Resulta imposible abrir un periódico sin encontrarse con un nuevo episodio de enchufismo, corrupción o cloacas que salpica a Pedro Sánchez. Pero más llamativo que los escándalos es la resistencia de quienes siguen a su lado. Si se pudiese pesar el silencio de los socialistas, la báscula se rompería.
El cerco que protege a un presidente cada vez más acorralado funciona como una muralla defensiva frente a la rendición de cuentas. Y recuerda a esas viejas dinámicas de lealtad que han acompañado históricamente a los liderazgos más autoritarios.
Por eso, llegado el momento, hay que escoger entre la fidelidad a un proyecto político o a una persona. Pero, ¿por qué nadie dimite?
Existen precedentes que demuestran que cuando un grupo se planta y antepone los principios al cargo (que es lo que se espera de cualquier representante político), ningún poderoso puede resistir.
El ministro de Finanzas británico, Rishi Sunak, dimitió tras perder la confianza en el primer ministro Boris Johnson en el año 2022: "El público espera con razón que el Gobierno sea dirigido de manera adecuada, competente y seria. Reconozco que puede ser mi último trabajo ministerial, pero creo que merece la pena luchar por estos estándares y, por eso, renuncio".
A su baja se sumó la del titular de Sanidad, Sajid Javid: "Ha sido un enorme privilegio servir en este papel, pero lamento que no pueda continuar con buena conciencia. Soy una persona de equipo por instinto pero los ciudadanos británicos esperan acertadamente que haya integridad en el Gobierno", recalcó en sus argumentos.
The public rightly expect government to be conducted properly, competently and seriously.
— Rishi Sunak (@RishiSunak) July 5, 2022
I recognise this may be my last ministerial job, but I believe these standards are worth fighting for and that is why I am resigning.
My letter to the Prime Minister below. pic.twitter.com/vZ1APB1ik1
Estas fueron las dimisiones más sonadas, pero no las únicas. Casi sesenta cargos del entorno de Johnson dejaron sus puestos para forzar su renuncia. Desde secretarios de Estado a secretarios parlamentarios, enviados de comercio como el de Marruecos o Kenia y hasta miembros del Partido Conservador. Todos dijeron "basta".
Fue una maniobra monumental con la que se pretendía poner fin a la cascada de escándalos que salpicaron al Premier, desde el partygate (donde funcionarios de Downing Street aparecieron divirtiéndose en fiestas mientras estaban activas las restricciones por la pandemia), hasta un caso de abuso sexual que afectó al subjefe del Partido Conservador. Todo ello sumado a un deterioro de la economía que disparó el coste de la vida tras el Brexit.
Johnson se resistió como gato panza arriba. Llegó a justificar que debía permanecer en el cargo no por gusto, sino porque sentía que era su deber y obligación para aquellos que depositaron su confianza en él en las elecciones de 2019. Una obstinación y un paternalismo cutre que no colaba ni entre el público ni entre los suyos. Todos le querían fuera.
El sistema político británico tiene un mecanismo implacable que obliga a rendir cuentas. Los diputados responden ante sus votantes antes que a sus líderes, por lo que cada error cuenta. Y la dimisión no se interpreta como una traición, sino como una herramienta para preservar la credibilidad de las instituciones y la higiene en la democracia.
Los estatutos del partido establecen que si un 20% de los suyos cuestiona el liderazgo del premier, se activa un proceso interno que puede desembocar en su sustitución. De esta forma, los jefes jamás se blindan ni se pueden perpetuar.
En Westminster pocos temen enfrentarse al líder si consideran que se ha convertido en un problema para el partido o para el país, y así lo saben otros mandatarios derribados por los suyos, de Margaret Thatcher a Tony Blair, David Cameron, Theresa May o Liz Truss.
El británico Boris Johnson anuncia su dimisión.
El ministro de Sanidad británico recordó en su renuncia que "el Partido [Conservador] es mayor que cualquier otro individuo" y señaló que, tras servir a Johnson con lealtad y como a un amigo, ante todo se debe al país: "Cuando hay que elegir entre estas lealtades sólo puede haber una respuesta", sentenció.
Y así el resto de dimisionarios. Lo que ocurrió bien podría llamarse la rebelión de los dignos.
Tras años sin presupuestos, manos derechas investigadas por corrupción y tráfico de influencias y otros tantos delitos, familiares cercados por enchufismo, sucesivos batacazos electorales, cabe preguntarse por el silencio de quienes rodean al presidente. Los jueces tienen mucho trabajo todavía y las sentencias tardarán en llegar, pero no hacen falta condenas firmes para reconocer que algo está podrido por dentro.
Uno puede aferrarse al poder y desacreditar a quienes destapan todos los escándalos, incluso atribuir todas las críticas a una conspiración de la ultraderecha mundial y planetaria.
Pero el sistema debería diseñar una palanca democrática capaz de impedir este empecinamiento de tintes autoritarios.
Si los mecanismos actuales no lo permiten, esta palanca debería llamarse dignidad y sólo los más cercanos al líder pueden activarla. ¿Que es injusto que otros paguen el pato? Es comprensible pensarlo. Pero uno no controla la perversión de quien se unta de cianoacrilato en el trono.
Quien asume la valiente decisión de dedicarse a la política, asume también la responsabilidad última que acompaña el puesto, especialmente cuando llegan los momentos críticos.
No actuar se convierte en una forma de complicidad. O incluso de vasallaje, algo que personajes como Silvio Berlusconi manejaban extraordinariamente bien. Al ser expulsado del Senado tras la condena por fraude fiscal, ordenó a sus ministros a dimitir en bloque de la coalición. Y lo hicieron. Y probablemente se hubieran pintado la cara con purpurina si se lo hubiera pedido Il Cavaliere.
El vasallaje llega cuando se cumplen órdenes sin opción a debate y uno renuncia al propio criterio. En ese caso se antepone la suerte del líder al interés general, erosionando lentamente la credibilidad de las instituciones a las que uno ha jurado representar.
Sin mecanismos de regulación democrática, tan sólo queda preguntarse si todavía existe alguien dispuesto a poner la dignidad por delante del cargo.
Y si es posible, quizás, una rebelión de los dignos, versión española.
