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En plena era de la inteligencia artificial (IA), del trabajo remoto, el éxito viral de las redes sociales y las expectativas salariales infladas de la economía digital, los oficios tradicionales chocan de frente con la realidad.

En una extensa charla en el podcast Sector Oficios, Eduardo Roldán, un albañil con 30 años de trayectoria a pie de obra, reflexiona sobre la falta de relevo generacional y la brecha entre las pretensiones económicas de los nuevos perfiles y las competencias reales que exige el trabajo físico.

El titular de su intervención resume con crudeza este desajuste: "Hay jóvenes que llegan pidiendo 3.000 € sin saber poner cuatro ladrillos".

En la industria tecnológica es habitual hablar de perfiles junior con altas pretensiones salariales impulsadas por la fuerte demanda de talento, pero este fenómeno ha traspasado la pantalla para desembarcar de lleno en los andamios.

Eduardo explica que uno de los mayores problemas para encontrar personal en la construcción es la falta de formación práctica frente a las exigencias iniciales.

Según señala el veterano albañil, "la gente que hay quiere ganar más de lo que ganas tú sin saber, porque se piensan que porque sepan poner cuatro ladrillos ya es oficial de primera".

Esta actitud genera un choque directo con los contratistas, quienes se ven frente a aspirantes que exigen nóminas de partida sin haber demostrado autonomía en la ejecución.

Sobre estas cifras, Eduardo es tajante al remarcar que "yo esos que van y llegan y dicen: 'No, yo quiero ganar 2.500 € o 3.000 €', vale, me parece estupendo que tú quieras ganar eso, demuéstramelo; yo no tengo ningún inconveniente en pagártelo, pero demuéstramelo".

Este desajuste entre expectativa y realidad también encuentra su origen en el filtro de las redes sociales, donde los trabajos manuales a menudo se presentan mediante vídeos acelerados de acabados impecables, invisibilizando el esfuerzo real.

Eduardo alerta sobre cómo las plataformas digitales transmiten una idea distorsionada de la profesión al afirmar que "en redes sociales se ve lo bonito nada más, no enseñamos el lado oscuro y hay mucha mentira".

Ese lado no mostrado abarca desde picar zanjas a mano bajo condiciones climáticas extremas hasta lidiar con imprevistos estructurales.

Frente al atractivo del confort digital, convencer a los jóvenes para que elijan la obra resulta cada vez más complejo, una brecha que el propio albañil ilustra con una anécdota personal sobre su hijo, quien ganó "100 euros de socorrista en una piscina, sentado en una silla con tu sombrillita", lo que hace muy difícil convencer a un chaval para que prefiera el trabajo físico al sol.

Frente a la exigencia de grandes sueldos de entrada y la narrativa simplificada de internet, el veterano albañil propone una máxima basada en la demostración de valor: "primero aprende y luego pide".

Para Eduardo, la solución pasa por una prueba real en la que el trabajador proponga "pruébame un mes, dame una obra, dame una herramienta y luego valoras lo que me tienes que dar".

A pesar del desgaste físico acumulado a lo largo de los años, el albañil concluye que la verdadera recompensa del oficio reside en la solvencia técnica y en el orgullo que produce mirar al otro lado de la acera y contemplar una edificación levantada desde los cimientos con las propias manos.