Desde una comprensión escatológica de la Historia universal, caben pocas dudas de que Donald Trump ha sido un gobernante providencial para Estados Unidos.
El carismático plutócrata, dotado del genio intuitivo de los grandes hombres, irrumpió como una tempestad para acaudillar a la plebe frente a la oligarquía de un régimen caduco, castrado por la desindustrialización de la globalización pletórica y por la ideología necrófila y masoquista del turboprogresismo.
Más allá de la sobreactuación de su propaganda sobre la nueva "edad dorada" de América, es innegable que, al menos en un primer momento, Trump insufló vigor en la decadente civilización estadounidense. Y logró, imponiendo su ley sobre la conjura de todo el mundo en su contra, fundar un nuevo orden.
Porque Trump sólo se entiende como (re)encarnación de una figura recurrente: el rey que, movido por una voluntad indomable que desborda cualquier convención, necesita crear sus propias reglas, tensionando así las costuras de la República que lo ha engendrado.
Y es que la Historia, que no avanza linealmente sino en círculos, se despliega por medio de anticipaciones de sucesos que volverán en el futuro: los acontecimientos y los grandes personajes prefiguran aquellos que los actualizarán (verbigracia, Alejandro Magno fue el "tipo", y Julio César, el "antitipo").
Como Trump, Napoleón sufrió una de sus más humillantes derrotas en presencia de conejos.
Y así como Trump ha compartido con sus precursores las mieles del triunfo, también había de participar necesariamente del eclipse de su estrella, del mismo destino trágico que le está reservado a toda rebelión prometeica en incesante lucha contra los obstáculos que le opone la realidad.
Tampoco el gen visionario de Trump (en quien el declive de las facultades corre parejo al del imperio que gobierna) se ha librado de la decrepitud: la visión imaginativa ha degenerado en ceguera (en "locura", a juicio de los más críticos).
Ciego y sordo se mostró Trump ante los augurios de su corte sobre la imposibilidad de vencer a Irán en una guerra total. Y después de una contienda tan prolongada, la pírrica victoria que puede enarbolar EEUU permite ya considerar la fallida incursión iraní el craso error de Trump.
O, mejor dicho, el Creso error de Trump, pues el presidente ha emulado la arrogancia del último rey de Lidia, que como él fracasó al intentar conquistar Persia, y también malinterpretó los oráculos: se le vaticinó que si cruzaba el río, "destruiría un gran imperio", pero creyó que se aludía al persa cuando se trataba en realidad del suyo.
La inesperada resistencia de la satrapía oriental produjo, en quien se había acostumbrado a deponer mandatarios como si de figuritas de ajedrez se tratasen, una impotencia sublimada en una escalada verbal desaforada y apocalíptica.
Después de esto, la potencia que había ejercido de benemérito gendarme del mundo libre ha venido a aparecerse como un villano errático y arbitrario que profiere descarnadas amenazas de aniquilación.
Que EEUU haya pasado de ser visto como el actor que garantiza el orden al principal promotor del caos, inflige un daño reputacional probablemente irreparable a la auctoritas sobre la que cimentó su rol de rector del orden mundial.
Y aun ha tenido esta guerra otro efecto imprevisto todavía más trascendental: la operación que se puso por meta empujar las fichas del dominó del eje antioccidental hasta hacer caer a China, ha acabado, irónicamente, beneficiando al principal rival de EEUU.
Al haber socavado la arquitectura política y económica internacional que sostenía la hegemonía estadounidense, Trump puede haber precipitado con su patinazo iraní justamente lo contrario de lo que perseguía: el fin del imperio americano y el espaldarazo definitivo al comienzo del siglo chino.
Y es que, por mucho que se procure no olvidar las lecciones de la Historia, sus artífices están animados por una irrefrenable pulsión repetitiva que los aboca a reeditar los mismos errores.
Si Trump ha practicado la imitatio heroum de sus precursores, lo ha hecho con todas las consecuencias, reproduciendo también el desliz que les llevó a la caída: la hibris. La confianza en uno mismo, que es el principio generador de la grandeza, conduce a la senda de la insensatez cuando incurre en la desmesura de la soberbia.
Trump, crecido por su proeza en Venezuela, infatuado de omnipotencia (llegó a equipararse con Cristo el pasado Jueves Santo), ya no podía apearse del éxtasis de "furia épica" de quien se cree siempre destinado a arrollar naciones enteras, y por tanto necesita buscar adversarios cada vez más grandes.
Y de ahí se llega, naturalmente, a ese momento de divergencia entre las ambiciones del emperador y los intereses de la nación, que tan magistralmente desentrañó Stefan Zweig a propósito de Napoleón.
Después de haber sometido uno a uno a todos sus enemigos,
"el país [Francia] quiere la guerra de una vez, mientras Napoleón quiere sin cesar la guerra. Ya no piensa en el pueblo, sino únicamente en el mundo, en la inmortalidad. Su entendimiento ha perdido hace mucho la medida humana, ¡cómo podría ser de otra manera, después de tal realización de lo inverosímil! Con los éxitos crecen sus metas; con las victorias, su osadía; con los triunfos sobre el destino, el deseo de retarlo con creciente audacia".
Como todos los emperadores que antes que él se han visto impelidos a erigirse en ángeles exterminadores en abierto desafío a Dios, Trump ha acabado frustrado por la única voluntad superior a la suya: la del único y verdadero Señor de los Ejércitos.
Y, con tal endiosamiento, aun ha provocado un retorno más en este excitante resurgir de la Historia que vivimos: el de la secular fricción entre el Imperio y el Papado.
