Publicada

Sevilla tiene nombre de mujer. Así lo llevo percibiendo yo desde que llegué a esta ciudad hace ya más de tres años. A diferencia de otras ciudades de carácter más severo, Sevilla parece sostenerse en una cadencia distinta, donde el espíritu femenino se respira en todos los ámbitos de la vida urbana. Basta con repasar su historia, sus tradiciones o, simplemente, pasear por sus barrios para advertir el papel decisivo y determinante que la mujer ha tenido en esta tierra.

Pensando en la génesis de la ciudad, advertimos ese carácter femenino en la imagen de Santa Justa y Santa Rufina, alfareras sevillanas martirizadas en el siglo III, que sostienen de manera simbólica la Giralda, metáfora de cómo las mujeres han sostenido también el peso de toda una ciudad a lo largo de la historia.

Con ellas comienza una genealogía femenina que atraviesa los siglos y en la que se encuentran nombres tan destacados como el de doña María Coronel, personaje a caballo entre la realidad y la leyenda, que eligió el retiro y la vida religiosa antes que someterse a la violencia del poder. También el de Luisa Roldán, la Roldana, una de las grandes escultoras del barroco español, infravalorada durante mucho tiempo y capaz de abrirse paso en un mundo dominado por hombres hasta convertirse en escultora de cámara de Carlos II.

Tampoco hay que olvidar a escritoras como Cecilia Böhl de Faber, conocida como Fernán Caballero, o Mercedes de Velilla. Y ya, en nuestro tiempo, a artistas como Juanita Reina, Carmen Sevilla o María Jiménez, que han puesto voz y carácter a una forma muy particular de entender el arte y la vida. Incluso en el deporte destacan mujeres como Olga Carmona, cuyo gol dio a España el Mundial de fútbol femenino. Pero, más allá de la realidad, en la ficción sevillana también aparecen nombres femeninos vinculados a la ciudad, como la sensual y rebelde Carmen de Mérimée, que Bizet popularizaría después en su ópera, o la inocente doña Inés del Don Juan Tenorio de Zorrilla.

Sin embargo, la Sevilla con nombre de mujer no se explica solo a través de personajes célebres o de iconos culturales. También pervive, sobre todo, en miles de mujeres anónimas que han habitado y habitan sus calles. Madres, abuelas y vecinas que han hecho barrio y han transmitido las tradiciones de generación en generación.

Son ellas quienes han enseñado a rezar una salve ante la Macarena o un padrenuestro al Gran Poder, quienes preparan una casa para la Navidad o la Semana Santa, quienes transmiten el arte de vestir un traje de flamenca o quienes mantienen viva la memoria familiar. Muchas de ellas lo han hecho, además, con el ingente esfuerzo de compaginar su carrera profesional con sus responsabilidades personales.

Por eso, cuando pienso en Sevilla, considero que es una ciudad producto de su historia, pero también de la herencia que se ha ido transmitiendo en la intrahistoria de su gente, como se transmiten las tradiciones más antiguas, por vía matriarcal, es decir, de madres a hijos y de abuelas a nietos.

Por todo ello, tal vez convenga recordar que Sevilla, en buena medida, se ha construido en femenino. Porque, si esta ciudad sigue siendo lo que es, se debe también a todas esas mujeres, famosas, ficticias o anónimas, que la han vivido, la han cuidado y la han hecho perdurar en el tiempo.