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Le di al “pause” y me puse a pensar. Cuando se intenta recordar, a veces aparece algo con nitidez. Otras, no aparece nada. Pero hay ocasiones en que se van superponiendo las imágenes y uno se zambulle en ellas con la sensación de que el deporte de recordar, como si fuera bucear en un banco de peces, resulta útil.

Estaba recordando, creo que sí. Intentaba apartar unas imágenes, agarrar otras y hacerles fotos con la cámara del presente bajo el agua del tiempo. De aquel 12 de julio de 1997, obtuve una multitud blanca y roja. Nada más. Los peces de colores se acababan escapando de entre mis dedos.

Me quedé sin oxígeno, las bombonas se vaciaron y subí a la superficie.

Tenía cuatro años. Estaba situado en el lugar donde los científicos concluyen que se fabrican los primeros recuerdos. Por eso, la niebla. Había algo inexacto, como la ilusión del primer despertar en un día de Reyes.

El documental sobre el asesinato de Miguel Ángel Blanco –de Jon Sistiaga y Juanjo López, recién estrenado en Netflix– empieza así, interpelando al espectador: seguro que no has olvidado dónde estuviste aquel día. Piensa en aquel día.

Así que llamé a mi madre y, de su mano, volví a meter la cabeza en el mar. Ahora, sí. Ahora sé dónde estuve. Era San Fermín. Unos sanfermines extraños, paralizados, como sostenidos en un purgatorio. La Fiesta silenciada como nunca antes porque iban a asesinar a sangre fría a Miguel Ángel Blanco.

Era el primer asesinato telegrafiado de ETA. El Gobierno había dicho que no iba a ceder al chantaje de acercar a los presos y aquella ETA ya tenía en su currículum un historial de sangre y dolor tan proceloso como para saber que lo iban a matar.

Aun así, España fue ingenua y guerrera. Maravillosamente ingenua y honorablemente guerrera. Con las manos blancas y casi todo el tiempo en silencio, el país se echó a la calle y se desparramó por todas sus capitales de provincia.

Me veo, en el recuerdo de mi madre, subido a una especie de columna en la avenida de Carlos III junto a mi hermana mayor. Mi hermano pequeño, en una silleta, supongo; y mi hermana pequeña, en la tripa.

Queríamos estar muy alto para ver qué pasaba. No sé qué veríamos nosotros. Supongo que nada. Cómo le explicas a un niño de cuatro años que, en ese instante, hay un chaval inocente al que le van a pegar dos tiros en la cabeza.

Sí puedo imaginar lo que vieron mis padres y todos los que estuvieron allí: en Pamplona, en aquella ciudad, cuando ETA mataba, muchos guardaban silencio y las manifestaciones eran minoritarias.

Menos de un año después, a apenas un kilómetro de allí, asesinarán a Tomás Caballero, un concejal, y habrá compañeros del Ayuntamiento que no lo condenarán. El camino de la rebelión ante la violencia, veo desde este presente maravilloso, tuvo sus altibajos, sus vaivenes.

Pero aquel día hubo una multitud silenciosa que abarrotó la ciudad en plenos sanfermines. Algo había empezado.

Donde estaba yo, dónde estabas tú, no tiene ningún interés. Todos esos recuerdos, cogidos uno a uno, no son más que memoria. Sin embargo, recordando todos más o menos a la vez, coincidiendo en este presente, zambulléndonos sincronizadamente en aquel 12 de julio de 1997, podemos generar una rebelión contra el olvido.

Al final del documental, se dan esos datos escalofriantes sobre la ignorancia que predomina entre los jóvenes acerca de lo que pasó con Miguel Ángel Blanco. Acerca de lo que pasó con ETA en general.

Esa ignorancia no tiene otra causa principal que nuestra amnesia. Cuando el chaval no sabe, es porque nadie le ha enseñado. Porque nadie se ha dejado la piel en que quiera saber. “Nuestros padres mintieron”, empieza diciendo el poema de Jon Juaristi, que estuvo en ETA, sobre aquel tiempo.

Aquellas 48 horas de julio, las del ultimátum, dieron la oportunidad a los medios de contar quién era el que estaba encerrado. Nunca había sucedido con tanta intensidad.

En el documental se ve cómo los detalles más minuciosos de la vida de Miguel Ángel, que era “Míguel”, iban agujereando el corazón de las multitudes. Se mordían los labios los periodistas para no llorar durante las conexiones que hacían desde el portal del domicilio familiar.

La batería, el tren de todos los días, el primer trabajo, la señal pagada para su primer coche, los planes para casarse… La mejor fórmula para comprender lo que fue ETA es repetir el ejercicio Blanco, en retrospectiva, con cualquiera de las víctimas. Saber mucho de ellas. Y proponerse un reto en este tiempo tan dado a los retos de las redes sociales: que cada uno encuentre a alguien que no conozca esta historia y se la cuente.

Recordar a Miguel Ángel Blanco es empezar el camino a que lo aprendan quienes no habían nacido. ¿Podría haber algún partido, salvo el de siempre, que se oponga, por ejemplo, a que el documental se proyecte como material obligatorio en los colegios?

Lo importante no es recordar dónde estuvimos cuando mataron a Miguel Ángel Blanco. Lo importante no es saber que ese día, aunque fuera de la mano de nuestros padres, estuvimos ahí. Lo verdaderamente importante es estar hoy con Miguel Ángel Blanco.