Cuando el duque de Ahumada escribió en 1844 el primer artículo del Reglamento de la Guardia Civil, estableció una condición sin la cual lo demás no existe.

"El honor es la principal divisa del guardia civil; debe conservarse sin mancha; una vez perdido, no se recobra jamás".

No lo escribió para los presidentes ni los ministros de entonces, ni tampoco para los de ahora. Lo escribió para quienes sirven a la Benemérita.

Pero ¿qué ocurre cuando es el poder político el que mancha? Porque el escándalo no es Leire Díez.

Lo que está ocurriendo con la Guardia Civil es la consecuencia de una lógica sostenida: colocar a los mandos a quienes no van a molestar, y apartar a quienes cumplen la ley cuando cumplirla incomoda al que manda. Una persistente inversión de los principios de Ahumada.

Ese patrón tiene nombres, fechas y una cronología que no es casual.

El teniente coronel de la UCO Antonio Balas. EFE

El coronel Manuel Ángel Sánchez Corbí, jefe de la Unidad Central Operativa (veinticinco años luchando contra ETA, Legión de Honor francesa, artífice de las grandes investigaciones anticorrupción de su generación), cesado en agosto de 2018, el primer año de Marlaska en el ministerio, bajo la fórmula de siempre: pérdida de confianza.

El coronel Diego Pérez de los Cobos, jefe de la Comandancia de Madrid, fue cesado en mayo de 2020 por Marlaska por informar lealmente al juez que investigaba el 8-M y no al ministro. El Tribunal Supremo declaró tres años después que el cese fue una represalia ilegal.

El coronel Rafael Yuste, jefe de la UCO hasta finales de 2025, fue apartado de la jefatura con un oportuno ascenso. Ahora sabemos que el teniente general Manuel Llamas (Director Adjunto Operativo, número dos uniformado del cuerpo), le había ordenado en julio de 2024 que los agentes "se pusieran de perfil" en las investigaciones con afectación política. Salió tres expedientes internos después.

El teniente coronel Antonio Balas, jefe del Departamento de Delincuencia Económica de la UCO, artífice de las investigaciones del caso Koldo y del entorno directo del presidente, fue convertido en objetivo explícito de la trama por la que hoy sabemos era la punta de lanza de la cloaca del PSOE: "necesito a Balas, así de claro".

Sólo en un ecosistema precalentado de este modo puede prosperar un personaje como Leire Díez. Los informes de la UCO acreditan que mintió al menos doce veces ante el juez. Negó cobros del PSOE que existen, negó reuniones con Cerdán que se produjeron al menos treinta y cinco veces, y negó haber tratado con Mercedes González, directora de la Guardia Civil.

En realidad, Díez presumía ante otros investigados de que González era una persona de su confianza, mientras ofrecía protección a un exmiembro de la UCO a cambio de información para atacar a la unidad.

Mercedes González le abrió la puerta. Y mintió también, cómo no. Delegada del Gobierno en Madrid por designación directa, socialista de trayectoria íntegramente aparatista, fue puesta por Marlaska al frente de la Guardia Civil en marzo de 2023.

Ante la perspectiva de perder las elecciones y el gobierno, Pedro Sánchez colocó a su fiel escudera en las listas al Congreso para asegurarle un sitio.

Estuvo como diputada unos meses y volvió al despacho de Guzmán el Bueno en septiembre de 2024.

Desde entonces, la directora se dedicó a vestirse de todos los verdes imaginables, quizá para ver si le permeaba algo del honor del cuerpo.

La UCO ha acreditado que González activó el borrado automático de mensajes en su chat de WhatsApp con Leire Díez: los investigadores saben que hablaban, pero no pueden leer qué se dijo.

Pero para el ministro Marlaska (el mismo que afirmó enfáticamente que la directora de la Guardia Civil no se había reunido jamás con Leire Díez), Mercedes González es ejemplar. Y quizá en esa consideración perversa de la ejemplaridad resida la clave de todo.

Las rectificaciones recientes del ministro a este respecto evidencian una inequívoca decisión de mentir. Y también de impedir que la Guardia Civil hablara por sí misma, sustituyendo la voz de la directora por una nota ministerial, y saliendo desde Luxemburgo a proclamar su honestidad mientras el sumario la desmentía en tiempo real.

Fernando Grande-Marlaska es juez. Magistrado de la Audiencia Nacional, instructor de causas contra ETA cuando eso tenía un precio físico real. Hombre formado en el valor de la palabra dada ante un tribunal. Los guardias civiles tenían razones fundadas para esperar de él un escudo.

Pero lo que han encontrado en estos ocho años es deshonor. Un catálogo de humillaciones y una pulsión destructiva imposible de justificar.

Los españoles confiamos en la Guardia Civil. Confiamos en los agentes que llegan los primeros a una inundación, a un derrumbamiento o a una tragedia ferroviaria, en los que persiguen el narcotráfico a pecho descubierto con lanchas de juguete, en los que levantan el testimonio de una víctima de violencia de género en un municipio sin juzgado, en los que trabajan durante meses o años en una operación que nunca tendrá un premio.

La directora general de la Guardia Civil, Mercedes González, comparece ante la Comisión de Interior el 10 de marzo de 2025, en Madrid. Eduardo Parra EP

Los españoles confiamos en su policía judicial, la Unidad Central Operativa, desbordada y acosada desde fuera y desde dentro, que carga en sus hombros la dignidad de un país. Esa confianza merece ser protegida.

La Guardia Civil lleva ciento ochenta y dos años conservando su honor sin mancha porque quienes la integran lo han entendido como lo entendió su fundador. No como una declaración, sino como una forma de actuar que no se negocia. Ese honor resiste, pero no es indestructible.

El honor funciona como la inmunidad de una vacuna: protege al colectivo mientras hay suficientes personas que lo sostienen. No hace falta que todos sean héroes. Basta con que la mayoría mantenga el principio, con que quienes mandan defiendan lo mismo que exigen a quienes obedecen.

Cuando esa masa crítica se erosiona (por frivolidad, por ignorancia, por malicia o simplemente por la mezquindad de quien antepone el cargo a la institución), el grupo entero pierde su fortaleza.

Y entonces el mal que parecía erradicado vuelve, y se hace con el cuerpo.

Entra por las grietas que abrieron quienes debían sellarlas, prospera en los despachos que debían protegerlo y se instala en la cadena de mando con la naturalidad de lo que nunca encontró resistencia.