Vargas Llosa e Isabel Preysler exhiben ternezas en un vídeo publicado por la edición española de Harper’s Bazar y el conjunto resulta magnético por razones de oportunidad -tan cansados estamos de Cataluña- y por humana ligereza.

¡Pero qué elegantes, qué delgados, qué dogo azul y qué decena de modelos fastuosos luce la inveterada diva en dos minutos y medio de confiterías!

Vemos a la pareja deshacerse en arrumacos en los salones y porches luminosos de Villa Meona, les oímos regalarse zalamerías estomagantes; y ante tanto amor inmarcesible -y esa atmósfera de anuncio de colonia de senectud- caemos rendidos a la espera de algunas respuestas elevadas, y de otras un poco vulgares.

Por ejemplo: los límites del sentido del ridículo y el libre albedrío, la transmutación de un genio literario en un ídolo couché, la pulsión exhibicionista o la urgencia crematística. O por ejemplo: ¿están vendiendo ropa cara?, ¿cuánto les habrán pagado por el numerito?, ¿pero estos...?

Corro a la sección de Jaleos como otros corren a la de Deportes a comentar los goles de La Liga. “Pero qué guapa; qué casa; qué vestido; cuánto Photoshop…”. Entre comentarios livianos, detalles genealógicos y una sucesión de sinónimos para acotar lo patético, una compañera apunta la idea del reportaje como "una transgresión más".

Al tercer visionado, ya casi liberados de la impresión, reparamos en el guión en busca de pistas para resolver el arcano. Dice Mario que con Isabel “las noches son mucho más tranquilas, más sosegadas, la vida más disciplinada, con más tiempo para leer”... e inmediatamente pensamos en cómo serían las noches salvajes del octogenario Nobel.

Entonces sobrevienen los cadetes crueles del Colegio Militar Leoncio Prado jaleando a El Jaguar, El Poeta y El Esclavo en La ciudad y los perros. Los maravillosos fanáticos que se rebelaron en Canudos con Antônio Conselheiro, El Beatito y El León de Natuba, el mismo que al final de La guerra del final del mundo se bebía los orines del profeta. Los indios montaraces que la pasaban tomando con Lituma en los bolinches andinos, donde de madrugada todos los gatos son pardos.

También Porfirio Rubirosa con su portentoso falo y los secuaces de Trujillo antes de apiolar a las hermanas Mirabal en La fiesta del chivo. Y por último Gauguin con las piernas llagadas de sífilis y los golfos bohemios de Conversación en la catedral.

Entonces, como Santiago Zavala, alguien pregunta cuándo demonios, en qué momento, se jodió Varguitas.

Y yo respondo: "¡Envidia cochina!".