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Durante años, la vitrocerámica se ha establecido como la opción por defecto para sustituir al gas en las cocinas españolas; pero sus relativas ventajas están poco a poco siendo insuficientes frente a la llegada progresiva de las placas de inducción.

En muchos casos, no es algo que podamos elegir; pero si vamos a renovar nuestra cocina, o tenemos la oportunidad de elegir, los expertos están de acuerdo en que es el momento de dar el salto a la inducción.

Un buen ejemplo reciente lo tenemos en el último vídeo publicado por Ángel Blazquez de Electroangel, en el que repasa las diferencias clave entre estos tipos de cocinas y especialmente, las desventajas que tiene hoy en día la vitrocerámica tradicional.

El primer factor es uno de los más importantes, el consumo eléctrico. En palabras de Blazquez, "la vitrocerámica consume más luz que la inducción porque calienta el cristal antes que la olla".

Las placas tradicionales necesitan calentar primero la superficie de cristal mediante resistencias eléctricas, para trasladar ese calor de manera indirecta al recipiente que estemos usando para cocinar.

En cambio, las placas de inducción generan un campo magnético que actúa sobre la base del recipiente; al pasar la energía de manera más directa, la eficiencia es muy superior y eso se traduce en unos tiempos de cocción más cortos y un gasto energético menor.

Pero sobre todo, ese gasto en una placa de inducción va a ser continuo, sin subidas inesperadas como ocurre en la vitrocerámica. Eso es porque las vitros funcionan con ciclos intermitentes de encendido y apagado de la resistencia, con el objetivo de mantener la temperatura fijada y que no se queme la comida.

Pero este flujo de energía intermitente dificulta el control sobre el cocinado de los alimentos, lo que va a afectar al resultado final, especialmente a la textura de la carne o la verdura. En cambio, las placas de inducción regulan el calor de manera más constante y se calientan más rápidamente, por lo que estos ajustes no afectan tanto a la comida.

Un problema que cualquiera que tenga una vitrocerámica conoce muy bien llega cuando derramamos algo de líquido durante el cocinado.

Si restos de caldo o comida entran en contacto con el cristal caliente, se adhieren con facilidad, lo que hace que la tarea de limpieza sea mucho más laboriosa y requiera de productos específicos o incluso rascadores para quitar la suciedad incrustada.

En cambio, las placas de inducción mantienen la superficie del cristal a una temperatura considerablemente inferior, ya que sólo se calientan por el propio recipiente, por lo que los restos que caigan no se van a quemar tan fácilmente y va a ser fácil quitarlos.

Eso no significa que las placas de vitrocerámica no tengan sus ventajas. La principal es que son compatibles con toda nuestra batería de cocina, admitiendo recipientes fabricados en aluminio, barro, cobre o acero inoxidable sin problemas.

Por contra, la inducción requiere el uso de menaje con bases ferromagnéticas para activar el campo magnético que genera el calor, por lo que si nos compramos una placa de inducción, es posible que tengamos que comprar nuevas ollas y sartenes al mismo tiempo.

Con todo, puede merecer la pena, no solo para consumir menos a largo plazo, sino para cocinar de manera más eficiente.