Con esa frase, Pedro Sánchez trató de despachar en el Congreso la imputación de José Luis Rodríguez Zapatero. Pretendía aparentar un paso al frente, pero es el butrón de su nueva huida.
Zapatero ha sido la coartada moral del sanchismo, el recurso que ha servido para blanquear cesiones deshonrosas, la clave de bóveda sobre la que Sánchez ha apoyado su proyecto.
Mientras Sánchez lo invocaba como estandarte de la ampliación de derechos en España, él ejercía de mediador en la sombra con el fugado Puigdemont.
Mientras lo presentaba como símbolo de rectitud, él cambalacheaba con la ley de amnistía para lograr los siete votos necesarios para la investidura.
Sánchez lo utilizó como referencia ética frente a sus adversarios y como aval ante sus socios. Y ha sido su revulsivo emocional en las campañas electorales.
Ahora, el faro del sanchismo se desmorona bajo el peso de las investigaciones de la Audiencia Nacional. Los indicios contra él son apabullantes.
No hay precedente en ninguna democracia de un presidente en ejercicio que haya tenido imputados a su principal mentor y guía espiritual, a su esposa, a su hermano y a los dos responsables que puso al frente del partido (Ábalos y Cerdán).
Y es inaudito que, lejos de plantearse dimitir o convocar elecciones, saque pecho con arrogancia.
Ese exceso, al que ningún presidente se hubiera atrevido, sólo es posible por el paisaje que ha creado: una sociedad fracturada en bloques, donde la fidelidad pesa más que la exigencia.
Sánchez ha separado a la sociedad en bandos irreconciliables. Ha logrado que miles y miles de españoles le sigan en cualquier circunstancia. Y daría igual que un día fuera sorprendido atracando un banco a punta de pistola.
Ha conseguido crear la ficción de que cualquier alternativa es peor.
Para Sánchez, la palabra no tiene valor. Es una herramienta de usar y tirar. Dice haber "asumido responsabilidades", pero nadie sabe cuáles, porque en su diccionario la responsabilidad no conlleva renuncias, sino atrincheramiento.
Por eso, si mañana Zapatero cruzara el umbral de una prisión, ni siquiera se sentiría interpelado por su "todo mi apoyo al presidente".
Cuando pasen unos años, visto con perspectiva, este periodo se percibirá como una anomalía, como una etapa de estupidez colectiva transitoria.
El propio Sánchez ha dicho alguna vez que le preocupa el juicio del tiempo. Estoy convencido de cuál será el veredicto. La Historia es implacable con la falta de escrúpulos.
