No se recuerda un verano que empezara tan pronto y tan caliente como este. Quizá porque no estamos asistiendo simplemente a un cambio de estación.
Junio será un mes definitivo, de preuniversitarios, católicos y libreros, de fútbol y jueces, de portadas en llamas permanentes. La tregua forzada de la visita del Papa, la declaración de Begoña Gómez, la comparecencia de Zapatero ante la Audiencia Nacional, la sentencia de Ábalos y Koldo... Y el Mundial. Y las elecciones del Real Madrid.
El mes de junio como epítome de la resistencia de Pedro Sánchez, justo en el octavo aniversario de la moción de censura.
Aquella tarde histórica, Begoña Gómez y David Sánchez aplaudían en la tribuna de invitados del Congreso. Y Ábalos y Koldo García escenificaban junto al presidente, entregado a los micrófonos, la promesa de regeneración y limpieza que justificaba el cambio.
Mariano Rajoy fue desalojado de La Moncloa no por una condena penal propia, sino por el impacto institucional de la sentencia del caso Gürtel y por la imposibilidad, según argumentó con vehemencia el PSOE, de sostener un gobierno erosionado por la sombra de la corrupción.
El principio que llevó a Sánchez al poder (la responsabilidad política no espera a los tribunales) es exactamente el que hoy se niega a aplicar a sí mismo. En 2018, el PSOE elevó el listón de la exigencia ética por encima de lo judicial.
Begoña Gómez y Pedro Sánchez en China.
En 2026, apela sin rubor a la presunción de inocencia y a respetar los ritmos de la justicia, signifique eso lo que signifique cada día para quienes más han hecho para demolerla.
Es una inversión completa de los términos del contrato con el que se ganó la confianza de quienes le votaron. El último enroque numantino de quien vive a cámara lenta la autocombustión de los villanos del cine.
Resistir, resistir hasta julio como sea, dicen en la Moncloa, esa Masada incendiada con todo listo para la inmolación grupal.
La consigna implícita no es ya gobernar, sino atravesar. Atravesar el mes, atravesar la secuencia devastadora de acontecimientos encadenados, atravesar el desgaste. Como si el calendario fuera una especie de materia hostil a la que hubiera que sobrevivir en lugar de gestionar.
En esa lógica, julio no es tanto un horizonte político, sino una forma de tregua diferida. Las vacaciones, el entontecimiento estival, los vapores de la siesta como un clavo ardiendo. Un día más de agonía ganado al reloj.
Ocho años dan para consumirse.
Pedro Sánchez llegó al poder en junio de 2018 con la llave prestada y la audacia de quien actúa antes de que alguien cambie de idea. Lo que entonces se llamó resistencia (en parte lo era) se convirtió en la única virtud que su relato necesitaba: la capacidad de trastabillar y no acabar de caer, de renacer contra todo pronóstico, de convertir la precariedad aritmética en músculo político.
'Fuego y cenizas', de Michael Ignatieff.
Hace poco he releído a Michael Ignatieff. En Fuego y cenizas, el intelectual canadiense narra cómo abandonó su cátedra en Harvard para arrojarse a la arena política, cómo lideró el Partido Liberal, cómo perdió con estrépito y cómo regresó a su biblioteca a escribir lo que la experiencia le había enseñado.
Se trata de un extraordinario ejercicio de honestidad y lucidez sobre el fracaso, porque su empeño no es explicarlo, justificarlo o negarlo. Sino comprenderlo.
El título de su libro presupone algo básico: que hubo fuego real antes de las cenizas. Ignatieff entró en política desde la vocación y salió desde la dignidad. Sus cenizas fueron las de algo que ardió de verdad, con combustible propio, con proyecto genuino. Cenizas limpias, en cierta forma. Las de quien lo intentó sabiendo que podía perder y asumió la derrota como parte del oficio.
La diferencia con la atmósfera que rodea hoy a la Moncloa resulta reveladora. Aquí el fuego no parece venir de fuera. Brota desde dentro. No es la combustión provocada por una derrota asumida, sino la combustión lenta de un poder que consume los materiales que durante años alimentaron su legitimidad. No hay cenizas porque el incendio sigue activo.
Tampoco existe la voluntad de abandonar el edificio para evaluar los daños. Mientras las vigas crujen, todos los alojados, los beneficiados, los promovidos, permanecen dentro, conteniendo el aliento.
Mientras Sánchez se convierte en polvo ("polvo será, mas polvo enamorado") Feijóo disfruta la dulzura de ver a sus activos negociando con los socios Frankenstein, quizá confiado en exceso en sus territorios por fin aquietados, asumida la inevitabilidad de las dos cabezas para una derecha gobernante.
Cuando todo esto termine (y terminará, como termina todo, también las épocas políticas), ¿qué clase de cenizas quedarán? ¿Las de un proyecto que lo intentó y se agotó, o simplemente las de una permanencia que se consumió a sí misma sin haber producido, hacia el final, otra cosa que humo?
Porque lo que está ardiendo no es sólo un gobierno ni un partido, ni un ciclo político.
Lo que arde, lentamente, es el modelo completo de una forma de entender la política, en la que la realidad importa menos que su representación.
En medio, en fin, queda el país. Un país que lleva demasiado tiempo señalando el humo sin que los bomberos designados se ocupen de apagar el fuego. Y que asiste a esta larga transición sin saber todavía si contempla el final de una etapa o simplemente una nueva mutación de la misma.
