Juanma Moreno arrancó visiblemente incómodo el debate de anoche. Los otros cuatro candidatos llegaban con la estrategia compartida y apenas disimulada de convertir al presidente en una diana política.

Durante los primeros compases, el plan funcionó. Los cribados de cáncer de mama, las listas de espera, los recortes universitarios. Una ofensiva coral, compacta, diseñada para erosionar precisamente aquello que constituye hoy el principal capital político del presidente andaluz: la percepción de solvencia serena.

Juanma Moreno se vio obligado a responder más que a proponer. María Jesús Montero encontró en el bloque sanitario un terreno firme desde el que golpear. José Ignacio García exigía explicaciones directas sobre los fallos en los cribados. Antonio Maíllo elevaba el tono acusando al Gobierno andaluz de ocultación y mentira.

El presidente resistía. Correcto, entero, pero todavía atrapado en una posición defensiva.

Hasta que el debate giró.

Moreno bajó el tono de voz. No impostó dramatismo. Simplemente recordó a Montero que cuando ella fue consejera de Salud prometió implantar cribados de cáncer de colon que jamás llegaron a aplicarse entre 2010 y 2019. Habló de personas que no llegaron a tiempo. Y habló de su padre. De cómo murió como tantos otros por diagnósticos tardíos.

Juanma Moreno, candidato a la presidencia de la Junta de Andalucía. EFE

El plató quedó suspendido durante unos segundos extraños, incómodos, inhabituales en la política española.

Y entonces llegó la frase que para mí marca un hito en esta campaña.

"A mí me habéis llamado asesino. ¿Qué podría yo llamarle a usted? Pero yo no soy como ustedes".

Ahí terminó realmente el bloque sanitario. Y yo diría que terminó también el debate.

Juanma Moreno, el político que entendió antes que nadie que la fatiga española abría mercado electoral para la normalidad, lleva años construyendo una autoridad basada más en el abrazo que en el mando. Sonríe poco para un populista y demasiado para un tecnócrata.

Y anoche volvió a demostrar que su fortaleza no reside tanto en la agresividad como en la capacidad de administrar emocionalmente el poder.

También demostró que el verdadero liderazgo no consiste en destruir al adversario cuando se tiene ocasión, sino en demostrar que uno podría hacerlo y decide no cruzar esa línea. La diferencia entre un político que administra y un dirigente que lidera suele aparecer exactamente ahí.

María Jesús Montero ya no consiguió recuperar el terreno perdido. Y el bloque de financiación autonómica terminó de perfilar una imagen que la ha perseguido durante toda la campaña: la de una candidata demasiado vinculada a las necesidades de Ferraz y demasiado poco conectada con el estado emocional de Andalucía.

Montero conserva inteligencia parlamentaria, colmillo político y una larguísima experiencia de poder. Pero esta campaña la ha encontrado pesada de aparato, adherida a un sanchismo exhausto y atrapada en un personaje demasiado madrileño para una Andalucía que hoy busca refugio emocional más que combate ideológico.

Cuando Moreno denunció que el modelo negociado con el independentismo catalán dejaría a Andalucía con cientos de millones menos que Cataluña, Montero intentó defender el acuerdo recurriendo a equilibrismos tecnicistas que sonaban más a disciplina gubernamental que a convicción territorial.

Lo más significativo llegó después: ni siquiera sus potenciales socios parlamentarios acudieron realmente en su rescate. Maíllo tomó distancia. García también marcó perfil propio. La dejaron sola.

Sola con Sánchez. Sola con Zapatero. Sola con el desgaste de un Gobierno central atrapado en la sombra tóxica del caso Ábalos-Koldo y en una erosión moral que ya contamina cualquier debate territorial del PSOE. Ese está siendo el gran problema de Montero durante esta campaña, que le va a ser imposible habitarla del todo. Comparece más como delegada política de Madrid que como candidata capaz de interpretar el ánimo andaluz.

Y Andalucía, cuando detecta artificio, se vuelve especialmente implacable.

Andalucía no lleva dos elecciones consecutivas votando únicamente a un partido, está votando una manera de ejercer el poder. Una forma política basada en la cercanía, la calma y cierta idea adulta de la responsabilidad institucional. No es casualidad que en los carteles su nombre aparezca más grande que las siglas, ni que la presencia de Alberto Núñez Feijóo durante la campaña haya sido más complementaria que coincidente.

Juanma Moreno aprendió a gobernar obligado a negociar constantemente, apoyándose sobre un Ciudadanos inestable del que aprendió mucho en capacidad propositiva. Aquella etapa le enseñó algo que luego convirtió en fortaleza: la confianza social se construye antes desde la moderación que desde la testosterona ideológica.

Después llegó la mayoría absoluta y, con ella, el riesgo clásico de todo poder consolidado de confundirse con la propia invulnerabilidad.

En el debate de anoche, los andaluces pudieron constatar varias cosas. A mi juicio, la más importante (he sido testigo de ello) es que los problemas que lastran a Andalucía son los mismos que al resto de nuestro país, pero se han producido muchísimos cambios a mejor y ahora compite en primera división en España y en Europa y a los andaluces no hay quien los reconozca.

Y también pudieron constatar que Juanma Moreno representa algo extraordinariamente escaso en la política española contemporánea: la convicción de que la serenidad también puede ser una forma de liderazgo fuerte, porque la moderación no equivale a tibieza, y gobernar consiste muchas veces en contener antes que incendiar.