Ariane Chemin pertenece al reducido círculo de periodistas que, desde el principio, han cubierto la guerra en Ucrania. Ha multiplicado sus reportajes para Le Monde. Rodó una película sobre Volodímir Zelenski, seleccionada en el Festival de Cannes.
A veces se ha salido de su papel de reportera para expresar su indignación ante la abominación de los crímenes rusos.
Y, cuatro años después de la invasión a gran escala del país, tras cientos de miles de muertos y mutilados, publica un relato desgarrador, La guerra son los nombres propios (Éditions du Sous-Sol), que reconstruye los últimos días de dos escritores ucranianos, Victoria Amelina y Volodymyr Vakoulenko, símbolos de una nación nacida de sus poetas y cuyos poetas han estado entre los primeros objetivos de los agresores.
La primera es una joven "de tez pálida y siempre vestida de negro", una novelista convertida en investigadora de los crímenes rusos y asesinada por un misil que impactó, en junio de 2023, en Kramatorsk, en la pizzería donde solían reunirse periodistas, trabajadores humanitarios y documentalistas de paso.
El segundo es un poeta infantil, resistente silencioso y desarmado, que eligió quedarse en su pueblo de Kapytolivka, ocupado por los rusos, a orillas del río Donets, en el Donbás.
Ariane Chemin cuenta las visitas de los milicianos, las amenazas, la humillación metódica, el niño autista aterrorizado a quien su padre hace jugar a La vida es bella de Roberto Benigni y luego, una noche, el secuestro, la desaparición en una furgoneta blanca y el cuerpo encontrado en una zanja y arrojado a una tumba, bajo una cruz numerada, sin nombre.
Portada del libro 'La guerra son los nombres propios', de Ariane Chemin.
"Hace falta mucha energía para evitar que los autores caigan en el olvido", dice, al comienzo del relato, Tetyana Pylypchuk, directora del museo de Literatura de Járkov. Todo el proyecto de Ariane Chemin se resume en esta frase. Rechazar el hundimiento. Retener a dos seres al borde de la desaparición.
Hacer vivir, no exactamente a ellos, los muertos, sino su mundo, su república de las letras personal, su geografía íntima.
Para uno, Vakoulenko, es el niño autista que tenía a su cargo; el diario de ocupación mantenido día tras día, enterrado antes de su arresto a los pies del cerezo del jardín y encontrado milagrosamente tras la liberación de la región; el sótano de paredes de tablas pintadas de blanco al que desciende Ariane Chemin con un superviviente para saber si fue torturado allí.
Para la otra, Amelina, son sus amigas y colegas; los cafés de Lviv que solía frecuentar; las casas encantadas de su infancia; su libro interrumpido y que publicó, el año pasado, Sandrine Treiner en Flammarion; el poeta-combatiente Serhiy Zhadan, a quien yo mismo conocí y filmé en combate; el abogado y escritor Philippe Sands, cuyo libro, Regreso a Lemberg, devolvió la memoria a Lviv y a quien la autora encuentra, por casualidad, cerca del parque Ivan-Franko.
Ni reportaje ni énfasis. Ni elegía, ni réquiem, ni tumba literaria. Gestos, destellos de vida, rastros recogidos obstinadamente y, así, página tras página, la recomposición piadosa de presencias que la guerra ha querido abolir.
El libro se titula precisamente La guerra son los nombres propios: no "unos" nombres propios, "los" nombres propios; el matiz es decisivo y hace bascular el relato del trabajo de la memoria hacia la obra de la verdad.
El presidente de Ucrania, Volodímir Zelensksi.
Pues, ¿qué es, a fin de cuentas, la guerra?
Números, dice el reportaje universal.
Kilómetros cuadrados ganados o perdidos, dicen los estados mayores.
Millones de muertos, heridos y desplazados, dicen los mejores comentaristas.
Masas humanas en movimiento, pueblos en éxodo, fronteras defendidas o derribadas, añaden los historiadores del presente.
En resumen, una espantosa máquina para reducir a los seres humanos a conjuntos, para convertir las vidas en cifras, para transformar los nombres propios en nombres comunes.
Pues bien, los buenos periodistas y escritores hacen lo contrario. Se niegan a admitir esta idea de cuerpos hechos papilla y despojados de sus rasgos singulares, de ciudades reducidas a ruinas todas similares, de refugiados fundidos en las columnas de la errancia, de muertos disueltos en el anonimato de las fosas comunes.
Se rebelan contra esta ley de la guerra, impuesta por los bárbaros, admitida por casi todos, y que es la de, por hablar como Jean-Claude Milner, los cuerpos indistintos, los individuos convertidos en masas, los destinos reducidos a balances, los nombres reducidos a números.
Por lo tanto, salvan los nombres propios. Los protegen y los resucitan. Y nos entregan, en esta circunstancia, el secreto de un cruce de destinos que parece una parábola: ¿no le correspondió a Victoria Amelina desenterrar, a los pies de su cerezo, el manuscrito que Volodymyr Vakoulenko había sepultado allí antes de su secuestro?
Y, cuando Ariane Chemin entra a su vez en esta cadena de fidelidad, ¿no está la novelista de Lviv velando los restos de aquel cuyas palabras exhumó y a quien no tardará en unirse en la muerte?
Los tres (Amelina, Vakoulenko, pero también Chemin) saben que lo contrario del nombre propio no es el nombre común, sino la fosa.
