El día que mataron a Tomás Caballero, 6 de mayo de 1998, faltaba apenas un año para que Santos Cerdán se afiliara al PSOE y se convirtiera en teniente de alcalde de su pueblo, Milagro.
La vida de Santos, nuestro Santi, es la encarnación toponímica de su localidad natal: un verdadero milagro. Si el general De Gaulle soñaba de niño con regir los destinos de Francia, Santi –en Pamplona lo llamamos así sus amigos– no se había soñado alcalde ni siquiera en una siesta con mala digestión.
De pronto, a golpe de anotación en la agenda, se vio a sí mismo recorriendo Europa con la soberanía nacional española en una maleta. No es que fuera ministro plenipotenciario, es que era algo todavía superior: tenía a su disposición la soberanía y podía subastarla con tal de mantener a Sánchez en la Presidencia. Eran las veinte mil lenguas de viaje submarino.
Santi, al que recuerdo en el Comité Federal de Sevilla advirtiéndonos de la llegada de un "maremoto totalitario", tenía que resolver de pronto el encaje de Cataluña en España, cosa que no habían logrado Manuel Azaña ni don José Ortega y Gasset.
Hemos tardado mucho en comprenderlo todo. Hemos metido la mano en la llaga de Santo Tomás Didimo y hemos encontrado sus agendas. Es de sobra sabido que –con todos los presuntos que se quiera–, Santi y Leire estrenaron la cloaca cuando Sánchez se retiró a reflexionar por amor, cuando la Justicia cercó a Begoña Gómez.
En esa agenda –esta es la última novedad–, había anotaciones sobre Carlos García Berro, el fiscal coordinador de Vigilancia Penitenciaria de la Audiencia Nacional. No sabemos todavía qué dicen esas anotaciones, pero sí sabemos que, por arte de encantamiento, este fiscal decidió no recurrir trece progresiones a tercer grado de miembros de ETA.
Esos terceros grados los concedía el gobierno vasco –del PNV y el PSOE– y este fiscal, en contra de lo que sucedió en varias ocasiones con su predecesor, decidió no recurrir. Un milagro.
Lo de Santi es como una novela de Simenon. Estamos muy al principio de saber lo que pasó. Van asomando algunos detalles a los que nos agarramos los lectores para intuir. Muchos nos amarramos como a un madero en medio del mar a esta frase de Otegi, que data del 18 de octubre de 2021. La dijo en... la Escuela de Armería de Eibar. Tiene cojones la cosa, Santi.
Dijo Otegi: "Tenemos a doscientos presos en la cárcel y, si para sacarlos hay que votar a favor de los Presupuestos, pues los votaremos. Así de alto y claro os lo digo. Y lo haremos muy tranquilos".
Tan tranquilos que Bildu ha sido el socio más complaciente de Sánchez a lo largo de estos años. Todos intuíamos que algo había, pero no sabíamos exactamente el qué. Lo que sí sabíamos es que en Bildu no son idiotas. Son hoy, por fortuna, políticos. Y los políticos no dan a cambio de nada. Si Junts, el PNV, Esquerra, el BNG y Compromís cobraban, ellos no iban a ser una ONG.
Hasta llegar a Sánchez, Santi había ido prosperando en aquel PSOE que, recién salido de gravísimos casos de corrupción, trataba de rehabilitarse políticamente. Siempre con la línea roja de los pactos con Bildu. De hecho, Santi apoyó –y votó– el gobierno en coalición de su partido con UPN.
Paralelamente, Santi había tenido, como todo político, su vida personal. Conoció a Koldo y lo metió en "la mina" –así llaman a la sede del Paseo de Sarasate, de Pamplona, algunos camisas viejas–. Lo convirtió en el guardaespaldas para todo. Y acabó protegiendo con su cuerpo –literalmente– los avales de la candidatura de un tal Pedro Sánchez. Ese fue un favor de Santi y tenía un componente de la lealtad vieja y atávica. Sánchez no iba a olvidarlo. Por eso, cuando la corrupción tumbó a José Luis Ábalos, le dio todo el poder a Santi, que venía del mismo sitio. Aunque Santi –esto es honesto decirlo– no se dejaba cautivar por las luces de neón.
Tras ese divorcio con UPN, hubo un grupo de socialistas que comenzó a explorar otras alternativas para llegar al poder. Los caminos del nacionalismo. Primero el moderado, el de Uxue Barkos. De ese ambiente le llegó la amistad con Antxon. ¡Joder, ya nadie habla de Antxon y de Servinabar! ¡Es que pasan tantas cosas!
Cómo olvidar los días del vermú en el Burladero, en el Savoy. Fue el estreno de Santi en lo que podíamos llamar la 'beautiful people' del reino foral. De la pasta no hablo porque eso está en investigación, es mucho más complejo y todavía no podemos unir los puntos tan fácilmente, pero la responsabilidad política ya puede escribirse.
Antxon, del mismo pueblo que Otegi, fue el que dijo un día algo así como "aúpa, Arnaldo, quiero presentarte a un amigo que es dirigente del PSOE en Navarra". Esa presentación, ese primer encuentro a tres bandas –es una frase hecha, no le den importancia al sustantivo–, ha sido reconocido tanto por Otegi como por Santi.
