Les digo a mis alumnos que tienen suerte de estudiar relaciones internacionales en un momento tan fascinante. Después de todo, hay poca discusión sobre la idea de que el orden internacional se encuentra en un momento de transición, muy parecido al que había cuando yo era un estudiante universitario de ciencias políticas en la UCLA entre 1988 y 1991.

A medida que la Guerra Fría llegaba a un final abrupto y anticlimático, nos quedamos con lo que Charles Krauthammer etiquetó como el "momento unipolar". Estados Unidos era la única superpotencia que quedaba en pie.

Para esta estudiante estadounidense, el momento fue triunfal pero también desconcertante. Mis compañeros, y muchos de nuestros padres, nunca habían conocido un mundo sin la bipolaridad de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

Trato de transmitir esto a mis alumnos de hoy. Pero claro, ellos nunca han conocido un mundo sin la primacía estadounidense.

Los ataques del 11 de septiembre ocurrieron apenas una década después de que terminara la Guerra Fría. Hubo una gran muestra de solidaridad con los Estados Unidos y apoyo a la Guerra en Afganistán, lo que marcó la única vez que se ha invocado el artículo 5 de la OTAN. El Consejo de Seguridad de la ONU lo autorizó.

Esto marcó un punto álgido del poderío estadounidense en el mundo.

Colin Powell como secretario de Estado junto al presidente George W. Bush en una imagen de 2002. REUTERS

Pero luego, cegado por esta mentalidad unipolar, George W. Bush sobreestimó gravemente el poder de Estados Unidos al meterse en una guerra con Irak. No hubo artículo 5 de la OTAN ni resolución del Consejo de Seguridad de la ONU y, lo que es más importante, hubo una participación mínima de aliados (incluida España). Los pueblos del mundo reconocieron esta extralimitación y tomaron las calles.

Quizás recuerden cuando alrededor de 1,5 millones de personas se lanzaron a la Castellana el 15 de febrero de 2003 para protestar por la participación de España.

En un abrir y cerrar de ojos, Estados Unidos pasó de ser una potencia admirada (aunque a regañadientes) a convertirse en el foco de la ira global. Para ser justos, algunas personas apoyaron a Bush y su guerra.

Sin embargo, esta guerra supuso un enorme golpe a la legitimidad y al poder blando de Estados Unidos al mismo tiempo que debilitaba las instituciones internacionales. La ONU se reveló inoperante, ya que carecía de autoridad alguna para detener este conflicto.

El momento unipolar comenzó a desvanecerse y la única razón por la que Estados Unidos se mantuvo en la cima fue porque Rusia todavía era débil y China aún estaba en ascenso.

Apenas trece años después, Donald Trump construyó su identidad política en torno a la figura del outsider (alguien ajeno al sistema), acentuando su argumento con una aguda crítica a la Guerra con Irak. La mayoría de los republicanos defendieron la guerra de Irak (o mantuvieron la boca cerrada).

Sin embargo, durante un debate republicano en 2016, Trump fue directo: "Obviamente, la guerra en Irak fue un error grande y garrafal".

Supuso un alivio que Trump evitara intervenciones militares a gran escala y proyectos de construcción de naciones durante su primera administración. Durante la campaña de 2020, continuó diciendo que evitaría el tipo de enredos en el extranjero en los que se metió Bush, y en 2024 llegó a llamarse a sí mismo "el candidato de la paz".

Sin embargo, apenas a un año de iniciada su segunda administración, Trump se unió a Israel para lanzar una guerra contra Irán. Al igual que Bush, está cegado por una mentalidad unipolar y la creencia inquebrantable de que el poderío militar estadounidense siempre prevalecerá.

Los conflictos con Irak y ahora con Irán tienen sus propias circunstancias, pero existen algunas similitudes sorprendentes. Ambos incluyen una justificación "preventiva" relacionada con armas de destrucción masiva. Ambos carecen de legitimidad institucional nacional e internacional. Ambos involucran a líderes estadounidenses que se dejan seducir por la creencia en la infalibilidad de la superioridad militar estadounidense, sólo para descubrir rápidamente cómo esta superioridad no siempre se traduce en una victoria fácil.

Ambos han expuesto el peligro de la mentalidad unipolar.

Pero también hay una diferencia crítica: veintitrés años después del inicio de la Guerra de Irak, Estados Unidos ya no es una superpotencia sin rivales en la cima de un momento unipolar.

Entonces, si este momento unipolar ha terminado, ¿no estamos ahora en un mundo multipolar?

No tan rápido.

Joseph Nye proporciona un marco útil para explorar las complejidades del poder internacional a través de un tablero de ajedrez tridimensional.

En el tablero superior está el poder militar. Estados Unidos continúa dominando. Sin embargo, China está reduciendo esa brecha y Rusia sigue empuñando un arsenal nuclear considerable. Esto complica cualquier afirmación de unipolaridad.

Luego pasamos al tablero del medio: el músculo económico. Los tres pesos pesados actuales son Estados Unidos, China y la Unión Europea. Podríamos llamar a esto multipolar, pero este término centrado en el Estado oculta cómo el poder se extiende a través de los Estados, las corporaciones multinacionales, las instituciones internacionales y los mercados.

Finalmente, el tablero inferior es donde los Estados pierden el monopolio del poder y la influencia. Esta es la creciente complejidad de problemas transnacionales, como el clima, las pandemias, el terrorismo o la migración, y de actores no estatales, como ONG, corporaciones o redes criminales.

Aquí, el poder funciona en red y es difuso.

Los dos tableros de ajedrez inferiores muestran por qué el término multipolar es demasiado simplista. El poder internacional ya no es dominio exclusivo de los Estados; en su lugar, podríamos llamarlo "difuso", que es un término más impreciso, pero caracteriza mejor la realidad de un poder que circula entre múltiples actores, niveles y problemas.

Podemos discutir sobre cuándo terminó exactamente el momento unipolar y cómo deberíamos llamar a este mundo actual post-unipolar, pero la pregunta más importante es si los responsables políticos, tanto en los Estados Unidos como en todo el mundo, han sido capaces de reconocer y adaptarse a esta nueva realidad.

La grandilocuencia, las amenazas y las acciones militares de Trump muestran cuán peligrosamente desconectado está del estado actual del mundo. Y lo mismo ocurre con los líderes que continúan rindiéndole pleitesía, aunque muchos parecen estar finalmente recapacitando y abandonando la adulación.

Este tipo de pensamiento delirante hace que líderes como Trump cometan errores de cálculo militar que nos arrastran a conflictos que no sirven a ningún propósito estratégico. Sin embargo, tienen enormes efectos en cadena para todos nosotros, alterando los mercados energéticos globales y las rutas comerciales, las alianzas y las relaciones diplomáticas.

Estos efectos son un claro recordatorio de que el poder en el mundo actual es difuso y está interconectado. El verdadero peligro no es que el momento unipolar haya terminado, sino que demasiados líderes sigan comportándose como si nunca lo hubiera hecho.

El momento unipolar se ha desvanecido, pero la mentalidad persiste.