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"La inteligencia artificial no va a reemplazar a los arquitectos, pero los arquitectos que usan IA van a reemplazar a los que no la usan". Con esta frase, el teórico de la arquitectura Neil Leach resume el momento que atraviesa una de las profesiones más tradicionales del mundo del diseño.

Leach, profesor y autor del libro Architecture in the Age of Artificial Intelligence, lleva años estudiando cómo los algoritmos están entrando en los estudios de arquitectura. Su trabajo analiza tanto las oportunidades como los riesgos de esta transformación para el oficio de construir ciudades.

El foco de su análisis no está tanto en la estética de los edificios como en el proceso que hay detrás de cada proyecto. Según explica, la inteligencia artificial generativa y el diseño paramétrico están cambiando por completo el flujo de trabajo de las firmas de arquitectura.

Hasta hace poco, calcular el rendimiento energético de un edificio antes de construirlo era un proceso lento y costoso. Ahora, gracias a los nuevos sistemas de simulación basados en IA, ese cálculo puede hacerse en cuestión de minutos y con un nivel de detalle mucho mayor.

Lo mismo ocurre con la iluminación natural de los espacios. Los algoritmos permiten probar decenas de orientaciones y distribuciones de ventanas de forma automática, algo que antes exigía semanas de trabajo manual por parte de los equipos técnicos.

El impacto ambiental de una obra también puede anticiparse antes de que se coloque el primer ladrillo. Los estudios de arquitectura pueden ahora estimar el consumo de materiales, las emisiones asociadas y el comportamiento térmico del edificio a lo largo de su vida útil.

Esta capacidad de simulación temprana tiene consecuencias directas sobre las ciudades. Los proyectos urbanos que integran estas herramientas desde el inicio pueden ajustar su diseño para reducir el gasto energético y adaptarse mejor al clima local.

No todos los expertos del sector comparten la misma lectura sobre este cambio. Patrik Schumacher, director de Zaha Hadid Architects, se ha mostrado favorable al uso de estas herramientas dentro del proceso creativo de su estudio.

Otras voces del sector tecnológico, como la del cofundador de la plataforma Spacemaker, sostienen que estos avances no sustituyen a los profesionales. Su argumento es que la IA multiplica la productividad de los equipos, pero no toma decisiones de diseño por sí sola.

Leach reconoce que existe incertidumbre sobre el futuro de ciertas tareas dentro del oficio. Sin embargo, insiste en que la ventaja competitiva ya no está en dominar solo el dibujo o el cálculo estructural, sino en saber combinar ese conocimiento con herramientas digitales avanzadas.

El diseño paramétrico, una técnica que existe desde hace más de dos décadas, ha encontrado en la IA generativa un aliado inesperado. Antes se necesitaban programadores especializados para crear estos modelos; hoy, los propios arquitectos pueden generar variantes de un proyecto con instrucciones en lenguaje natural.

Esto democratiza el acceso a herramientas que antes estaban reservadas a grandes estudios con presupuestos elevados. Pequeñas firmas y despachos independientes empiezan a tener acceso a capacidades de simulación que hace pocos años solo podían permitirse las multinacionales del sector.

El resultado, según Leach, es un cambio en el perfil profesional que se demanda en los estudios. Ya no basta con saber diseñar espacios atractivos; también se valora la capacidad de interpretar datos ambientales y traducirlos en decisiones de diseño concretas.

Las ciudades del futuro, sostiene el autor, se beneficiarán de edificios pensados desde el primer boceto para consumir menos energía y adaptarse a su entorno. La clave, insiste, no está en la tecnología en sí misma, sino en la forma en que los profesionales deciden incorporarla a su trabajo diario.

Por ahora, el debate sobre el alcance real de estos cambios sigue abierto entre arquitectos, teóricos y desarrolladores de software. Lo que parece claro, a juzgar por las palabras de Leach, es que quienes ignoren estas herramientas corren el riesgo de quedarse atrás frente a quienes las adopten.