Y de ahí le fueron naciendo al PSOE las votaciones de Bildu favorables a Sánchez, la alcaldía de Pamplona para Bildu entregada por los socialistas, la estrecha convivencia entre socialistas navarros y dirigentes de Bildu. Me encantaría conocer a Antxon. Cuentan que es de esos que, ante una mesa bien regada y bien servida, te presenta amigos para toda la vida.
Hasta aquí ha quedado explicada, muy resumidamente, porque es un milagro apasionante, la trayectoria de Santos Cerdán. De concejal a hombre de Estado. De tipo desconocido a muñidor de esta nueva España plurinacional.
Pero ahora viene lo más interesante: ¿por qué lo hizo? ¿Sólo por dinero? El día que se afilió al PSOE, sólo había pasado un año desde que mataron en Pamplona a Tomás Caballero. En aquel 1999 de su afiliación, ETA ya había matado a Germán González, Enrique Casas, Vicente Gajate y Fernando Múgica, todos socialistas. Un año después, ETA iba a asesinar a Fernando Buesa, Juan María Jáuregui y Ernest Lluch. Todos socialistas.
Con esto sólo se puede hacer literatura porque forma parte de lo más íntimo de un ser humano y Santi, que es tímido, nunca se ha explayado al respecto. ¿Cuál es la fibra moral que, por una cuestión de conveniencia política o económica, te empuja a llegar a esos acuerdos con Bildu? Me refiero a los acuerdos de poder, de entrega institucional.
No debe desprenderse de esta pregunta una especie de cordón sanitario a Bildu. En una cosa estoy de acuerdo con Santi: la izquierda abertzale debe estar en las instituciones, es deseable incluso que puedan pactarse con ellos distintas medidas sociales.
Pero, igual que se le pone a cualquier socio una serie de condicionamientos por delante, a Bildu debería exigírsele un tránsito a la Democracia. Una Transición, sí.
Para que Bildu fuera un socio asumible –insisto en que es necesario que se presenten a las elecciones–, Otegi debería hacer un descargo de conciencia como el de Laín Entralgo, que dejó por escrito cuál había sido su colaboración con el falangismo primero y el franquismo después. Otegi debería, como Dionisio Ridruejo, recorrer los pueblos y las ciudades de España diciendo que lo que hicieron no debió haber sucedido. La violencia nunca fue necesaria.
Me dirán: "Oye, pero eso es ir muy rápido, hay que ir paso a paso". Se han cumplido quince años del final de ETA. Ridruejo arriesgaba su vida peleando contra el franquismo cuando todavía Franco estaba vivo. Y Suárez, que no fue tan valiente como Ridruejo, empezó a hacerlo al día siguiente de la muerte del dictador. ¡Y eso que ninguno de los dos tenían a su espalda crímenes de pistola!
Si han pasado quince años y siguen así, es porque no existe esa voluntad. Y la influencia que pueda tener un partido constitucional, en este caso el PSOE, debería ser para empujarles a ese camino. No para blanquear su amnesia a cambio de votos para Sánchez.
Por fortuna, ya no nos estamos jugando la vuelta o no de la violencia de ETA, pero nos estamos jugando el futuro; eso que los pomposos llaman relato: la oportunidad de que todos los chavales sepan qué pasó y que no debería volver a suceder. No hubo héroes ni romanticismo.
Ojalá Bildu hubiera ido más rápido. Ojalá, en lugar de Otegi –un secuestrador que jamás pidió perdón a su secuestrado ni ha pedido perdón a la familia del secuestrado– estuviera al frente del proyecto alguien sin un pasado de sangre. Ojalá no hubieran metido en las listas la última vez a terroristas confesos, condenados y no arrepentidos. Ojalá, ahora que han renovado sus listas, hubiesen descartado a todo aquel que no ha abjurado explícitamente de la violencia.
Ojalá, por decirlo con nombres concretos, todos en Bildu fueran Oskar Matute –que participó en la vigilia por Miguel Ángel Blanco– o Jon Iñarritu, dos tipos que nunca han coqueteado con el terrorismo de ETA. Pero, si uno analiza qué es Bildu hoy y quién manda, se da cuenta de que el timón lo conducen los que tienen ese pasado tan oscuro que se niegan a borrar.
Todo esto, Santi lo sabía de sobra.
Recuerdo a Carlos Garaikoetxea, primer lehendakari de la Democracia, que metió su proyecto político dentro de la coalición de Bildu. Lo recuerdo en el salón de su casa, un par de años antes de su muerte. Creyó que, con gente como él dentro, Bildu haría más rápido esa transición. Sabía –y me lo dijo– que se había equivocado.
Dentro de un tiempo, una sentencia explicará qué hizo Santi en el PSOE y con sus cuentas. Pero ya hay suficientes hechos políticos contrastados para concederle la coautoría de esta nueva España. La corrupción económica ha afectado a unos pocos, pero su corrupción política ha contribuido a la amnesia del terror.
Su metamorfosis fue completa cuando, recientemente, Santi le preguntó a María Caballero, hija de Tomás, en la comisión de investigación del Senado: "¿Usted está contenta con el fin de ETA? ¿Se alegra del final de ETA? Yo sí". Era la metamorfosis de Santi, pero también la de todo un partido.
