Marco Rubio, rostro amable del trumpismo, aplacó la sorda inquietud que sobrevolaba los prolegómenos del Contubernio de Múnich, fresco aún el recuerdo del severo correctivo con que JD Vance hirió el orgullo de los jefes europeos en la última edición.

Y eso que no se apartó en lo sustancial del guion de su colega hace un año: la ficción tranquilizadora que fue el orden postnacional basado en reglas, la creencia en su triunfo definitivo y en la inhumación de la fuerza bajo el doux commerce, le ha hecho perder a Occidente la carrera del progreso frente a rivales con menos escrúpulos.

Pero, sabedor de que más rentable resulta el amor que el temor, Rubio orilló la antipática aproximación del reproche y se decantó por hacer vibrar la fibra sensible del auditorio. Puso el énfasis en el hermanamiento cultural de EEUU con el continente, fruto de "vínculos profundos forjados por siglos de historia compartida".

El sentido reconocimiento de que EEUU "siempre será un hijo de Europa" contrasta con la tópica visión tutelar que ha ameritado el "imperialismo yanqui".

Y la oposición es interesante, porque permite plasmar los dos tipos de roles en torno a los cuales pueden articularse las relaciones entre EEUU y Europa: ora desde la óptica de América como vástago de nuestro linaje, ora bajo el prisma del paternalismo estadounidense.

Lamentablemente, es esta segunda clase de relación la que ha prevalecido desde la posguerra.

El "siglo americano", afianzado bajo la égida de la OTAN y el maná de Míster Marshall, ahormó la mentalidad europea, educó sentimentalmente a sus satélites conforme a sus referentes culturales y colonizó a través de su industria cinematográfica y musical hasta lo más medular de su imaginario.

La inversión de la natural filiación, de resultas de la cual el epígono americano de Europa llegó a enseñorearse en rector nuestro, se produjo, precisamente, en virtud de la operación contenida en la afirmación de Rubio: "Somos una única civilización, la occidental". Una confusión interesada que asimila irreflexivamente el "estilo de vida" estadounidense y el europeo.

Y aunque la globalización bajo el patrón Big Mac ha homologado nuestras costumbres hasta materializar en gran medida esa indistinción, en puridad sólo puede sostenerse la afirmación de Rubio bajo el supuesto del equívoco artefacto de "Occidente", entendido hoy como la disolución de la identidad europea en la uniformidad cultural instilada por EEUU.

Por mucho que en el Viejo Mundo se plantaran las semillas que se exportaron al Nuevo (la domesticación legal del poder, la fe cristiana o los avances científicos), el deleznable "American Way of Life" dista mucho de las maneras de una civilización caracterizada por la primacía de la dimensión espiritual. Por la misión de "descubrir y ofrecer a todo el mundo obras de valor universal", que dijera Pedro Laín Entralgo.

George Steiner apercibió la distancia atlántica que media entre el reflexivo café europeo y el establecimiento de comida rápida, entre la aprehensible geografía europea y e inhóspito paisaje americano, entre el poso memorialístico y el talante prometeico de la innovación de los colonos.

Qué lejos está la "plenitud de la cultura, la vida de civilidad y las gracias de la cortesía" (Eugenio d'Ors) que inspira a la raza europea de la exaltación individualista de la libertad personal, el furor consumista y la materialista idolatría del confort y el éxito pecuniario que mueven al alma americana, de la agitación, el banal pragmatismo, la frivolidad de espectáculo y el darwinismo social inscrito en el rizoma de su ética calvinista.

La crisis de Europa es una crisis de identidad: la región espiritual acostumbrada a entenderse a sí misma como una "recreación teatral del Imperio romano" —feliz hallazgo de Peter Sloterdijk— aún anda en busca de un nuevo guion para un tiempo en el que, derrumbados los imperios europeos, ya no puede desempeñar el papel de la metrópoli primogénita.

A la decadencia europea le haría bien el tónico del vitalismo estadounidense. Abrevar en aquellos principios que sí constituyen realmente reminiscencias de nuestro patrimonio olvidado. Redescubrir en el hijo americano la intrepidez del pionero, la hacendosidad o el fervor patriótico, pero conservando nuestra singularidad de civilización católica cincelada por el genio latino y el ideal caballeresco.

Quienes no sentimos un acomplejado autoodio hacia nuestra historia no deseamos la caída del "occidentalismo" por la que suspiran las repugnantes filias tercermundistas. Pero sí que, en la entente con EEUU, Europa ostente la prelación originaria.

Con frecuencia se dice que Europa sólo podrá adaptarse al desacople estadounidense si se dota de un "poder duro" autónomo. Pero de nada servirá esto si no nos emancipamos también de su poder blando, esa enfermedad espiritual que es el americanismo y que mora en la génesis de nuestra subordinación.