloren, lo que pataleen: irte es siempre legítimo. Irte es también un derecho, un renqueante y olvidado derecho.

En Alguien voló sobre el nido del cuco, un psiquiatra le pregunta a Jack Nicholson: "¿Qué le dice a usted la frase 'piedra que se mueve no cría moho'?".

Yo sé lo que me dice a mí: que el movimiento es lucidez. Su personaje, Randle McMurphy, también se va, y lo hace liderando una revuelta de locos que enganchan un barco y surcan el mar.

Hay que irse. Hablo en serio. Vete.

La gente quiere quedarse porque siente que así podrá cambiar las cosas. Pero las cosas sólo cambian realmente cuando te vas.

En el fondo, muy en el fondo, la soberbia es quedarse. La dignidad es irse.

Irse entre el espectáculo y la pirotecnia, como los gemelos Weasley se fueron de Hogwarts. Irse a motor como Christina Rosenvinge cuando cantaba "dile a papá que me voy de la ciudad, dile a los chicos que no volveré más". Irse esquivando hijos de puta y saltar al vacío, como Thelma y Louise, irse antes de obedecer, antes de seguir obedeciendo.

El hecho de irte hace que dejes de ser una víctima. Cuando te vas, te conviertes en un superviviente.

Hay que irse, al cabo, no queda otra.

Irse como Julia Roberts al final de La boda de mi mejor amigo, después de enganchar una furgoneta para perseguir al insoportable ambiguo de Michael, que a su vez perseguía a Kimberly, y escuchar por fin a su amigo gay preguntarle al teléfono: "Pero a ti, ¿quién te persigue?".

Qué momento único ese, cuando dejas de perseguir para irte. Irte es siempre en la dirección contraria a la persecución.

Irse es lo más divertido, lo más arrebatado, lo más interesante que se puede hacer siendo adulto: un niño no puede irse. Irse es una insumisión.

A veces hay que irse de uno mismo, como Gil de Biedma en el poema Contra Jaime Gil de Biedma: "¿De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso, dejar atrás un sótano más negro que mi reputación (y ya es decir), poner visillos blancos y tomar criada, renunciar a la vida de bohemio, si vienes luego tú, pelmazo, embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes, zángano de colmena, inútil, cacaseno, con tus manos lavadas, a comer en mi plato y a ensuciar la casa?".

Las mejores canciones que escribió nunca Shakira iban sobre irse, o seguramente entonces escribía tan bien porque aún sabía coger el petate y pirarse. Pienso en Te dejo, Madrid; en Te aviso, te anuncio o en Poem to a Horse. Hay que irse. Vete, por favor. Vete alegremente. Si te quedas, acabarás dedicándole una canción cutre y llena de rencor a Piqué.

Ten agallas: vete. Recupera, como decía Javier Egea, "esa costumbre vieja de andar erguido y solo". Irse es personal e intransferible. Nadie lo puede hacer por ti. Vete y no te quejes tanto: si te quedas, haz el favor de callarte, porque estás eligiendo tu vida.

Pero si no te gusta tu vida, vete de una vez. Léelo bien. Vete. Coño.