Saluda el marqués de Griñón. Del palacio de El Rincón al hotel Santo Mauro. El campo y la ciudad cinco estrellas. Todo “mu sencillico”, habría dicho uno de los padres capuchinos del colegio de Lecároz (Navarra) donde estudió. Carlos Falcó (Sevilla, 1937) toma asiento y se quita el sombrero, pero no la chaqueta. A pesar de los cuarenta grados. Dice que es “hombre de campo” y que, como un dromedario, resiste el frío y el calor que le echen. Quizá sea la sangre azul. No suda. Ingeniero agrónomo de formación, distingue de un vistazo las variantes del bambú: “Esa es una de las pocas que comen los osos panda”.

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El Santo Mauro, en su terraza, dispone de ventiladores tan grandes como para enfriar una ciudad. Hacen mucho ruido. Tanto que se cuela en el micrófono. Por eso, el mâitre los apaga. Pero el marqués tampoco suda. Revolucionario de vinos y aceites, pero conservador de patrimonios, se lanza a la tertulia como antaño.

Admite una conversación sin cortapisas. Sin rumbo. Le tranquiliza que sus interlocutores apenas dominan los asuntos “del corazón”. Sólo se lanzó a la política una vez: se lo pidió su amigo Manuel Fraga. El fundador de Alianza Popular lo quería como senador por Cáceres, pero aquello se fue al garete. Era uno de los pocos del partido que defendía el divorcio. “Por la cuenta que me trae”, se ríe.

Falcó disfrutó de la nobleza en los años dorados. Una circunstancia que le llevó a conocer a Franco, al rey Juan Carlos, al niño que era Felipe VI, a Felipe González… Avispado narrador de anécdotas, en su vaso de agua con hielos se refleja la historia que no está en los libros, la de sus protagonistas en zapatillas de andar por casa. Ahí va el marqués, entusiasta emprendedor a sus ochenta y tantos.

¿En qué piensa un aristócrata cuando vota?

Yo pienso en España y en Europa. Son mis dos grandes objetivos como persona interesada en el bienestar de su país y como empresario.

Pero bajemos a lo terrenal, ¿qué le importa a usted en concreto?

Me interesa que la economía funcione. Soy un liberal químicamente puro. Acabo de leer un libro de Karl Popper. Me ha encantado. Me lo pasó mi hija pequeña, que está estudiando Filosofía y Matemáticas en la Universidad de Viena. Partiendo de Adam Smith, me interesan los autores que defienden la libertad aplicada a la economía.

¿Por qué se etiqueta como “liberal”?

Hace poco tiempo, entré en Libres e Iguales. Éramos una mezcla. Yo, el único marqués. Había expolíticos, exdirigentes sindicales, escritores, actores… Lo organizaron dos amigos míos: Cayetana Álvarez de Toledo y Arcadi Espada. Nos opusimos a la independencia de Cataluña, pero desde esta visión: que los hombres y mujeres sean iguales ante la ley.

En cuestiones políticas, ¿le pesa más el corazón o la cartera?

Debe pesar más el corazón. Si algo fuera bueno para la cartera, pero malo para nuestro país… Por ejemplo, una empresa contaminante. Jamás se me ocurriría participar en eso. Desde muy joven, como ingeniero agrónomo, estoy muy involucrado en el cuidado del planeta.

¿Me permite una curiosidad? Mi abuela me ha contado que usted se ha casado muchas veces. ¿Por qué?

Forma parte de la libertad, de esa manera liberal de entender la existencia. Respeto muchísimo a quienes llevan toda la vida con la misma persona, pero es cada vez más difícil en la sociedad actual. Fíjese: en nuestra finca de El Rincón organizamos bodas. Muchas son segundas y terceras nupcias. Yo estoy felizmente casado con Esther Doña, entre los dos llevamos cinco divorcios. En la vida he demostrado que me importa mucho la pareja y estar unido a una mujer. Soy muy feminista en varios sentidos.

¿En cuáles?

Cuando me separé de Isabel Preysler, le dije a Mercedes Milá, en la tele y ante doce millones de personas: “Soy un profundo defensor de la igualdad de género, estoy radicalmente en contra del machismo, que me causa inmenso desprecio”. Ya entonces tenía muy clara esa idea.

Bueno, cerremos el capítulo del corazón…

Espere, espere, que quiero decir una cosa.

Dispare.

Existen principios como la Constitución y la declaración de Derechos Humanos que garantizan la intimidad. Mi esposa y yo hemos sufrido un asalto a nuestra privacidad. Eso es contrario al liberalismo que yo defiendo. Ser un personaje más o menos público no justifica los ataques a nuestra intimidad. Se han publicado falsedades. Nos hiere y quiero denunciarlo. España ha conseguido un salto enorme hacia la libertad. Yo participé en él. Pero hay cosas… Es como cuando Franco hizo una campaña titulada “Spain is different”. No, oiga, nosotros no queríamos que España fuera diferente, sino una democracia como las demás. Lo mismo digo ahora.

