Cuando vi la foto, por unos segundos pensé que era la imagen de una fiesta familiar, con la tía simpaticona subida a la chepa del sobrino en una excursión al campo, o la madre cariñosa achuchando a traición al más pequeño de la casa, el chavalín un poco agobiado, ella a punto de la carcajada porque no hay nada más lindo que la familia unida, como cantaban los payasos de la tele.

Pero resulta que no, que no iba de eso.

En realidad, los de la foto eran Vito Quiles y una amiga de la mujer del presidente del gobierno practicándole un conato de mataleón más bien inofensivo.

Luego vi la otra foto, aquella en la que Quiles parece intentar huir, o no, yo qué sé, y otra amiga de la experta en crowdfunding le engancha una pantorrilla. Parece talmente que han pillado al cliente del bar, o del restaurante, o de la sauna, intentando marcharse sin abonar la cuenta.

Miren, a mí lo del acoso periodístico no me gusta. Cualquiera, hasta los tetraimputados, merecen poder tomarse un café tranquilamente sin que les pregunten por su horizonte penal.

Pero tampoco exageremos la nota. El acoso al político y a sus alrededores no lo inventó Vito Quiles.

Todavía me acuerdo de cuándo los simpáticos reporteros de Caiga quién caiga perseguían a Ana Botella hasta las puertas de la peluquería, y a ella no le podían preguntar por sus negocios porque no los tenía.

A Begoña no le dan la tabarra por ser la esposa del presidente. La persiguen porque es una imputada múltiple cuya actividad en los últimos años podría calificarse, cuando menos, de oscura. Además, tenía trabajando en sus enjuagues al personal monclovita que pagamos usted y yo.

Cuando se ignoraban todos esos extremos, hasta donde yo sé, nadie perseguía a Begoña Gómez para impedirle desayunar tranquilamente.

Me gustaría a mí saber cómo se habrían comportado los medios con la mujer de Mariano Rajoy si hubiese tenido sobre la cabeza la espada de Damocles de delitos punibles penalmente.

Lo que no puedo imaginarme yo es a las amigas de la mujer de Rajoy (ni a las de la mujer de Felipe González, ni a las amigas de la señora de Zapatero, ni a las amigas de la mujer de Aznar, ni de la de Suárez, ni de la de Leopoldo Calvo Sotelo) enganchadas la pierna de un periodista (o lo que sea) ni poniéndole el brazo alrededor del cuello para defender el derecho de la damnificada a tomarse un café a la paz de Dios.

Dicen que Begoña Gómez iba sin escolta. Me cuesta creerlo. Y si es así, muy mal por su marido y muy mal por el ministro del Interior, que se desentiende de la seguridad de una persona de sobra conocida y que puede ser objeto de ataques de cualquier descontrolado.

Claro que en este país de locos que se nos está quedando cabe la posibilidad de que la Moncloa haya decidido sustituir la escolta oficial por unas señoras con malas pulgas y poco sentido del ridículo dispuestas a saltar encima del reportero impertinente. Cosa que, por cierto, no podría hacer un escolta oficial, y sí las amigas feroces.

Vuelvo a ver las fotos de las dos mujeres defendiendo a su amiga, veo las poses, los ademanes, las caras más bien divertidas, y al pensar que están intentando poner a salvo a la esposa del presidente del gobierno me entran ganas de comprar una ouija para invocar a Berlanga: vuelve, macho, que te lo estás perdiendo.