Igual que en el teatro, sea cual sea la obra, cualquier análisis pormenorizado acaba llevándonos a Shakespeare, la meditación del sanchismo siempre nos conduce a la santa trinidad del siglo XX español: guerra civil, franquismo y Transición.
El señalamiento del Rey, los ataques al poder judicial, las ironías sobre la alternancia, el abandono de Ceuta y hasta la ley de nietos se alojan en ese magma en el que Sánchez trata de sobrevivir restringiendo la separación de poderes cada vez más.
"El régimen del 78", acuñó un Pablo Iglesias que debe de estar haciéndole vudú al presidente por haberle sisado el proyecto de la plurinacionalidad. Lanzo una apuesta: ¿cuántos creéis que, en caso de necesitarlo, Sánchez deslizará en campaña una disyuntiva, monarquía o república?
Después del abandono de Ceuta y la desconexión con la ciudadanía –la gran mayoría de ciudadanos, según las encuestas, cree que Marruecos estuvo detrás–, ¿qué llave de división le queda al presidente para agitar la próxima campaña? ¿De verdad le compensa hablar de inmigración?
En cualquier caso, ahí estará Vox para echarle un capote con la maestría de Morante.
Este miércoles, en el Congreso, hubo un instante que pasó desapercibido. Cuando abordó la ley de nietos, el presidente le dijo exactamente esto al padre Feijóo:
"Aquellos a los que sus padres y madres les obligaron sus antepasados al exilio… ustedes quieren robarles el derecho al voto".
Lo dijo con la sintaxis de un alumno de Pisa, pero la traducción es esta: "Señores del Partido Popular, sus antepasados expulsaron de España a todos esos que se fueron al exilio. Y ahora ustedes, noventa años después, quieren quitar el voto a sus descendientes".
Es un párrafo donde se condensa la idea de España que tiene Sánchez. Los diputados del PP, por ser de derechas, son todos hijos y nietos de franquistas. Ese franquismo sociológico heredado es lo que hace que Feijóo, orgulloso de Franco, quiera hurtar el voto a toda esa gente expulsada por la dictadura.
El maniqueísmo funciona también al revés: Sánchez da por hecho que los nietos del exilio, noventa años después, son todos de izquierdas por haber sufrido sus familias la represión de un dictador nacionalcatólico. Se le olvida que muchos de ellos, los nietos, han sufrido directamente los estragos de las dictaduras bolivarianas.
¡Ay, me acuerdo de los republicanos liberales! De la España que se perdió engullida entre las dos trincheras. El "no es esto, no es esto" de Ortega, la Institución Libre de Enseñanza, Giner de los Ríos, Chaves Nogales, María de Maeztu, Clara Campoamor, Melquíades Álvarez, José de Arteche… y toda esa estirpe de demócratas de derechas y de izquierdas que desapareció en el 36.
"Sus antepasados los expulsaron de España", decía Sánchez. Y, desde la tribuna del Congreso, al oírlo, pensé en Germán Blanco, el abuelo de Pablo Casado, afiliado de la UGT que a punto estuvo de ser fusilado.
¡Como si no hubiera antepasados franquistas en la bancada del PSOE! En las familias de Chaves y Griñán –homenajeados en el último Congreso Federal–, pero también en la del propio Sánchez.
Me cuenta Pedro Corral, novelista, historiador y diputado del PP –ha dedicado mucho más tiempo a homenajear el socialismo liberal que la mayoría de parlamentarios del PSOE– que el abuelo materno del presidente puso el pecho y empuñó las armas para que Franco ganara la guerra.
Mateo Pérez-Castejón, el padre de su madre, se alistó voluntario en el bando republicano, pero desertó en los albores de la batalla de Teruel. Cruzó al lado franquista, se alistó en la Legión y combatió con bravura en el frente, por lo que el régimen lo condecoró.
Esto no tiene ninguna importancia. El abuelo republicano no hace a Casado menos de derechas y el abuelo franquista no hace a Sánchez menos de izquierdas. Y lo más importante: una y otra circunstancia no influyen en el pedigrí democrático de sus descendientes.
Uno de los lemas sumergidos de la Transición es que los hijos no son responsables de los pecados de sus padres. Incluso que el ser humano, sujeto soberano, puede purgar sus propios pecados –Suárez y Carrillo– si la contrición es sincera.
Ese ejercicio lo hizo una generación que había vivido la Guerra Civil. Sánchez, a lomos de su ignorancia, sin conocer tres o cuatro acontecimientos de la guerra, abolió en un párrafo uno de los procesos políticos más asombrosos de la Europa del siglo XX.
En un país como España, abolir la Transición desnuda ferozmente a todas las siglas. Si Feijóo le respondiera del mismo modo, quedarían en la palestra los crímenes de los GAL, el guerracivilismo de Largo Caballero y el golpe a la República de Indalecio Prieto en 1934.
Eso no lo hace Feijóo; sólo lo hace Abascal, lo que nos anticipa un gobierno en el que, si Feijóo no consigue domar los caballos, se genere un clima, con Sánchez en la oposición, donde se patee una y otra vez la Transición.
El ataque al exilio
Son de sobra conocidos los motivos que ha esgrimido el Supremo para suspender cautelarmente la inscripción de en torno a dos millones de personas en el censo electoral. Dice el Alto Tribunal que, de permitirse algo así, podría producirse un serio peligro para la transparencia electoral.
Pero creo que hay un punto mucho más importante en la interpretación que hizo el Gobierno de la mal llamada ley de nietos. En un primer momento, la Ley de Memoria Democrática promulgó algo necesario: la concesión de la nacionalidad –y el voto– a los hijos y nietos de los exiliados por razón del franquismo.
Tiempo después, una instrucción del Ministerio de Justicia decidió la concesión automática de la nacionalidad –y el voto– a cualquiera que hubiera salido de España entre 1936 y 1955.
Esta maniobra, en el fondo, pisotea la Ley de Memoria Democrática, que es una ley de reparación, porque borra el sufrimiento de los exiliados. Con ese mecanismo, se trataba por igual al nieto de un exiliado que al hijo de un aristócrata franquista que se fue a las Américas a hacer fortuna.
En la Transición, no se pudieron llevar a cabo todas las medidas necesarias para paliar las injusticias cometidas durante cuarenta años con un montón de familias. En los años ochenta, los militares republicanos todavía reclamaban poder tener una pensión.
Hoy, quedan cadáveres en las cunetas, sobre todo republicanos. Porque los del otro lado, que los hubo, fueron exhumados por el régimen. Con esa ley de nietos ahora suspendida cautelarmente en lo tocante al derecho al voto, se invisibilizaba al exilio. Cualquiera era un exiliado.
La medida actual, tal y como está concebida, debería generar consenso entre el PP y el PSOE. De hecho, es procelosa la hemeroteca de Feijóo en ese sentido. Pero a Sánchez no le vale.
De aquí al final de la legislatura, cualquier espacio compartido con el Partido Popular será inflamable para Sánchez. Anidar ahí, en un consenso con el otro partido de Estado, será para él inflamable; más que un caso de corrupción.
Porque eso visibilizaría otra España posible. La que no necesita ningún extremo para sobrevivir. La que no le necesita a él.