Carlos Falcó, en la terraza del hotel Santo Mauro. Silvia P. Cabeza

Retomamos… ¿Qué puede sacar un político de una buena relación con la aristocracia?

¿Sacar? -se ríe-.

Cambie el verbo si quiere. No lo decía en un sentido peyorativo.

¿En la España de 2019? No es ninguna ventaja. La nobleza ya no está en los privilegios, sino en la transmisión de unos valores como la conservación de un paisaje o un edificio histórico. Eso a veces supone un sacrificio para las familias.

Démosle la vuelta a la pregunta. ¿La nobleza sigue pintando algo? ¿Tiene influencia?

Creo que no. Eso es de épocas antiguas. Hay una parte de la sociedad española que defiende los legados históricos y aprecia que la aristocracia lo proteja y lo cuide. Ese trabajo, por ejemplo, le saldría caro al Estado. En ese sentido, sí creo que todavía jugamos un papel.

Le traslado un argumento plano y simplista: condes y marqueses suelen tener dinero y eso les hace políticamente conservadores o de derechas. ¿Hasta qué punto es cierto?

Existen notables excepciones. Una pariente mía, la duquesa de Alba, y su padre se llevaban bastante mal con Franco. Aunque él fue embajador de España en Reino Unido porque era primo de Churchill. Solía decir en tiempos de sequía: “Mientras esté el dictador, no lloverá en este país”. Acuérdese de la duquesa de Medina Sidonia, apodada “la roja”.

Pero le pregunto por la actualidad.

Es probable que haya una mayoría de aristócratas conservadores. Pero, ojo, conviene ser conservador de lo que merece la pena conservar.

Usted ha sido portada de mil y una revistas del corazón. Se han publicado infinidad de sus intimidades… ¿también a qué partido apoya?

Desde hace años, voto en un pueblo muy pequeño de la Comunidad de Madrid. Allí no me persiguen los periodistas. En cualquier caso, nunca lo revelaría, forma parte de mi intimidad.

A día de hoy, ¿cuál es el líder que más le seduce?

Tony Blair.

Dígame uno español.

¡Es que yo soy europeo! Blair es socialdemócrata, lo sé. Acaba de decir unas palabras muy acertadas sobre el brexit. Las he difundido entre mis amigos. Van en la línea de un progresismo entendido como el camino hacia mayores cotas de libertad y prosperidad.

¿Conoce a Pablo Casado, Albert Rivera, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias o Santiago Abascal?

Sí. Recientemente, en una cena de “Amigos de la ópera”, copresidí la mesa junto a Ana Pastor, entonces presidenta del Congreso, y también estaba Pablo Casado. Hablamos de la defensa de los valores constitucionales, cada vez más atacados. El centro derecha y el centro izquierda deben estar vigilantes.

Usted vivió la Transición, puesta en tela de juicio por Podemos y las formaciones separatistas. ¿Le parece justo?

Absolutamente injusto. Mi generación, los que entonces teníamos treinta y cuarenta años, hicimos un enorme esfuerzo de tolerancia para buscar acuerdos con políticos de todo signo: desde Santiago Carrillo hasta la derecha. Aunque los más franquistas, como Blas Piñar, quedaron en fuera de juego. Yo siempre defendí que para entrar en Europa debíamos legalizar al Partido Comunista. Pocas generaciones pueden presumir de un consenso así. El salto que dimos es, todavía hoy, inigualable.

¿Hay que reformar la Constitución?

Todo se puede mejorar, claro que debemos hacer ajustes, pero esto es como una carrera de rallys.

¿Perdone?

Se lo cuento. Yo los he conducido. Vas a mucha velocidad, si mueves el volante con poca mesura, te sales del recorrido y te estrellas.

Falcó dice que no se iría a cenar con Pablo Iglesias. Silvia P. Cabeza

¿Alguna vez le han ofrecido formar parte de una lista electoral?

Bueno, en las primeras elecciones democráticas me lo ofreció Manuel Fraga. Lo dudé. Quiso que fuera senador por Extremadura. Yo conocía bien esa tierra porque trabajé allí el cultivo del tabaco. Traje de Virginia (EE.UU) unos sistemas más modernos.

¡Flaco favor nos hizo!

En aquella época no había la misma información que hoy. También me estaba metiendo en el vino. Cuando leí los primeros informes médicos, vendí mi compañía tabaquera y me quedé con el vino.

Bueno, lo de Fraga.

Eso, eso. No salí elegido. Nos ganó la UCD. Al tercer día de campaña comprendí que no podía encajar en política. Dejé de hablarme con todos mis compañeros. ¡Yo defendía el divorcio! Ellos eran mucho más conservadores.

