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Es casi una tradición universal. Entras en cualquier cocina y la puerta del frigorífico parece un pequeño museo personal con el recuerdo de aquella escapada a Roma, el teléfono de la pizzería del barrio, el calendario de la farmacia o el menú semanal del colegio.

Hemos transformado un electrodoméstico grande y frío en un lienzo lleno de vida y de momentos familiares. Sin embargo, a raíz de varios debates recientes en redes sociales, ha surgido una alarma que ha inquietado a más de un hogar, asegurando que estos inofensivos adornos generan un campo magnético capaz de alterar el motor de la nevera, disparando el consumo energético y estropeando los alimentos.

Sin embargo, expertos de marcas como Bosch y Whirlpool han roto su silencio en ese sentido en Gamestar para despejar de una vez por todas esta popular leyenda urbana.

Vayamos directos al grano: tener la nevera llena de imanes no aumenta el importe de tu factura de la luz bajo ningún concepto. La idea de que estas pequeñas piezas interfieren con los mecanismos de refrigeración o el termostato interno es completamente falsa y carece de base científica.

Los ingenieros de estas compañías explican que la fuerza magnética de estos adornos es extremadamente débil, pues apenas tienen la potencia justa para sostener un trozo de papel o una fotografía. Por lo tanto, resulta físicamente imposible que sus ondas atraviesen la gruesa capa de aislamiento térmico y plástico que protege el corazón del electrodoméstico.

Mujer abriendo el frigorífico. IStock

Tu comida está a salvo en el interior y tu contador eléctrico no va a girar más rápido por culpa de esos suvenires decorativos.

Que el mito del consumo eléctrico sea mentira no significa que forrar la puerta de tu frigorífico sea una práctica inofensiva. Los fabricantes advierten que el peligro es muy real, pero de naturaleza estrictamente mecánica y estética.

Desde Whirlpool alertan de un problema visual muy común en los hogares, ya que muchos imanes tienen bases metálicas rugosas o esquinas afiladas.

Con el abrir y cerrar diario de la puerta, o al deslizarlos accidentalmente durante la limpieza, terminan provocando arañazos profundos. En los modernos acabados de acero inoxidable o cristal templado, este daño superficial es permanente y arruina la estética de un aparato que supone una gran inversión económica.

Por otro lado, existe un daño estructural silencioso que afecta directamente al mecanismo de cierre. Los expertos de Bosch subrayan que el peso acumulado de decenas de imanes, aunque parezcan muy ligeros de forma individual, suma varios kilos extra a la estructura de la puerta.

Este sobrepeso constante ejerce una presión brutal y desmedida sobre las bisagras y las gomas de sellado. Con el paso de los años, este esfuerzo continuado provoca que la puerta se descuelgue, impidiendo un cierre hermético y permitiendo que el frío escape, lo que irónicamente sí terminaría provocando un mayor gasto de luz para compensar esa pérdida constante de temperatura.

Si tu objetivo principal es alargar la vida útil de tu frigorífico y ahorrar energía de forma efectiva, la solución pasa por retirar el exceso de peso de la puerta y centrarse en el mantenimiento real. Los especialistas del sector recomiendan limpiar al menos una vez al año el polvo acumulado en la rejilla trasera, ya que la suciedad asfixia el motor y le obliga a trabajar el doble.

Asimismo, resulta crucial no pegar el aparato completamente a la pared para permitir una correcta ventilación de los conductos, evitar introducir recipientes calientes en su interior y no sobrecargar los estantes para que el flujo de aire frío pueda circular libremente por todos los rincones.