Vivimos la primera etapa de la humanidad donde la belleza está proscrita.

O quizá es que después de tres décadas sin ejercitarla, de estandarización progresiva, se nos ha atrofiado y por eso cualquier cosa que no es deliberadamente fea (que resulte atractiva incluso por accidente) provoca un stendhalazo breve, una ligera emoción, que es todo lo que cabe ya en muchos cerebros saturados de scroll.

Llevamos demasiados años promocionando lo desagradable. Europa, de ser la cuna de la ética y la estética, de un lujo que era el refinamiento de la civilización, ha terminado subvencionando lo feo como la aceptación tácita de la derrota ante una belleza cada vez más abstracta, lejana y por eso denostada.

Hemos cambiado a Velázquez, Bernini y los palacios de Austria, blindados en mármol, por la sede del Parlamento Europeo en Estrasburgo, que es una cárcel de cristal.

A Coco Chanel por Temu y el rugido de un Ferrari por lo aséptico de "lo correcto", que ahora son motores eléctricos; antónimo donde los haya.

Por eso han diseñado un Tesla pasado de precio, un iPhone que no cabe en el bolsillo, el coche perfecto para Apple. Cualquier cosa menos un Ferrari. 



El interior del Ferrari Luce. Omicrono

Y no es culpa de Jony Ive, que es el diseñador al cargo de este proyecto tras venir de la época dorada de Apple (allá cuando Steve Jobs). La culpa es de la marca, como le ocurrió primero a Jaguar con el rebranding woke para encajar en un territorio que no es el suyo, en mitad de una moda por la que el lujo no debería de estar dispuesto a transitar, porque si algo tiene el verdadero lujo es que es atemporal. Y si no es que no lo es.

Por eso duele que se nos caiga Ferrari. Hemos burocratizado la belleza hasta desterrarla, tanto que lo mejor del nuevo Ferrari es el Papa.

Lo único que le queda elegante a la mítica escudería es acercarse a Dios y pedir perdón porque a la compañía italiana le ha pasado lo mismo que le ha pasado a la UE: que la hemos convertido en una bicicleta vegana.

Desde que Europa, rugido de motores, decidió que los coches particulares eran una abominación, hemos ido construyendo cada vez vehículos más feos. Mamotretos biodegradables condenados a la obsolescencia…

Del continente de Audi, BMW o Aston Martin a este en el que un Mercedes parece ya un Renault. Abocar el rugido del motor de un Ferrari a lo estéril del silencio eléctrico es como dejar de escuchar a Dios; provoca inevitablemente una crisis de fe.

Magnifica Humanitas, cada vez menos magnífica. Sacrificar lo humano a cambio de la eficiencia y por tanto sacrificar aspiraciones más elevadas, conformarnos con una belleza producida en masa…

Este Ferrari es la prueba perfecta de los peligros que anuncia el Papa en su encíclica, que es una carta pionera que pone palabras a todo lo que vendrá. El riesgo de que el ser humano se olvide de su papel, se quede en tierra de nadie entre la eficiencia de la IA y su falta de metas que no sean únicamente cumplir con la jornada laboral. 



El hombre está hecho para cosas más elevadas, para trabajos mayores que los que la IA puede reemplazar. El hombre está hecho para la belleza, aun cuando la percibe, pero es incapaz de comprenderla.

Por eso mientras la encíclica del Papa advierte de los riesgos de que el ser humano se pierda por el camino, como ocurrió en la Revolución Industrial, yo advierto de que a Ferrari le han roto el sonido de la palabra Ferrari, que era un rugido y un color. Ese rojo pasión que se clavaba en el hipotálamo y que hoy ya no apasiona nada porque el nuevo Ferrari, como todo en Europa, está demasiado lejos de la belleza y de la pasión.