Por la cuenta que le trae, tenía que defender el divorcio.

Sí, sí -suelta una carcajada-. Terminé pagándome la campaña de mi bolsillo. Recorrí la provincia de Cáceres pueblo por pueblo. Unos gitanos me dijeron: “Don Carlos, todos nosotros le vamos a votar”. Tras las elecciones, me los encontré y les pregunté a ver si, finalmente, habían ido a las urnas. Me respondieron: “Resulta que no pudimos. No tenemos DNI y no nos habíamos dado cuenta de que así no se podía”.

Por lo que veo, usted se ubica en la intersección entre PP y Ciudadanos.

Sí, exactamente. Antes, cuando sólo existía el PP, no me quedaba otra. Probablemente, si tuviera la edad de mis hijos, votaría a Ciudadanos. No estoy de acuerdo en todo con ningún partido.

Ha confesado de forma indirecta que lo que más le tira es el PP: “Si tuviera la edad de mis hijos, estaría en Cs”. 

Sí, pero no me importaría votar a Ciudadanos en determinadas elecciones. La propuesta económica de Casado es la que mejor se ajusta a mi ideario liberal, que tan brillantemente defiende Mario Vargas Llosa, compañero de Libres e Iguales.

Conoció bien el entorno del PSOE de Felipe González y la gauche divine. ¿Ha cambiado mucho el partido?

Felipe González es un hombre de Estado, rasgo que no albergan demasiados políticos. Coincido con casi todo lo que ha dicho en los últimos años. Me gusta su postura crítica con el PSOE actual. Estar en contra del populismo es esencial, sea del signo que sea. Los “ismos”, de izquierdas y derechas, casi siempre acaban en el populismo. Eso incluye al feminismo.

¿Ah, sí? ¿Por qué?

Posturas muy radicales que llevan a esta conclusión: “Todos los hombres son unos malvados”. Algunos defendemos la igualdad, pero aplicada en los dos sentidos. No estoy de acuerdo en las leyes vigentes que contribuyen a lo contrario. La ley no debe diferenciar por sexo ni el color de la piel. Por ejemplo, ocurre con la presunción de inocencia.

¿Cree que la presunción de inocencia no es igual para hombres y mujeres?

No en algunos casos. Sé que hay una sentencia del Tribunal Constitucional que lo ampara. No la comparto, pero la acato, faltaría más. Pero en ningún otro país europeo ocurre algo así.

Esto que está diciendo va muy en la línea de Vox.

Es posible que coincida con Vox en algunas cosas, probablemente en varias.

En febrero, usted fue detenido por la noche, en el hotel Eurobuilding. La Policía le denunció por un presunto delito de violencia de género. ¿Qué ocurrió?

Una discusión de pareja. Si eso lleva a una detención… algo está funcionando mal. La inmensa mayoría de las parejas discute. Aquellas que no lo hacen prometen poco. Hay que tener algo de pasión. Cuando no discutes nunca, se impone la indiferencia. En esos casos hay una discriminación porque se detiene al hombre. Aquella noche me acordé de Nelson Mandela, que estuvo veintisiete años encarcelado por el color de su piel. La Policía me pidió que fuera a declarar. Solicité un abogado de oficio, eran las dos de la mañana. Nunca llegó. Al día siguiente, vino el mío. El trato fue correcto. No me gustó el tratamiento posterior de la noticia. Salí libre y sin cargos. Fue una experiencia, en cierto modo, positiva.

¿Por qué?

Nunca había estado en comisaría. Me gusta saber qué es lo que pasa, qué podría ocurrirle a un hijo mío o a un inmigrante de los que trabajan en mi casa. Cómo te tratan, qué es un calabozo… Es un sitio siniestro.

Pero, ¿estuvo en el calabozo?

No, cuando lo vi, pedí que me hicieran una revisión médica. Luego estuve sentado en una sala. Aprendí cómo funciona una comisaría por la noche.

Carlos Falcó se dedica a la producción y venta de vino y aceite. Silvia P. Cabeza

Volvamos a la política. ¿Le inquieta un Gobierno de Sánchez sostenido por los nacionalistas?

Sí. El populismo es un peligro.

¿Y la polémica con las donaciones de Amancio Ortega? Pablo Iglesias dice que una democracia digna no debe aceptar limosnas de multimillonarios.

Es un disparate. Soy completamente contrario a esa opinión. Cuando se tiene la posibilidad de dar a las personas que lo necesitan… Es fundamental. Defiendo un capitalismo liberal y moderado como sistema, en línea, por ejemplo, con el mencionado Popper. Estados Unidos es criticable, pero también un modelo. Allí, la sociedad civil tiene claro que hay que ayudar al bien público.

No le gusta el discurso “contra los ricos” de Iglesias.

