Los comités de bioética de los hospitales, al analizar situaciones moralmente conflictivas, siguen una metodología que se inicia con el análisis de los valores en juego: la vida, la autonomía personal, el respeto a los principios hipocráticos de beneficencia y no maleficencia…

Ocurre que estos valores no necesariamente son compatibles siempre (piensen en el rechazo de los Testigos de Jehová a las transfusiones), y por eso se trata de ponderarlos y de escoger un rumbo que sea lo menos dañino posible.

Para ello se definen los rumbos extremos, aquellos que satisfarían completamente alguno de los valores ignorando los demás.

Y luego los intermedios, que normalmente son los que se adoptan.

El martes, Pedro Sánchez escogió su rumbo, que es el de colisión con Trump: negó el uso de las bases de Morón y Rota.

No lo ha hecho por consideraciones morales (algo para lo que parece estar biológicamente incapacitado) sino por un vulgar cálculo electoral.

La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt. Jonathan Ernst Reuters

Trump calificó a España como "un aliado terrible", y sin duda Sánchez lo considera un triunfo.

También se manifestó el canciller Merz, que dio la razón a Trump.

Recordemos que Sánchez ya no es invitado a las cumbres europeas, y esto no debe resultar extraño. El trilerismo con el gasto en defensa, los coqueteos con empresas chinas o la voladura de la política europea de inmigración con una regularización masiva hacen que nuestros socios nos hayan tomado la medida.

No es una novedad que Sánchez tome decisiones electoralistas a costa del prestigio internacional de España. Pero está tan acostumbrado a vivir en un relato que parece ignorar que los actos tienen consecuencias.

O bien le dan igual, porque sabe que sus actos tienen consecuencias en los traseros de los españoles.

El miércoles, nuestro presidente volvió a enarbolar la pancarta, bastante raída, del "no a la guerra", e invocó el Derecho internacional.

Resulta un tanto chocante que Sánchez se preocupe por la legalidad internacional cuando desprecia tan abiertamente la nacional, pero en todo caso hay aquí una preocupación legítima: hasta ahora se había intentado mantener una apariencia de legalidad en las intervenciones militares, y esto ocurrió incluso en Irak.

Ahora esa frágil apariencia se ha roto, y Estados Unidos ha usado la fuerza, tanto en Venezuela como en Irán, sin apelar a algún tipo de justificación legal.

Un mundo sin reglas es un mundo más peligroso, pero conviene no hacerse trampas: Rusia o la propia teocracia iraní nunca las han respetado. Lo que realmente ha cambiado es que la potencia que más o menos las respetaba ha dejado de hacerlo.

Estados Unidos, desde el fin de la II Guerra Mundial, creía firmemente que la extensión de la democracia y el libre comercio eran el único modo de mantener una paz duradera, y esa creencia estuvo incluso detrás de la invasión de Irak.

Esto ya no es así. Trump no oculta que las invasiones obedecen a sus propios intereses. Pero, curiosamente, su disposición a intervenir ha demostrado que en realidad no había un valor moral en juego, sino al menos dos.

La extracción de Maduro pudo significar la infracción de la legalidad internacional, pero también la liberación de los presos y la reconversión del siniestro Helicoide en un centro comercial.

"No a la quiebra de un Derecho internacional que nos protege a todos, especialmente a la población civil", dijo Sánchez el miércoles, pero no es cierto: el Derecho internacional no ha protegido a los venezolanos a los que robaron las elecciones, ni a los iraníes asesinados en las calles.

Llevada al extremo, la protección de la legalidad internacional consolida a los sátrapas que sojuzgan a sus compatriotas.

Manifestación en honor del líder supremo iraní Alí Jamenei en Cachemira. Sharafat Ali Reuters

Es decir, ahora mismo existe un dilema moral real: legalidad internacional vs bienestar de los ciudadanos.

Los que están a favor de la intervención deberán admitir que están dispuestos a vulnerar lo primero.

Pero si la guerra puede contribuir a mitigar el sufrimiento de los iraníes, los que se oponen a ella asumen que este dolor continúe.

Por eso conviene entender que la paz que invoca Sánchez se levanta sobre las decenas de miles de muertos por la teocracia de los ayatolas.

Él responde que para remediar esto se propone alcanzar "una solución diplomática y negociada". Es decir, pretende no hacer nada.

A cambio hizo algo particularmente siniestro: identificó a los responsables de eventuales atentados futuros. En el pasado, afirmó Sánchez el miércoles, el "trío de las Azores" incrementó la probabilidad de atentados yihadistas. De manera similar, los que ahora apoyan la intervención están elevando el riesgo.

Con esto Sánchez se ha situado entre una parte de los españoles y los terroristas, a los que, se mire como se mire, ha mandado una señal.

Y por si sus seguidores no han quedado convencidos, Pedro Sánchez añadió la razón definitiva: de esta invasión "no va a salir un medio ambiente más saludable".

Avisados quedan.