Cuaderno de bitácora (una conversación también es un viaje)
3/06/2026
Hoy Lourdes vino a verme. Pensé que estar con ella (y verla hablar, cantar, actuar, pensar en voz alta, recogerse el pelo con una pinza, mojar pan en el aceite, enervarse por un asunto menor, reírse a carcajadas) resume bien la diferencia entre un acontecimiento y un espectáculo.
Yo diría que el acontecimiento es eso que no puede planearse pero brota, eso que es espontáneo y jugoso y frágil, eso donde se pone la vida en juego.
El acontecimiento no está al dictado de nada, sólo de sí mismo, de su presente rabioso. El acontecimiento resuena, sobre todo, en el patio interior de uno: las teclas que pulsa son las del espíritu. Uno es atravesado por el acontecimiento (el acontecimiento nos ensarta como si fuésemos una gilda), uno sabe que el acontecimiento es irrepetible, que es histórico. No volverá a suceder: no así.
Sin embargo, el espectáculo es algo multiplicable, ruido y furia exterior, laca y purpurina, epidermis. Es divertido y se olvida rápido.
La naturaleza de Lourdes es el acontecimiento.
Ella vive y pasan cosas.
Su temperamento es el juego. “No soy mentirosa, sólo increíble”, dice en una de sus canciones.
Lourdes apasionada contándome una historia.
Y yo apasionada contándole otra.
Su material de trabajo hace rato que es la energía. Aún más que la palabra, aun más que la música, aun por encima del cuerpo: entérate de que esto va de la vibra.
En su último show, Rojo Relativo, su residencia en el Café Berlín en forma de cabaret místico, performó al Loco del tarot y lo feminizó para desmenuzar el deseo y sus contradicciones, los riesgos de la búsqueda en la carne y en el pensamiento, la incómoda conquista de la libertad.
Yo creo que Lourdes es una artista total, un talento nervioso como de cola de lagartija (eso de que la cortas y se sigue moviendo, imparable, no sujeta a las leyes de la lógica), y que ella puede ser todos los hombres, todas las mujeres, todas las niñas y los ángeles y los demonios pequeños y listos que nos soplan travesuras al oído. En fin: esta tía puede hacer lo que le dé la gana. Sus reglas no son de este mundo.
Una vez se llamó a sí misma Russian Red y creó escuela. Esa fue sólo una de sus identidades. Ahora piensa en esa niña “del flequillo, con la guitarra”, y la siente muy lejana. Hablamos sobre la creación de personajes, sobre si un personaje nos hace libres o nos hace esclavas.
Hablamos sobre el deseo y el amor (ella es una estudiosa, una investigadora del amor en activo), que van de la mano aunque el deseo no viva en el tiempo. “El deseo es como el fuego. Si estuviera vivo todo el rato estaría arrasando. El amor calienta sin herir”, dice. Compro. Me cuenta que su marido le pidió matrimonio diciéndole algo como: “Me lo estoy pasando genial, ¿quieres que nos lo pasemos genial toda la vida?”. Y le sacó el anillo.
Russian Red visita nuestro set.
Me interesa ese hombre, el hombre que acompaña a la mujer creadora. Estamos muy hartos de hablar de las esposas pacientes que sostienen a los genios. Qué pasa aquí, qué pasa cuando es al revés. “Él es el secretario, el cocinero, el amante, el amigo, el masajista, el psicólogo: todas esas tareas propiamente femeninas… y yo no he visto a un hombre más masculino en mi vida”. Subraya que el hombre más masculino que conoce es el más cuidador. El suyo. Su marido. Esta idea me fascina.
Hablamos sobre su vida en Los Ángeles, sobre Miranda July, sobre Sabina y sobre Julio Iglesias, sobre la canción de ‘Hey’, sobre si es siempre más feliz quien más amó. Hablamos sobre las madres: “Es imposible no quererlas. Les hemos robado el tejido. Somos ellas”, dice Lourdes. Hablamos sobre perdonarlas y sobre imitarlas… o no: “Yo siento que estoy siendo responsable no teniendo hijos”.
Hablamos sobre qué debe hacer una mujer con los rumores que hay sobre ella, sobre ser escorpio, sobre qué es lo mejor de estar loca, sobre inventar el derecho a no ser una persona ejemplar.
No se la pierdan.
Lourdes aka Russian Red.