Lo reitero aquí, cada vez que me expreso sobre Trump. No siendo irresponsable, ni adepto a la política de lo peor, ni ideológicamente hostil a Estados Unidos, espero con toda mi alma equivocarme en el juicio que tengo sobre este hombre.

Y nada me gustaría más que verlo lograr, en Oriente Próximo por ejemplo, un acto justo, valiente y a la altura de los desafíos de la época.

Pero, cuando observo su diplomacia, su relación con sus aliados y su visión del mundo tal como se ha afirmado a lo largo de un mandato y medio, un rasgo me llama la atención, o más bien dos.

La traición, en primer lugar, como sistema y método.

Pienso, por supuesto, en Dinamarca, uno de los socios más constantes de Estados Unidos, al que se le exigió ceder Groenlandia como si se tratara de una sociedad cotizada, de un campo de golf o de un hotel extorsionado.

Traición a los europeos en general, tratados con menos miramientos que Erdogan, Kim Jong-un o la heredera chavista del narco-régimen de Maduro.

Donald Trump durante una rueda de prensa.

A los ucranianos, a quienes se les da a entender que la sangre derramada para defender los propios valores del credo estadounidense vale menos que un buen trato (good deal), en Alaska o en cualquier otro lugar, con Rusia.

A los taiwaneses, que comprendieron, durante la reciente reunión de Trump con Xi Jinping, que el destino de su isla no es, para él, una cuestión de principios, sino una variable de ajuste.

A los afganos, cuyo funesto destino negoció con los talibanes al final de su primer mandato, que Joe Biden no tendría más que sellar.

A los kurdos de Irak y de Siria, abandonados a sus verdugos después de haber sido nuestras verdaderas botas sobre el terreno (boots on the ground) en la guerra contra el Daesh.

Y, hoy en día, pienso evidentemente en el valiente pueblo iraní que esperaba tanto de la "ayuda" estadounidense, pero que es el gran olvidado del mal acuerdo anunciado, en el día de su ochenta cumpleaños, con los carniceros de Teherán.

Y, por supuesto, en los israelíes que creyeron muy imprudentemente en la solidez de su alianza con el suegro de Jared Kushner y que descubren, horrorizados, que la seguridad de sus hijos contaba menos que la obtención de un acuerdo a cualquier precio.

Tantos aliados. Tantos pueblos que habían otorgado una confianza sin límites a la palabra estadounidense. Y, cada vez, la misma deslealtad refinada, la misma sofística de la deserción, una perversidad que excede las formas ordinarias del cinismo y cuyo arte consiste en desautorizar, sacrificar y finalmente abandonar a sus aliados históricos.

Pero hay cosas peores. Y lo que llama la atención, cada vez, es la extraña voluntad de añadir la humillación a la traición.

Porque traicionar a Zelenski es una cosa. Hacerlo en el Despacho Oval, frente a las cámaras de todo el mundo convocadas para asistir a lo que se pensaba que era una ejecución pública, es otra.

Abandonar al primer ministro israelí podría derivar de un desacuerdo entre aliados con intereses provisionalmente discordantes, pero ¿por qué este desprecio? ¿Estas amenazas? ¿Estas declaraciones ahora insultantes? ¿Por qué, hace ya unos meses, esa sesión de penitencia diplomática en la que se le vio obligado, también ante las cámaras, a esa llamada telefónica surrealista en la que tuvo que pedir disculpas al emir de Qatar por atreverse a atacar, en Doha, a un líder de Hamás?

Benjamin Netanyahu visita a las tropas israelíes en la frontera norte. Oficina del primer ministro israelí

Sin duda hay mil razones para guardar rencor al heredero del trono de los Saud, responsable, entre otras cosas, del monstruoso asesinato del periodista del Washington Post Jamal Khashoggi, pero ¿de qué sirve esa secuencia asombrosa y, también, realpolíticamente insensata en la que se le dio a entender, urbi et orbi, que sólo servía para lamerle las botas al amo del mundo?

¿De qué sirve, cuando se abandona a los kurdos, justificar su decisión con esta declaración loca, tonta y, una vez más, despectiva: "no nos ayudaron en Normandía"?

¿De qué sirve, cuando se trata de Afganistán, añadir la humillación al abandono explicando, en una declaración lunar, que nos vamos porque esos bastardos afganos disparan por la espalda a los soldados estadounidenses que tan amablemente los armaron?

Y, en cuanto a los propios europeos, recordamos, incluso antes de Groenlandia y de la amenaza de una retirada de la OTAN, la secuencia en la que Trump se dispuso a sacudir en directo la chaqueta del presidente Macron como si se tratara, no de un aliado, sino de un subordinado al que convenía poner en su lugar.

Traición y humillación. Es Maquiavelo leído por un promotor inmobiliario perverso.

Es Roma respetando a Mitrídates y abrumando a los príncipes númidas que se habían puesto bajo su protección.

Es el diálogo entre atenienses y melios cuando los primeros exigen a los segundos que admitan que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben.

Es la antigua gramática de los imperios, aunque enriquecida con esa singular variante que es la adulación incesante a los enemigos y el desdén obstinado hacia los amigos.

Salvo que Estados Unidos no nació de esta idea. Fue grande cuando hizo de la fidelidad a los aliados y a la palabra dada un principio geopolítico cardinal.

Y los Antiguos, dicho sea de paso, terminaron por descubrir que un imperio que sólo honra a sus adversarios y no ve grandeza más que en la fuerza siempre acaba siendo derrotado.