El calor cambia muchas rutinas domésticas, y el lavavajillas no es una excepción. Con pequeños ajustes en su uso diario, este electrodoméstico puede convertirse en un aliado real del ahorro durante los meses más calurosos.
Según distintos análisis del sector energético, más del 40% de los hogares españoles cuenta ya con un lavavajillas. Su consumo depende sobre todo del programa elegido y de la temperatura del agua, no del hecho de encenderlo con más o menos frecuencia.
El primer consejo que repiten los expertos es cargar la máquina al máximo antes de ponerla en marcha. Un ciclo a media carga gasta prácticamente lo mismo que uno completo, así que dos lavados parciales suponen el doble de agua y electricidad que uno solo bien aprovechado.
El segundo punto clave tiene que ver con la temperatura. Casi todo el consumo eléctrico del lavavajillas, en torno al 85%, se destina a calentar el agua, mientras que el resto lo emplean los motores y bombas internas.
Por eso, elegir programas con temperaturas bajas o el modo eco marca una diferencia notable en la factura. El modo eco funciona a unos 50ºC y, aunque tarda más en completarse porque el detergente necesita más tiempo para activarse, puede llegar a consumir hasta un 33% menos de electricidad que un ciclo a máxima temperatura.
En verano existe además una ventaja añadida para prescindir del secado automático. Con las temperaturas altas del ambiente, la vajilla se seca sola al aire en pocos minutos una vez terminado el lavado.
Desactivar esa función no solo ahorra energía, también acorta el tiempo total del programa. Es una de esas costumbres que cuestan poco cambiar y que se notan enseguida en el recibo.
Otro factor que señalan los especialistas es el horario de uso. Poner el lavavajillas durante las horas de más calor obliga al aire acondicionado a esforzarse más para compensar el calor que genera el propio electrodoméstico.
Usarlo por la noche o a primera hora de la mañana evita ese efecto y mantiene la casa más fresca. Además, muchas compañías eléctricas aplican tarifas más económicas en horario nocturno, lo que multiplica el ahorro.
Una mujer poniendo un lavavajillas
El mantenimiento también influye en el consumo, aunque suele pasarse por alto. Un filtro sucio o restos de grasa acumulada obligan a la máquina a trabajar más para lograr el mismo resultado de limpieza.
Limpiar el filtro cada año aproximadamente y comprobar que el desagüe no está obstruido ayuda a que el aparato funcione de forma eficiente durante más tiempo. Esta rutina, además, alarga la vida útil del electrodoméstico y reduce el riesgo de averías.
La forma de colocar los platos dentro también tiene su peso en el resultado final. Distribuir bien la vajilla, sin amontonarla ni tapar los brazos aspersores, permite que el agua llegue a todas las superficies sin necesidad de repetir el ciclo.
Según datos de la Universidad de Bonn un lavavajillas bien utilizado puede consumir hasta un 50% menos de agua y un 28% menos de energía que fregar los platos a mano. Es un dato que desmonta la idea, todavía extendida, de que lavar a mano siempre resulta más económico.
La etiqueta energética del propio aparato también condiciona el ahorro posible. Desde 2021, la clasificación va de la A a la G, y aunque la A se reserva por ahora a modelos futuros, elegir uno de categoría B garantiza un consumo bajo tanto de agua como de electricidad.
Comprobar que el gasto de agua se sitúa por debajo de los 12 litros por ciclo es otro indicador útil a la hora de valorar la eficiencia de un modelo. La mayoría de lavavajillas actuales ya ajustan este parámetro de forma automática según la suciedad detectada.
Combinar todos estos hábitos, carga completa, programas cortos o eco, secado al aire, uso nocturno y mantenimiento regular, no exige ningún cambio de electrodoméstico. Basta con modificar la rutina para notar el ahorro en agua, luz y tiempo a lo largo de todo el verano.
