Les contaré algo: hace justo once años que acabé la carrera de Derecho, en un junio como este, pero nunca llegué a ejercer porque ya entonces comenzaba a entender que mi verdadera vocación era la justicia poética. Esto sentó mal entre los puristas, pero yo no me llamaría tanto una apóstata como una innovadora.

Pienso en ello cuando veo el zafarrancho que se ha liado porque Irene Rosales ha protagonizado una campaña de Grefusa titulada "un mix con un mal kiko es un mal mix", todo en mayúsculas, a lo loco, mezclando el fruto seco con el nombre propio de su ex, Paquirrín.

El tipo ha montado en cólera y tal, lo normal. La ira es lo que le queda a los desesperados.

Yo sonrío.

Me encantan estas bromitas ácidas, estos destellos de crueldad sorda al Código Penal rebozada de comedia: el día se despeja cuando por fin la imagen y la lengua se ponen a nuestro servicio.

La justicia poética es lo único que nos queda a los que no tenemos poder pero sí imaginación. Yo nunca le confiaría mi destino en última instancia al Poder Judicial. Es lento, es aburrido y si lo pillas cruzado lo mismo te toca pagar las costas. El principio de vencimiento no es para mí. Me mola más el alegal principio de escarmiento.

Recuerdo un poema de Cristina Peri Rossi que decía: "Todo lo conviertes en literatura, / me reprochas, llorando. / Cuando te deje / seguro que escribes una novela contra mí. / No exageres, mujer / no da para una novela / quizá sólo para algún poemita / que luego leeré en público / y nadie sabrá que eras tú".

Recuerdo aquella película extraordinaria, Animales nocturnos, de Tom Ford, en la que una galerista de Los Ángeles recibe por correo una novela manuscrita de su exmarido, a quien abandonó por su actual pareja (que la cubre de lujos mientras la ignora, la hace invisible y totalmente infeliz). Desde luego no es sólo una novela: es un paquete bomba retórico, es un ajuste de cuentas descomunal, desgarrador, glorioso, que acaba atravesando y dinamitando su actual vida.

Pienso que es bueno que nuestros enemigos sepan que a pesar de nuestro civismo nada les será impune mientras tengamos la justicia poética.

El tema me interesa. Leo que fue Thomas Rymer quien inventó el concepto de "justicia poética".

Lo acuñó en su ensayo The Tragedies of the Last Age Consider’d, en 1678. Pero en realidad, Rymer era un poco mentecato, un poco párvulo. Sostenía que el propósito moral de la tragedia es premiar a los buenos y castigar a los malos, al menos, al final de la historia. Como para educar a la peña, como para disciplinarla.

O sea, que Rymer creía que la ficción tenía que ser siempre y en todo caso realmente justa; que la ficción tenía que llegar a donde no llegaba la vida.

En esta tesis le apoyó, algo más tarde, Samuel Johnson.

No me resulta estimulante. Creo que yo estoy más con Aristóteles o con Wilde, es decir, contra el moralismo y contra la cosa maniquea de la fábula. Me gusta la ficción compleja que se descubre entreverada con la vida. Quiero decir, una ficción donde a veces ganan los buenos y a veces ganan los malos, esto está bien así, esto sí que nos enseña que la vida a veces no va de lo que nos merecemos, esto hace del camino algo saludablemente impredecible.

Hasta aquí hablo como lectora que adora sentirse desafiada y contrariada.

Otra cosa es que como escritora y como mujer apasionada se me ocurran otras ideas:

– Por ejemplo, que dan ganas de coger la batuta y ajusticiar en la obra a los personajes reales de nuestra vida que fueron lacerantes con nosotros y a los que no ajustició la vida.

– Luego pienso que quizá sea poco elegante colocarles un final chunguísimo, creo que es preferible definirles con precisión quirúrgica y ya, devolverles un retrato.

– Más tarde me surge defender que la justicia poética no sólo se hace en la obra, sino que se practica en la vida en cuanto que la vida es narrativa.

Qué sé yo. La justicia poética consiste, sobre todo, en tener la última palabra y usarla, aunque sea en una lona gigante de Grefusa en mitad de la calle. La justicia poética siempre contiene trazas de ironía, para uno mismo y para los demás. No mata a nadie, pero te deja pensando. Y lo mejor es que no tiene que venir nadie (ni dios, ni el azar, ni siquiera los poetas) para ejecutarla.

Basta con que tú recuperes el revés dialéctico, la ligereza, la gracia. Y vuelvas a jugar.