Es como si los católicos, con sus banderas vaticanas, hubiesen recibido estos días a un jefe de Estado y los políticos, con sus reverencias, aplausos y elogios, se hubiesen encontrado con el mismísimo Santo Padre.

Se cumpliría así el sueño húmedo de quienes sólo saben elogiar lo que rebajan a su altura, y que parece que se inclinen ante el Papa para sentirse superiores a él. Para poder utilizarlo, a él y a su Dios omnipotente, omnisciente y todo bondad, como un mero aliado en la lucha contra Trump y los tecnofascistas y hasta para poder ponerse después ellos mismos a bendecir niños en las costas Canarias.

No hay elogio que le hayan dirigido al Papa que no se hayan dirigido en realidad a sí mismos.

Y de ahí la desfachatez del cherrypicking, en el que nuestros entusiasmados políticos se han estado peleando por las mismas cerezas, las más oscuras y gorditas. Porque ningún valiente se ha atrevido a enarbolar la bandera contra el aborto y la eutanasia o a favor de la polarización, por cierto, que es su principal ocupación y que quizás algún día alguien debería defender, aunque sólo fuese por un poquito de por favor.

Si coinciden en la denuncia de la polarización es porque estas denuncias esconden, demasiado a menudo, una sospecha sobre la pluralidad, que el Papa antibabélico teme en la IA, y los parlamentarios más admirados, en la democracia. Corriendo todos en la misma dirección, han renunciado por unos días al peligroso pluralismo, que cabe sospechar fundamental e irrenunciable en una democracia parlamentaria, hasta el punto de que Miriam Nogueras parecía la única fiel a la encíclica cuando le recordó al Papa que si no quería Babel, en Cataluña tendría que rezar en catalán.

Quien al Parlamento entra Papa, sale jefe de Estado.

El Papa León XIV.

Su Santidad no debería facilitar el pecado de la hipocresía dejándose aplaudir y elogiar por tantos maestrillos de la ley. Porque si algo no puede ser el Papa para un político es un referente moral. La política es un asunto sucio y trágico, que obliga a sacrificar bienes, a tener por ejemplo una política migratoria y a enfrentarla con el trilema de Rodrik.

El Sumo Pontífice no puede aceptar esas renuncias; un gobernante no puede evitar hacerlas.

Naturalmente, los políticos celebran al Papa justo donde la exigencia moral es más difícil de traducir en una política concreta, porque eso legitima todas sus hipocresías, e ignoran, en cambio, las causas claras y distintas en las que sí podría ser un referente moral e inequívoco, como las del aborto y la eutanasia.

Nuestros políticos no podrían aceptar realmente un referente moral porque lo que ellos quieren del Papa, y no pueden encontrar en un jefe de Estado, es la autoridad moral que creen adquirir así, como por ósmosis, por estar cerquita de alguien que en algo muy bien elegido coincide con su retórica, aunque no pueda hacerlo con su política.

Fingen necesitar un referente moral y fingen encontrarlo únicamente en el Papa, y ni siquiera en Xi Jinping, porque hasta ellos deben intuir que "algo hay" y que no podría ser que el Parlamento sea soberano y que ellos mismos (que un día aplauden al Papa mientras los riñe sobre el aborto y la eutanasia y a la mañana siguiente votan a favor de facilitarla) sean quienes decidan, soberanamente, sobre el bien y el mal.

Los católicos harán muy bien en tomar al Papa como referente moral y en votar, o no votar, en consecuencia.

Pero los políticos no pueden, honestamente, reconocerle una autoridad moral ni aceptar lecciones políticas de quien nunca, ni ante Dios ni ante su pueblo, va a tener que rendir cuentas por ellas.