La altura y la belleza del discurso del Papa a los representantes de los españoles fue todo lo contrario a la pulsión jibarizadora que Pedro Sánchez lleva años perpetrando sobre nuestro país, encarnada en ese bonsái que dio en regalarle apresuradamente a León XIV. Un olivo enano, recortado en su crecimiento natural, presentado como símbolo de paz y diálogo.

La metáfora era involuntaria, pero perfecta: la España empequeñecida de los bloques, las consignas, los agravios administrados y el cortoplacismo.

El Papa hizo exactamente lo contrario. Vino a recordarnos quiénes somos cuando damos lo mejor de nosotros mismos.

Todo su discurso fue una invitación a levantar la vista por encima de la refriega cotidiana, de la política reducida a tacticismo y de las miserias de corto alcance. A recuperar la ambición moral de una nación que parece haberse acostumbrado a pensar en pequeño.

Y León XIV lo hizo devolviendo al Congreso de los Diputados palabras que la política española ha vaciado de contenido durante años.

"Me corresponde pronunciar hoy una palabra serena y firme ante quienes tienen la grave responsabilidad de ordenar jurídicamente la convivencia social".

El Papa León XIV durante su discurso. Europa Press Europa Press

Serenidad, firmeza: qué exotismo en la sede de la soberanía popular.

¿Por qué en boca del Papa han vuelto a sonar verdaderas las grandes palabras que nos resultan huecas, instrumentales o falsas cuando las pronuncian los políticos? ¿Por qué dignidad, libertad, igualdad, bien común sonaron tan auténticas?

El Pontífice construyó su intervención como una gran catedral argumental, donde cada piedra sostenía a las demás y cada bóveda se apoyaba sobre una misma columna multiplicada: la dignidad de la persona humana como fundamento anterior a cualquier mayoría, anterior a cualquier consenso mudable, anterior a cualquier Estado.

Dedicó el corazón de su discurso a la Escuela de Salamanca con una generosidad intelectual que nuestro país, tan propenso a ignorar su propia grandeza, raramente ejerce. Hace quinientos años, algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad aquello que la fuerza o el interés presentaban como conveniente.

Introdujeron así en el discernimiento histórico la pregunta fundamental: cómo preservar el valor irreductible de todo ser humano, cómo establecer los límites morales del poder. Cómo hacer que lo posible sea justo.

Esa es la gran herencia española que el Papa honró porque sigue vigente.

Ese legado vive también en nuestras Cortes, cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos, y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar. Porque toda tarea legislativa acaba encontrándose con la pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construyen esas leyes.

León XIV no eludió ninguno de los debates que la política española convierte en tabú o en trinchera, como qué futuro pueden tener nuestras sociedades si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental.

Discrepar de las conclusiones políticas que de ahí se derivan es perfectamente legítimo en democracia. Pero despachar la pregunta con un gesto de impaciencia ideológica apenas revela el empobrecimiento moral que el Papa ha sabido diagnosticar.

Respecto a la inmigración, León XIV huyó de simplismos y lugares comunes para instalarse en la más pura esencia. Reclamó humanidad y responsabilidad, recordó que discriminar por origen vulnera gravemente el principio de igualdad, exigió afrontar las causas profundas de los movimientos migratorios y combatir la trata de seres humanos.

Y defendió de forma inequívoca respuestas coordinadas, justas y eficaces para que las fronteras no sean lugares de abandono, sino espacios de protección responsable de la dignidad humana.

Y habló, desde luego y con enorme contundencia, sobre el lenguaje como instrumento de convivencia o de destrucción. Recordó en la institución de la palabra que quienes ejercen una responsabilidad pública tienen una especial obligación de custodiarla y desarmar el lenguaje, porque la firmeza no exige desprecio, y la discrepancia no conlleva humillación.

Alguien debería enmarcar esas frases en el despacho del presidente del Gobierno, y en todos y cada uno de los despachos de nuestros políticos.

El Papa León XIV. Europa Press Europa Press

En noviembre de 2014, el papa Francisco pidió al Parlamento Europeo (es decir, a los europeos) que Europa volviera a ser esa promesa de paz fundada en la dignidad humana que fundamentó su existencia. Habló de familia, de inmigración, de los límites del poder económico, de la responsabilidad política.

Doce años después, León XIV ha pronunciado un discurso heredero de esa misma arquitectura moral ante el Congreso español, señalando, con una claridad que la política raramente se permite, dónde está el problema.

Y es que la escena parlamentaria fue tan elocuente como incómoda. La acogida inicial, la ovación final de casi siete minutos con los diputados en pie y los "¡Viva el Papa!" resonando en el hemiciclo fueron tan reales como extraños y hermosos.

¿Aplaudían la defensa de la vida humana desde su inicio hasta su ocaso natural, el derecho inalienable de los padres a elegir la educación de sus hijos, la advertencia sobre la inteligencia artificial y los nuevos poderes sin límites morales, la apelación a tratar a todos los seres humanos como iguales?

Yo creo que aplaudieron en nuestro nombre la nítida superioridad moral de unos principios fundamentales que ningún partido puede oponerse a proclamar.

Cuando el Papa terminó su discurso, el bonsái seguía siendo un bonsái. Pero España volvía a parecer un gran árbol que se estira hacia el cielo para alcanzar esa altura de la que todavía somos capaces.

Bajo la luz cenital del Congreso de los Diputados, León XIV logró comprender y abrazar un mundo complejo, inseguro y cambiante.

Y, al marcharse, dejó sobre los escaños la dignidad y la esperanza que España necesita hoy y que sus dirigentes no saben darle.