A comienzos de 2026, investigadores de ciberseguridad de Google identificaron una táctica que preocupó a todo el sector. Los hackers habían empezado a combinar distintas herramientas de inteligencia artificial para montar trampas digitales casi imposibles de detectar a tiempo.
Según ese informe, los atacantes usaron Gemini, el modelo de IA de Google, para programar software malicioso y para tareas de reconocimiento previo. Después recurrieron a deepfakes para engañar a sus víctimas en videollamadas falsas de Zoom.
Uno de los casos más llamativos involucró a un grupo vinculado a Corea del Norte. Los atacantes crearon un deepfake de un directivo conocido para convencer a la víctima de comprometer la seguridad de su propio ordenador.
Este episodio no es un hecho aislado, sino parte de una ola más amplia de delitos digitales impulsados por inteligencia artificial. Los ciberataques, las estafas online y las pérdidas económicas asociadas están alcanzando cifras nunca vistas hasta ahora.
La inteligencia artificial también está transformando tareas que antes requerían habilidad humana directa. Persuadir a una víctima, imitar una voz o escribir código malicioso son procesos que hoy pueden automatizarse y adaptarse a cualquier objetivo.
Por ese motivo, varios expertos del sector hablan ya de una nueva etapa dentro del cibercrimen. Se trata de un fenómeno que multiplica las pérdidas económicas de empresas y particulares, y que además complica enormemente la respuesta de quienes defienden los sistemas.
La ingeniería social ahora tiene ayuda artificial
El phishing y otras técnicas de ingeniería social existen desde hace décadas en el mundo digital. Sin embargo, la llegada de la inteligencia artificial generativa cambió por completo el nivel de sofisticación de estos engaños.
Los atacantes ya pueden crear estafas altamente personalizadas capaces de imitar con gran precisión a un amigo, un familiar o un compañero de trabajo. Estas suplantaciones llegan como correos extremadamente creíbles, como llamadas con voces sintéticas o como videollamadas protagonizadas por un rostro generado artificialmente.
Brian Sibley, director de tecnología de la consultora Espria, ha explicado que este tipo de ingeniería social resulta alarmantemente efectiva. Según su valoración, los delincuentes ya pueden suplantar a colegas o directivos con una precisión casi perfecta, por lo que vigilar comportamientos inusuales se ha vuelto la principal herramienta de defensa.
Un informe de la firma Group-IB, publicado en enero, aportó otro dato inquietante sobre este mercado. Los ciberdelincuentes pueden adquirir en la red oscura kits de phishing completos por un precio similar al de una suscripción mensual de streaming.
Estos paquetes, conocidos como kits de identidad sintética, incluyen actores generados por IA, voces clonadas y hasta conjuntos de datos biométricos falsos. La disponibilidad de este tipo de recursos reduce drásticamente la barrera técnica que antes frenaba a muchos aspirantes a estafador.
El engaño sentimental se automatiza
Una de las modalidades que más está creciendo gracias a la IA son las estafas basadas en manipulación emocional. En estos casos, el delincuente dedica semanas o incluso meses a construir una relación de confianza con su víctima.
Este proceso, conocido popularmente como engordar al cerdo, busca reducir al máximo la sospecha de la persona objetivo. Cuando la confianza ya está consolidada, aparece una supuesta oportunidad de inversión que termina con el estafador desapareciendo con el dinero.
La irrupción de la IA generativa transformó lo que antes era un fraude minoritario en una de las estrategias más comunes del cibercrimen actual. El primer contacto suele producirse en aplicaciones de mensajería, redes sociales o plataformas de citas.
A partir de ahí, los delincuentes usan chatbots para sostener conversaciones prolongadas y reforzar el vínculo emocional con la víctima. Herramientas adicionales, como el intercambio de rostros o los deepfakes, ayudan a que la persona crea estar hablando con un interlocutor real.
Investigadores han detectado que organizaciones criminales del sudeste asiático emplean estas técnicas a gran escala. Gracias a la automatización que ofrece la inteligencia artificial, pueden dirigirse a víctimas de distintos países sin que el idioma o la falta de conocimientos técnicos supongan un obstáculo real.
Malware que reescribe su propio código
Los ciberdelincuentes también encontraron una nueva vía para propagar software malicioso con ayuda de modelos de lenguaje avanzados. Este tipo de malware puede modificar su propio código mientras se distribuye, lo que dificulta enormemente su detección por parte de los antivirus tradicionales.
En un informe de inteligencia sobre amenazas publicado en noviembre, investigadores de Google describieron este fenómeno como una fase operativa distinta dentro del abuso de la inteligencia artificial. Estas herramientas, señalaron, son capaces de alterar su comportamiento de forma dinámica mientras se ejecutan en el sistema infectado.
Entre las amenazas más citadas figura Promptflux, un programa capaz de reescribir periódicamente su propio código fuente para esquivar los sistemas de detección. Los investigadores consideran que esta herramienta todavía se encuentra en una fase experimental, aunque la consideran un indicio temprano de lo que vendrá.
Pérdidas económicas que no dejan de crecer
Los ciberdelincuentes han incorporado la inteligencia artificial a sus operaciones con una rapidez notable. Mientras tanto, quienes intentan defenderse de estos ataques enfrentan una desventaja que se agranda con cada mes que pasa.
Un estudio de la firma de ciberseguridad Vectra AI ilustra la magnitud del problema con cifras concretas. Las estafas impulsadas por inteligencia artificial crecieron un 1.200% en 2025, y todo apunta a que la tendencia continuará durante este año.
Las proyecciones más recientes calculan que, para 2027, las pérdidas globales por fraudes basados en IA podrían llegar a los 40.000 millones de dólares. En 2024, esa misma cifra se situaba en 16.600 millones, lo que da una idea de la velocidad del crecimiento.
Craig Jones, exdirector de la división de ciberdelincuencia de Interpol, advirtió sobre el impacto que la IA ha tenido en la velocidad y la escala de estos delitos. Según explicó, la tecnología también complica cada vez más la identificación de los responsables detrás de cada ataque.
