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Leo Duaso, de veintipocos y con la corbata de casi nunca, se tomaba su merluza rellena a muy pocos metros de Felipe VI. Una diagonal de sólo tres o cuatro metros separaba al Rey de un chaval que estudia una carrera que no existía el día de la Coronación.

Un día, Leo se dio cuenta de que estaba enganchado a las redes sociales. Nos lo contaba en la mesa como el que relata un proceso de desintoxación. Entonces, lo hizo: junto a una amiga, se puso a diseñar una app que capa los mecanismos más heroinómanos de la tecnología. Los vídeos cortos, las sugerencias algorítmicas.

Leo, que fue salmón y no merluza, nadó a contracorriente. Creó Backtolife, donde puedes utilizar tus redes sin que operen esas técnicas de manipulación. Utilizas tus cuentas sólo consumiendo lo que quieres. Sin la tentación de quedar engullido por el scroll infinito. Eres soberano.

El Rey, de cincuenta y pico y la corbata de casi siempre, escuchaba propuestas como las de Leo; lo que la gente quería contarle. Eran propuestas nacidas del espontáneo arrebato de la defensa propia, más que de la reflexión filosófica.

Leo se protegió porque lo necesitaba. Lo consiguió y, por eso, le dio a su app el nombre utópico de "volver a la vida". Porque ahí estaba él, renacido, en una comida en la que apenas consultó su móvil.

El discurso de Felipe VI, que tiene hijas más o menos de la edad de Leo, iba a poner palabras gruesa a ese y otros peligros. Era el hotel en una de las torres de la Castellana y era el décimo aniversario de la Fundación Hermes, que trabaja para diseñar un catálogo de derechos humanos en lo digital similar al que disfrutamos en lo ¿terrenal?

Empezó el Rey citando a Eleanor Roosevelt, que presidió la comisión que redactó la Declaración Universal de los Derechos Humanos a mediados del siglo pasado: "¿Dónde comienzan los Derechos Humanos?".

Lo hacía para situar el debate. Es la misma pregunta que debemos hacernos hoy. Porque comenzamos de nuevo y, así como hace cien años la vulneración de un derecho naciente estaba clara, hoy no lo está. Ese es el punto: vamos extraviando segundo a segundo nuestros derechos en medio de una gran confusión, en medio de una humareda de aparente libertad radical.

No es sólo la dependencia que nos contaba Leo en la mesa –la que padecemos todos en algún grado–, sino que esa dependencia nos asoma continuamente al lugar donde regalamos nuestra libertad muchas veces sin saberlo.

Tras mencionar el potencial "casi todopoderoso" de la tecnología, el Rey dijo su frase más contundente: "Todos sabemos que esa interacción constante con el mundo digital comporta un precio... La huella del ser humano, el conjunto de datos que genera, es una información de gran interés en su valor agregado. Es la radiografía de nuestros miedos, nuestros recelos, nuestras expectativas y nuestras aspiraciones".

Y mucho más, aunque esto no lo dijo el Rey: nuestros gustos sexuales, nuestra espiritualidad, los hijos que tenemos o no tenemos, los lugares que visitamos y todo un itinerario que permite a personas que desconocemos tenernos bajo control.

"Toda esa información es una herramienta capaz de moldear nuestras decisiones, construyendo imágenes de la realidad que no son sino proyecciones de nuestros propios prejuicios. Es decir, espejos con apariencia de ventanas abiertas al mundo", añadió un tanto poético Felipe VI.

El discurso del Rey fue importante porque, como si de una encíclica se tratara, fue la primera vez que la Casa Real adoptó una posición definitoria sobre la Inteligencia Artificial.

No era una convención de luditas, como podría intentar dibujar algún oligarca para evitar ese trabajo de concienciación. Al contrario, Hermes –también lo fue el discurso del Rey– es una organización tecnófila, que no quiere impedir los avances de la IA, acompasar su expansión con la protección del usuario, que es humano.

Démosle la vuelta al asunto para que parezca más inmediato. Es como si Sánchez o Feijóo, un día que estás de paseo por el parque, llegan y te roban el móvil. Después, cuando vas en el autobús hacia la comisaría, te quitan la cartera. Y, después, cuando entras en casa, ha desaparecido el ordenador.

Las redes son la Leire del momento. Cogen tu información sin que te des cuenta y van por ahí, circulando por sitios oscuros, haciendo negocio con ella.

Ese es el itinerario, solo que desprendido de su dimensión material, que afrontamos cada día. Regalamos con el Cabify la ruta que seguimos. Si vamos en nuestro coche, revelamos nuestras preferencias políticas con las emisoras y pódcast que escuchamos. En casa, ofrecemos nuestra rutina mediante el uso de la domótica: subir y bajar persianas, encender y apagar luces.

Y, mientras todo esto sucede, la guinda del pastel: el uso desenfrenado de las redes, no por el tiempo que se invierte, sino por los datos que se regalan.

El mercado no funciona. El mercado, en realidad, no existe. Es un atraco. Debería existir, en todo caso, la posibilidad de vender nuestra intimidad, que es lo más preciado que tenemos. Si quieren vernos desnudos, que paguen. Y que todos oportunidad, igual que procura –teóricamente– el Estado del Bienestar, de no tener que prostituirnos.

"Para evitar que eso suceda es preciso hacer todos los esfuerzos para preservar y garantizar nuestros derechos. Debemos hacerlo, quiero subrayarlo, no para cerrarnos a la transformación digital, sino para ampliar y fortalecer las libertades democráticas", concluyó el Rey.

El presidente de Hermes, Enrique Goñi, trazó la frontera entre el patriotismo y el fascismo digital. Cuando los ciudadanos reivindican el Estado y desean formar parte de él, estamos ante un ejercicio de patriotismo. Cuando los ciudadanos pertenecen al Estado, se trata de fascismo.

¿A quién pertenece nuestra intimidad? ¿A los oligarcas? ¿A algún poder político encubierto? ¿Adónde van las oscuras golondrinas?

Leo se terminó la merluza y le explicó su app al que quiso. Llevan 40.000 descargas en tres meses. 40.000 ciudadanos que han decidido seguir explorando la IA y las redes, pero también protegerse.