Se pasa de la santidad laica a la muerte civil en menos tiempo del que se tarda en proclamar el amor por el presidente del Gobierno y obtener un espacio en la televisión pública estatal.
Si se dedicara a leer lo que publican sobre él, Benito Antonio Martínez Ocasio, conocido en el siglo como Bad Bunny, sería en este momento muy consciente del aserto anterior. Hace apenas unos meses consolidó el estatus de icono del progresismo mundial gracias a su muy resultona actuación en el intermedio de la final de la SuperBowl. El puertorriqueño como sinónimo de todo aquello que cierto segmento de la creación de la opinión considera ejemplo del bien absoluto.
La hemeroteca de la última década nos ofrece algunos ejemplos.
"Ha cimentado su marca en el compromiso político y feminista, alejado de las anticuadas consignas del género que se basaba hace menos de diez años en la ostentación y la cosificación de la mujer" (elDiario.es, 2 de marzo de 2020)
"Bad Bunny y el arte de apostar por la nueva masculinidad". "Sus letras se han ido alejando de los estereotipos hipermasculinos y machistas y ha ido incorporando características asociadas tradicionalmente a las mujeres".(Público, 31 de octubre de 2022)
En el mismo periodo, se han podido leer en las revistas académicas artículos tales como Subversión, postfeminismo y masculinidad en la música de Bad Bunny (2023) o Transformaciones de género en el reguetón: el impacto de Bad Bunny (2025).
‼️ La Casita de Bad Bunny en el centro de la polémica en redes sociales: ¿Homenaje a Puerto Rico o experiencia VIP para influencers y cuerpos normativos?
— EL ESPAÑOL (@elespanolcom) June 1, 2026
Lo que nació como un homenaje a las tradicionales viviendas puertorriqueñas y una forma de reinventar la experiencia VIP… pic.twitter.com/8hZpE35OUH
Es en este contexto en el que ha aparecido La Casita. Un elemento del decorado de sus conciertos (uno de esos espectáculos que, presencialmente, se ven mejor por las pantallas gigantescas y para ellas están pensados) en el que el cantante encierra a una serie de personajes conocidos. El peaje por ver el show de cerca y por la cara se paga interpretando una especie de cruce entre la groupie, el cuerpo de baile y la figuración "de imagen".
Por ahí asoman las actrices más deseadas y los futbolistas más prometedores. Incluso alguna de las grandes fortunas del país, con cara de "no vayamos a hacerle un feo al artista con el que se tiene una alianza comercial". Es una exhibición desacomplejada de belleza y riqueza. Un cóctel entre el rollo aspiracional previo al estallido woke y el aura hortera de la programación inicial de Telecinco.
Los tuiteros ingeniosos dan en la diana cuando lo comparan con el jacuzzi de Jesús Gil en Las noches de tal y tal.
El cortocircuito en Matrix ha sido muy notable. Nada de diversidad ni de cuerpos no normativos. Cosificación y perreo en torno al astro. De ahí que la percepción de Bad Bunny haya girado 180º en pocos días. Esto ha dado pie a piezas periodísticas de signo muy contrario a las anteriormente reseñadas.
En ellas, hemos podido leer cómo antes de cada concierto salen a la pista unos ojeadores dedicados a reclutar a las mujeres más llamativas para lucir palmito en la casita. Estas publican en las redes sociales el proceso con el que se caracterizan con el vestuario que mejor encaja en ese entorno. Cero traumas si dos amigas acuden juntas y sólo una consigue llamar la atención de estos headhunters con habilidades que no desentonarían en una feria de ganado.
El episodio ilustra bien algunos rasgos interesantes del mundo que nos ha tocado vivir.
La obsesión por dar una pátina moral a todo aquello con lo que, simplemente, se disfruta. No vale con contonearse a los sones de una melodía que resulte agradable. Hay que comulgar con la letra, por lo general horrorosa, como si fuera un credo. Cuando se detecta que no es así, empieza el histerismo.
No digamos ya si se conocen aspectos personales que no encajen en el molde. Cualquier excusa es buena para que pasárselo bien equivalga a sentirse culpable.
Es casi admirable cómo el progresismo ha conseguido interiorizar todos estos tics que en la España del siglo XX se asociaban solo a la Iglesia Católica.
Quizá, alguien en el séquito de Martínez Ocasio esté maldiciendo ahora la ocurrencia de La Casita. Ah, el exhibicionismo en tiempos de dedos índice erectos.
Debimos tirar menos fotos.
