Mientras las olas de calor se intensifican en buena parte del planeta, incluido España, la búsqueda de edificios capaces de mantenerse frescos sin depender constantemente del aire acondicionado se ha convertido en una auténtica prioridad.
En este contexto, un equipo de investigadores de la Universidad de Pensilvania, en EEUU, ha dado un paso fundamental al desarrollar unas innovadoras baldosas de cemento capaces de reducir la temperatura de los edificios mediante un mecanismo completamente pasivo.
La naturaleza, una vez más, ha ofrecido la solución perfecta para combatir el sofocante calor en los entornos urbanos.
La idea nace de una observación biológica aparentemente sencilla pero tremendamente eficaz: la piel de los elefantes africanos.
Aunque estos inmensos animales apenas sudan, logran soportar temperaturas extremas gracias a una red de profundas arrugas que retienen el agua durante horas.
Al evaporarse lentamente, esa humedad acumulada extrae el calor de la superficie del cuerpo y ayuda a mantener una temperatura térmica estable.
Los científicos han logrado trasladar ese mismo principio físico a un material de construcción diseñado para incorporarse en fachadas y revestimientos, aprovechando únicamente el agua y el proceso de evaporación.
El cemento que reduce hasta 11º la temperatura de los edificios.
En el mundo de la arquitectura tradicional, las fisuras suelen asociarse irremediablemente al deterioro estructural de un material.
Sin embargo, en este proyecto ocurre exactamente lo contrario. Los creadores diseñaron una red de microgrietas perfectamente controladas que actúa como un intrincado sistema de pequeños canales.
Este nuevo material combina el cemento Portland convencional con tierra de diatomeas, un mineral extremadamente poroso formado por restos fosilizados de microalgas.
Gracias a esta composición, los microporos almacenan el agua casi de forma instantánea, mientras que las microgrietas la redistribuyen por toda la superficie mediante un potente efecto capilar, reteniendo la humedad durante cerca de 20 horas.
El impacto térmico de esta innovación es asombroso. Las pruebas realizadas bajo radiación infrarroja mostraron diferencias muy llamativas respecto a los revestimientos tradicionales.
Mientras que un muro convencional alcanzó temperaturas de 52 grados, las nuevas baldosas estabilizaron el calor alrededor de los 32 grados en el laboratorio.
En aplicaciones reales, los expertos estiman que estas fachadas mantendrían las superficies hasta 11º más frías.
Reducir drásticamente el calentamiento de la envolvente disminuye la cantidad de calor que penetra en el interior, lo que se traduce en un gran ahorro en refrigeración mecánica durante el día.
El cemento que reduce hasta 11º la temperatura de los edificios.
Uno de los aspectos más destacados de este avance es que contempla una gestión hídrica completamente inteligente y sostenible.
La propuesta consiste en vincular estas baldosas bioclimáticas a sensores meteorológicos y previsiones del tiempo para activar sistemas automáticos de riego que aporten únicamente la cantidad imprescindible antes de un episodio de calor intenso.
Además, esta red capilar está pensada para aprovechar el agua de lluvia almacenada o las aguas grises regeneradas del propio edificio, evitando malgastar recursos de agua potable.
Este desarrollo se enmarca dentro de la biomímesis, una disciplina que resuelve retos tecnológicos imitando las maravillosas estrategias de la naturaleza.
Frenar el efecto isla de calor urbana, donde el asfalto y el hormigón oscuro acumulan energía solar para liberarla por la noche, es hoy un reto vital.
Su futura aplicación en hospitales, colegios, viviendas sociales o edificios públicos marcará un hito en la arquitectura sostenible.
