He conocido a numerosas personas cultivadas y a un buen número de individuos que han ostentado, o conservan, un poder notable.

También he conocido a mucha gente que exhibe más dinero del que podría gastarse y a otros muchos que podrían sucumbir ante la escasez hoy mismo.

Me he encontrado con personas cuya actividad supone un impacto sobresaliente en la sociedad y a otros que prefieren vidas pequeñas, sin mayores consecuencias para las partes.

He almorzado con pensadores y con charlatanes; con grandes empresarios y deportistas famosos.

He estado con músicos que llenan el Movistar Arena, con escritores que han ganado un Premio Nobel, con actores que han logrado un Oscar.

He tratado con maestros budistas, con obispos, con presidentes de los más poderosos clubes de fútbol, con arquitectos que levantan las casas que sólo habitamos en sueños.

Conocí a un tipo que decidió congelarse la cabeza al morir para que la ciencia le cure cuando sepa tratar su enfermedad, dentro de algunos siglos; a otro que asesinó a dos mujeres y después de hacerlo se fue a comer una hamburguesa; a un médico que le salvó la vida a decenas o tal vez centenares de pacientes a lo largo de decenas de años de profesión.

He conocido a mucha gente, sí.

Pero nunca había observado, hasta ahora, a nadie cuyo universo le brillara tanto como a Carla Maronda.

Carla Maronda con su libro 'El día que volví a abrir los ojos'. EFE

La joven de Xàtiva acaba de publicar El día que volví a abrir los ojos, en el que cuenta cómo perdió, hace tan sólo dos años, las cuatro extremidades; y explica, también, cómo se enfrenta ahora al mundo, uno que ha seguido girando pero que, para ella, se ha transformado radicalmente.

El libro, publicado por Kailas Editorial, resulta aún más apasionante que conmovedor; a veces parece más sobre uno mismo y nuestras batallas mínimas que sobre ella y su gran guerra.

Pero acaba siendo mucho más que eso: se eleva, sobre todo, para convertirse en un relato admirable que inspira. Que nos inspira.

Carla es una de esas personas destinadas a sobresalir en la vida. No por casualidad, sino porque se lo ha ganado; porque se lo gana cada día que se levanta y se enfrenta, sin piernas ni brazos, con sus prótesis y su cabeza prodigiosa, a todo aquello que se le ponga delante.

No es sólo perseverancia; no es sólo la pelea por vivir la mejor vida posible; no es sólo la tenacidad de dar un pasito más, por pequeño que sea, por difícil que resulte; es, más bien que, a ella, nada ni nadie le va a arrebatar la grandeza de su paseo por el mundo.

Portada del libro 'El día que volví a abrir los ojos'.

Fue un bultito, fue una bacteria, fue una deflagración, fue un 24 de marzo. Estuvo (casi totalmente) descartada la supervivencia; su estado era, le dijeron a su familia, incompatible con la vida.

Pero, tras la pelea descomunal contra el estafilococo áureo, después de la gran ofensiva por sobrevivir cuando casi nadie apreciaba esta posibilidad como una real, apareció la vida, la vida enorme.

Defensora de los derechos y las facilidades que aún no tienen los amputados, imposible en la concesión a la autocomplacencia, ni hablar de dejarse vencer por las dificultades de una vida con antebrazos, manos y piernas protésicas.

Escuchar su discurso valiente y sensato, verla sentirse observada sin que lo desee, saber que está preparada para la guerra. Si le presentas buena onda, ella te da más. Si le planteas una confrontación, el combate será hasta el final.

La ventaja que tenemos los editores es que nos acercamos a las grandes historias antes que los demás, y lo hacemos con sigilo, asombrados ante lo que puedes encontrarte cuando lo que tienes delante es mayúsculo. En el caso de Carla, ha constituido un privilegio de colosales dimensiones acompañarla en su viaje por la escritura primero y su defensa del libro después.

Ahora sólo quiero que todo el mundo conozca su historia. Por ella, por supuesto, porque su lucha, tan inspiradora, merece llegar a todas partes, pero aún más por los propios lectores: ojalá que nadie se pierda el descubrimiento y la empatía que sólo este libro puede ofrecerles ante una persona tan sumamente especial.

Ojalá que todo el mundo abra los ojos ante la vida que tiene delante observando la que sostiene a Carla, una existencia comprometida que intenta perfeccionar a diario.

He conocido a periodistas que salvaron la vida en Oriente Medio por pura suerte; a políticos que creyeron en cambiar el mundo y acabaron vendiéndose por un viaje al Caribe con todo pagado; a gente que luchó por dejar una impronta hermosa en su estela terrestre, y que lo consiguió.

He conocido a mucha gente en todos estos años buscando mi lugar o, al menos, un lugar en el mundo. Pero nunca conocí a nadie que iluminara el paisaje extraño de la vida como lo hace el resplandor que brota de Carla Maronda, la guerrera biónica.