No. Me gusta el ejemplo de mi amigo Marcos de Quinto, que se ha apartado de sus actividades empresariales para dedicarse a la política.

¿Usted se considera millonario?

Probablemente para algunos españoles y para la mayor parte de los habitantes de un país africano sea un millonario. Sin duda.

También a ojos de los españoles.

Hoy en día, la definición de millonario está anticuada. En Estados Unidos se habla de “billionaire”. Esos son los ricos de verdad. Existen herencias envenenadas. Un patrimonio agrario o monumental, si no trabajas, no da ingresos, pero sí costes. Yo no lo creo. Es un privilegio.

De niño, fue muy amigo del rey Juan Carlos. ¿Qué nota le pone a su reinado?

Bueno, la palabra “amigo” no debe usarse con los reyes.

No lo sabía.

Pasábamos juntos los veranos en Estoril, cuando el padre del rey, don Juan, estaba en el exilio. Las monarquías que existen en Europa coinciden con la lista de países más democráticos del continente.

¿Escuchó las cintas de Corinna?

Nunca me ha interesado ese tema. Soy alérgico a los cotilleos.

¿Pondría la mano en el fuego por él en lo que se refiere a la administración del dinero público?

Por supuesto. Al cien por cien.

¿Y qué me dice de su hijo? Acaba de cumplir cinco años en el trono.

Ha hecho un ejercicio prudente y admirable del puesto que le otorga la Constitución. En la Transición había muy pocos monárquicos en España. Tras el 23-F, hubo muchos “juancarlistas”, que se afanaban en explicar el matiz: “Juancarlistas, pero no monárquicos”. Era una situación delicada. Yo creía esencial garantizar el futuro de la institución. Le decía a Juan Carlos I: “El problema es que tu hijo nunca va a tener un golpe como el de Tejero”. ¡Y llegó lo de Cataluña! Me enorgulleció enormemente el discurso del rey Felipe.

En su día, Felipe VI fue criticado por casarse con una mujer “plebeya” y “divorciada”. Usted ha estado con algunas que pertenecen a la aristocracia, pero no su esposa actual ni, por ejemplo, Isabel Preysler.

No hay que casarse con una mujer por la clase a la que pertenece, sino por la atracción que a uno le genere su inteligencia, su manera de pensar, su sonrisa, su físico…

Eso, tan obvio, no lo ha sido tanto para la aristocracia.

Es verdad. Pero fíjese en las familias reales de ahora. No hay un príncipe joven en Europa que no esté casado con una plebeya. Es la evolución de los tiempos. Eso ha hecho más populares las monarquías.

Carlos Falcó se dice "felizmente casado" con Esther Doña, su cuarta esposa. Silvia P. Cabeza

¿Conoció a Franco?

Sí. Le saludé en alguna cacería. Una vez me tocó sentarme a su lado. En otra ocasión hice un discurso incendiario sobre el cultivo del tabaco y los intereses de los agricultores. Una autoridad del régimen salió de la sala. Fui elegido presidente de la federación española. Me pidieron por escrito que fuera a ver al jefe del Estado. La carta terminaba así: “Por Dios, por España y su revolución nacional sindicalista”. No contesté con la misma fórmula. Puse: “Atentamente, Carlos Falcó”. Franco me estrechó la mano, pero no me dijo nada. A los meses me destituyeron.

¿Cómo lo definiría?

Era un militar sobre todas las cosas. Interpretaba el mundo de esa manera. Puso orden en España, pero el coste fue la libertad.

¡Y las vidas humanas!

Sí, en los dos campos. Fue una época terrible para España. Yo exigí a mis padres salir fuera de la España de Franco. Cuando llegué a Bélgica, comprendí todo. Soñaba con que fuéramos europeos.

¿Está a favor o en contra de su exhumación?

En contra. Estoy de acuerdo con el Nuncio. Hay una frase de Carlos V que me encanta. Le ofrecieron desenterrar a Lutero. Él respondió: “A los muertos que los juzgue Dios”. Pues eso.

Hablemos de Cataluña. ¿Aplicaría de nuevo el 155?

Sí, sin duda, siempre y cuando se siga infringiendo flagrantemente la Constitución.

¿Estudiaría el indulto a los presos del procés si son condenados?

Los indultos forman parte de la cultura democrática, pero debe respetarse la independencia de la justicia. Si los indultos interfieren, me parece mal.

¿Iría a verles a la cárcel?

No. Estoy en contra de sus ideas. Iría a ver a alguien preso por mis ideales: la libertad, la tolerancia y la igualdad de los españoles ante la ley.

¿Tiene empresas en Cataluña?

No, pero fíjese: estoy planteándome hacer vino en Cataluña. Un cava. Cataluña es España y, por eso, es muy bueno que los empresarios hagamos negocios allí.