En su comparecencia ante el juez Calama, José Luis Rodríguez Zapatero ha vuelto a comportarse exactamente como siempre.
El primer ex presidente del Gobierno de España investigado, nada menos que por siete delitos (organización criminal, tráfico de influencias, apropiación indebida, falsedad documental, blanqueo de capitales, contrabando y delito contra la Hacienda Pública), no ha dicho nada al juez.
Tras veintinueve días de silencio cuidadosamente administrado, ha querido decirlo todo en el comunicado que ha difundido a continuación y que merece una lectura detenida. No porque contenga revelaciones, sino porque es un compendio perfecto de un estilo de innegable interés psicológico.
Let Zapatero be Zapatero.
Empezamos con la negación. Negarlo todo, siempre, como Trump. "Se me acusa de muy graves delitos que no he cometido", ha escrito: una negación total, sin la zona gris que habitualmente acompaña a quien repasa con honestidad su propia conducta, ni siquiera la admisión de un error periférico.
A esa negación se suma una autopresentación moral igualmente categórica: "siempre me conduje con decencia y con honradez". El adverbio "siempre" no es un adorno: es una declaración de invulnerabilidad biográfica que sitúa al expresidente fuera de la duda, en un territorio donde ni cabe el desliz humano.
El expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, llega a la Audiencia Nacional.
El tercer movimiento del comunicado es, quizá, el más revelador. Zapatero no habla de las víctimas de una eventual trama de tráfico de influencias ni de los fondos públicos que el rescate de Plus Ultra puso en juego, sino de su propio dolor: "lo más doloroso es saber que mucha gente puede sentirse defraudada".
Una inversión del daño que desplaza el centro de gravedad emocional del texto desde los hechos investigados hacia el sufrimiento del protagonista.
Y el cierre completa el cuadro con la construcción clásica del héroe perseguido: "la verdad se abrirá paso".
No la verdad judicial, que dictará un juez tras valorar pruebas. Sino una verdad superior y casi providencial que reivindicará al hombre que hoy se presenta, una vez más, como víctima de quienes no comprenden su grandeza.
Este patrón no ha nacido esta mañana. Apenas tres meses antes de su imputación, Zapatero compareció ante el Senado y, tras una pausa que él mismo describió como deliberada, afirmó ser "el único presidente de Gobierno de España que en su etapa no tuvo un solo escándalo".
La frase no resistió ni el paso de las semanas. El juez que le imputaría poco después ya investigaba entonces los hechos que hoy le sientan ante él.
El episodio de las joyas halladas en su caja fuerte añade otra capa al mismo patrón. No por la mera existencia de las piezas, sino por la premura con que quiso fijar un relato (herencia familiar, regalos de viaje, un valor de entre 30.000 y 50.000 euros) antes de que existiera tasación pericial alguna. Cuando esta llegó, la cifra resultante, 1,3 millones de euros, hizo añicos la versión inicial.
¿Por qué tanta urgencia en cerrar un relato antes de que los hechos estuvieran establecidos?
De ese desajuste entre la velocidad del relato y la lentitud de la verdad da cuenta quien lo ha protagonizado. Luis Arroyo, presidente del Ateneo de Madrid, convertido en portavoz oficioso de la defensa pública del expresidente, tuvo que pedir perdón, literalmente, "por haber inducido a error" sobre el valor de las joyas.
Cuando la presidencia de una de las instituciones culturales más antiguas de España se pone al servicio de un argumentario que después debe rectificarse en público, el prestigio del cargo no protege la credibilidad del mensaje. Es el mensaje el que erosiona el prestigio del cargo.
El verdadero escándalo no es que Zapatero siga sin explicar nada desde la más básica honestidad factual, sino que parezca convencido de que nadie en España recuerda ya sus contradicciones anteriores.
La justicia determinará, con el tiempo que sea necesario, si José Luis Rodríguez Zapatero cometió los delitos que se le imputan. Esa es su función y nadie debería usurparla desde ninguna tribuna.
Pero la responsabilidad moral y política no espera a las sentencias. Pertenece, desde ya, al juicio de los ciudadanos, que se construye observando si quien hoy pide que se suspenda el escepticismo es la misma persona que durante años ha mantenido una relación tan dificultosa con la verdad de los hechos.
El propio juez Calama ha dejado escrito, en el mismo auto que hoy le ha sido favorable al rechazar las cautelares pedidas por la Fiscalía, una precisión incómoda: la declaración "no ha logrado desvirtuar los indicios racionales de criminalidad" que sustentan la imputación.
Zapatero mantiene su pasaporte, pero ha perdido el argumento de fondo que más necesitaba ganar.
