La primera vez que uno actúa contra las normas morales de su tribu se genera una incongruencia psicológica grave. "Soy una buena persona, pero he hecho X".

Esa incongruencia dispara el malestar afectivo y genera culpa, vergüenza y ansiedad. Porque todos nos creemos buenas personas. Incluso los amorales.

Sobre todo, ellos.

Y para reducir esa disonancia, racionalizamos la transgresión ("no era para tanto", "todos lo hacen") y ajustamos nuestra autoimagen, lo que abona el terreno para que las futuras transgresiones de ese mismo tabú, o de otros similares, sean un poco menos dolorosas.

La segunda transgresión tiene un coste en malestar mucho menor que la primera.

Y para cuando llegan la tercera, la cuarta y la quinta, el sujeto ya ha ajustado su autopercepción para convencerse a sí mismo de que la raya moral no está en realidad allí donde él mismo la puso la primera vez, sino en otro punto mucho más lejano.

Un punto al que, piensa el transgresor, él no llegará jamás.

Pero siempre llega.

Pedro Sánchez y Begoña Gómez entran al cine Callao, en Madrid, tras la última declaración de la acusada ante el juez Peinado. Efe

Pedro Sánchez amañó las primarias del PSOE en 2014, intentó amañar luego la famosa votación en el comité federal de 2016 colocando una urna detrás de una cortina y amañó posteriormente las primarias de 2017. Las que le llevaron de nuevo a la secretaría general del partido y, un año después, en 2018, a la presidencia del Gobierno.

Lo hizo siempre con el mismo método. Votos falsos, alteración de los censos y utilización de inmigrantes (rumanos) para engordar sus resultados.

[Algo que, por cierto, permite plantearse una pregunta o dos sobre el verdadero objetivo de la regularización de 840.000 inmigrantes ilegales y el millón extra que llegarán de su mano. Muchos de ellos con antecedentes penales que serán borrados sin mayores preguntas por la administración del Estado en beneficio de todos los españoles que se crucen por la calle con esos ilegales regularizados].

Dicho de otra manera. Sánchez no debería haber sido secretario general del PSOE en 2014, tampoco en 2017, y mucho menos presidente del Gobierno en 2018.

Un cargo al que llegó, recordemos, tras una moción de censura en la que prometió regenerar moralmente la política española.

Él, que venía de amañar tres votaciones en su propio partido.

2. En paralelo a la racionalización de la transgresión se produce un segundo fenómeno interesante en la cabeza del tramposo. La autojustificación y la reinterpretación de esa transgresión.

Y así, en su cabeza, esa transgresión se explica por las circunstancias, por la necesidad o con la idea de que "no había otra alternativa". Por ejemplo, porque se estaba intentando evitar un mal mayor.

Y ese relato ("mi rival también hace trampas", "soy el único que hará frente a la ultraderecha", "¿qué es un pequeño acto de corrupción frente a la corrupción intrínseca de la oposición?", "o yo o el caos") se convierte en la plantilla con la que el estafador justifica psicológicamente sus siguientes transgresiones.

En la cabeza de Sánchez, indultar y amnistiar a un golpista es peor que castigarle, porque lo primero ahorra dolor y lo segundo lo genera.

Inventarse una carrera profesional virtual para Begoña Gómez que posteriormente se utiliza como "ancla" para la organización de una trama de influencias entre la Organización Mundial del Turismo, la República Dominicana y Air Europa, se justifica con la idea de que el PP querría encerrar a todas las mujeres en la cocina, lo que es todavía peor que fingirse asesora empresarial en resiliencia.

Continuar aferrado a la presidencia del Gobierno a pesar de todos los escándalos de corrupción que le rodean es mejor que un gobierno de PP y Vox, que nos devolverían de un plumazo a las cavernas de las que nunca debería haber salido ese 75% de los españoles que no le votan a él.

Y así, el Sánchez que empezó engañando a su propio partido ha vivido, como producto de la mera exposición a sus propias transgresiones, un proceso de habituación a la corrupción, de reducción de los estímulos aversivos, que ha eliminado casi por completo la respuesta psicológica a esos actos que en cualquier otra persona serían causa de un extremo malestar emocional.

Y de un pavor penal ampliamente justificado.

Pero Sánchez, muy probablemente, ni siquiera comprenda el porqué de tanto revuelo.

3. El tercer efecto de sus propias transgresiones en la cabeza de Pedro Sánchez es el de la licencia moral.

Porque dado que él es el benefactor por excelencia de los españoles, el proveedor de prosperidad, progreso y luz moral para todos los ciudadanos, ninguna de sus transgresiones podrá superar jamás el "crédito moral" acumulado con todas sus buenas obras anteriores.

Y así, ese crédito moral, generado paradójicamente por sus transgresiones precedentes ("¡lo hacía para salvar a España de la ultraderecha!"), sirve para justificar posteriores violaciones de nuevos tabúes.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la vicepresidenta primera y ministra de Hacienda, María Jesús Montero, en una sesión de control al Gobierno, en el Congreso de los Diputados. Europa Press

Y por eso la enormidad de las quiebras morales de Pedro Sánchez (y eso sin entrar en sus posibles delitos penales y sus evidentes responsabilidades políticas) sólo puede desembocar en transgresiones peores en un futuro próximo.

Transgresiones que serán mayores cuanto mayor sea la presión de la prensa (y en EL ESPAÑOL no pensamos parar) y más justificadas en su cabeza cuanto más cerca esté la posibilidad de un gobierno de Feijóo con apoyo de Vox.

La pregunta es… rotos todos los tabúes, racionalizadas hasta el paroxismo sus transgresiones anteriores, acumulado un crédito moral descomunal, y rodeado de bulócratas, asesores en mercadotecnia de la trola descarnada y cronistas devotos de sus enormes atributos morales, ¿qué tabú no estará dispuesto a romper ahora Pedro Sánchez para seguir salvando a los españoles de sí mismos?

¿La monarquía? ¿La Constitución? ¿El mismo Estado de derecho? ¿La soberanía nacional? ¿Unas elecciones generales?

Para Sánchez, todo eso es peccata minuta. No me jugaría ni un solo euro a la posibilidad de que en 2027 Sánchez no haya acabado, amañado o envenenado al menos uno de los cinco anteriores.