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Uno de los mayores quebraderos de cabeza cuando se vive de alquiler ocurre en el momento en que un electrodoméstico fundamental como el frigorífico deja de funcionar.

De repente, la nevera deja de enfriar, los alimentos corren peligro y surge la eterna disputa que genera tensiones en el mercado inmobiliario: ¿quién debe hacerse cargo de la factura de la reparación o de comprar uno nuevo?

El empresario y experto Jorge Fagundo ha aclarado esta duda tan habitual a través de un vídeo en TikTok, desgranando los diferentes escenarios de forma sencilla y traduciendo lo que dicta la ley a la realidad del día a día.

La Ley de Arrendamientos Urbanos (LAU) es la que marca las reglas del juego, pero su aplicación a veces resulta confusa para ambas partes.

Fagundo lo resume estableciendo una línea divisoria muy clara basada en la magnitud del daño y la antigüedad del aparato.

Según explica el experto en su intervención, "si es una avería importante que provoca la sustitución del mismo o si es porque se ha agotado la vida útil y ya no da para más ese electrodoméstico, la responsabilidad y el coste lo debe asumir la propiedad".

Es decir, si el frigorífico simplemente ha llegado al final de sus días de funcionamiento natural, el casero es quien está obligado legalmente a reponerlo para garantizar la habitabilidad de la vivienda.

Sin embargo, el arrendatario no está exento de obligaciones. La balanza de la responsabilidad cambia radicalmente si el técnico descubre que la rotura no se debe al paso de los años.

"Si se puede demostrar que ha habido un mal uso, que es lo que ha generado esa avería, con toda seguridad sería el arrendatario, el inquilino, quien tiene que pagar esa avería", advierte Fagundo.

Además de las negligencias manifiestas, el mantenimiento habitual también corresponde a la persona que reside en la casa.

Tal y como señala el empresario: "Si la avería es pequeña y está originada por el uso del día a día, motivado por quien está usando en ese momento el electrodoméstico, pues tendría que pagarlo quien lo está usando, es decir, el inquilino".

Es muy habitual que, ante una nevera averiada, casero e inquilino no logren ponerse de acuerdo.

El propietario puede alegar que ha habido un mal uso continuado, mientras que el arrendatario defenderá que la máquina ya era demasiado antigua cuando firmó el contrato.

Para evitar que estos roces acaben escalando o deteriorando la relación, Jorge Fagundo aporta la solución definitiva.

"Si no se llega a un acuerdo, lo más normal es que el técnico quede allí para resolverlo y dictaminarlo con un pequeño informe", concluye.

De este modo, será la valoración de un profesional imparcial la que determine la verdadera causa del fallo y, por consiguiente, de qué bolsillo tendrá que salir el dinero.