Estados Unidos ha perdido o sufrido daños en al menos 81 aeronaves —tripuladas y no tripuladas— durante sus operaciones militares contra Irán desde el inicio de la denominada Operación Furia Épica, el 28 de febrero de 2026.
Entre ellas figuran cazas F-15E y F-35A, aviones cisterna KC-135, helicópteros de combate y, especialmente, 45 drones MQ-9 Reaper, según un informe actualizado el 5 de octubre por el Congressional Research Service (CRS), el órgano de análisis del Congreso estadounidense.
El documento advierte además de que la cifra podría modificarse a medida que avance la evaluación de los daños y se esclarezcan incidentes cuya atribución permanece abierta. La relación incluye tanto aeronaves destruidas como aparatos dañados que, en algunos casos, han podido regresar posteriormente al servicio.
El balance ofrece una fotografía poco habitual del desgaste sufrido por la maquinaria militar estadounidense durante una campaña que comenzó con una intensa ofensiva contra Irán y que, tras un alto el fuego en abril, volvió a registrar ataques en las semanas posteriores.
El CRS subraya que las operaciones han combinado enfrentamientos aéreos, navales y de misiles en distintos escenarios de Oriente Próximo y que la situación continúa siendo fluida.
45 MQ-9 Reaper
El sistema que acumula con diferencia el mayor número de pérdidas es el MQ-9 Reaper. El informe recoge 45 aeronaves de este modelo perdidas, de acuerdo con informaciones publicadas el 13 de agosto que citaban a tres funcionarios estadounidenses.
A mucha distancia aparecen los F-15E Strike Eagle, con 12 aparatos afectados. Tres fueron destruidos por fuego amigo sobre Kuwait el 2 de marzo y otro fue destruido sobre Irán el 5 de abril.
Los otros ocho sufrieron daños ligeros durante un ataque iraní contra la base aérea de Muwaffaq Salti, en Jordania, los días 9 y 10 de septiembre, aunque posteriormente fueron devueltos al servicio.
La relación del CRS incluye también siete aviones cisterna KC-135 Stratotanker. Dos estuvieron implicados en un incidente el 12 de marzo: uno se estrelló en Irak y murieron sus seis tripulantes, mientras que el segundo realizó un aterrizaje de emergencia.
Otros cinco resultaron dañados en tierra durante un ataque iraní contra la base aérea Prince Sultan, en Arabia Saudí.
El desgaste alcanza asimismo a plataformas de alto valor para la guerra aérea. Un E-3 Sentry, utilizado para alerta temprana y control aéreo, resultó dañado en Prince Sultan y una información publicada el 15 de septiembre señaló que había recibido un "impacto directo".
Se trata de una capacidad especialmente sensible porque el propio CRS advierte de que las pérdidas de sistemas escasos y de elevada demanda podrían generar vacíos de capacidad en otros teatros de operaciones.
También un F-35A resultó alcanzado
El balance incluye un F-35A Lightning II, uno de los principales activos de combate de quinta generación de la Fuerza Aérea estadounidense. Según una información publicada el 19 de marzo, el avión sufrió daños por fuego terrestre iraní mientras operaba sobre Irán.
También aparecen dos A-10 Thunderbolt II. Uno fue alcanzado por fuego enemigo el 6 de abril, se estrelló y quedó destruido. El segundo sufrió daños graves durante el ataque contra Muwaffaq Salti de septiembre.
La lista se cierra con dos MC-130J Commando II, destruidos deliberadamente durante las operaciones de búsqueda y rescate de un F-15E derribado; un helicóptero HH-60W Jolly Green II, dañado en esas mismas misiones.
Además de un MQ-4C Triton, perdido en un accidente; tres drones MQ-1, abatidos; un AH-64 Apache, derribado sobre el estrecho de Ormuz; cuatro AH-6 Little Bird, destruidos durante operaciones de rescate, y un MH-60 Seahawk, caído en el mar Arábigo.
Hasta 3.300 millones para reponer el material
El impacto de las pérdidas no se limita al balance operativo. El Congressional Budget Office (CBO) estimó en septiembre que el coste de los equipos perdidos hasta el 1 de agosto se situaba entre 1.900 y 3.300 millones de dólares, dependiendo de las decisiones que adopte el Departamento de Defensa sobre la sustitución del material.
El dato abre un segundo frente para Washington: la capacidad de la industria estadounidense para reponer rápidamente los sistemas destruidos o dañados. El CRS plantea expresamente al Congreso si las actuales líneas de producción y cadenas de suministro pueden generar nuevos aparatos dentro de los plazos necesarios para mantener los requerimientos operativos del Pentágono.
También señala que las exportaciones militares y las propias limitaciones de producción podrían competir por esa capacidad industrial.
Este aspecto adquiere especial relevancia en un escenario en el que Estados Unidos mantiene compromisos militares simultáneos en distintos puntos del planeta.
La reposición de un dron o de un avión de combate no implica únicamente fabricar una nueva plataforma: también requiere disponer de motores, sensores, sistemas electrónicos, armamento y cadenas logísticas capaces de devolver la capacidad perdida al teatro de operaciones.
Irán obliga a revisar el riesgo aéreo
Más allá de las cifras, el informe introduce una cuestión estratégica: qué están revelando estas pérdidas sobre la evolución de las capacidades militares iraníes.
El propio CRS plantea al Congreso si los incidentes son consecuencia de cambios en el entorno de amenaza o de una mejora de las capacidades del adversario y si ello debería provocar modificaciones en los equipos estadounidenses, en sus conceptos operativos, en las tácticas y procedimientos o incluso en la ubicación de sus bases.
La composición de las pérdidas resulta especialmente significativa. El número de MQ-9 Reaper afectados —45— pone de manifiesto la elevada exposición de los sistemas no tripulados en un escenario donde el adversario dispone de capacidades para disputar el espacio aéreo.
Al mismo tiempo, los daños sufridos por F-15E, F-35A, KC-135 y E-3 evidencian que la amenaza no se limita a los drones, sino que alcanza también a plataformas tripuladas y a los elementos de apoyo que sostienen una campaña aérea.
F-35A Lightning II.
La cuestión es especialmente relevante para Washington porque algunas de estas capacidades son difíciles de sustituir a corto plazo. El propio CRS señala el caso del E-3 Sentry, un sistema envejecido y limitado en número cuya pérdida puede tener efectos que trasciendan el propio teatro de operaciones.
El informe, por tanto, convierte las 81 aeronaves afectadas en algo más que un balance de bajas: un indicador del coste material de una campaña aérea de alta intensidad y un aviso sobre la necesidad de mantener reservas, capacidad industrial y suficiente masa de combate para sostener operaciones simultáneas.
Y deja una cuestión abierta para el Pentágono y el Congreso: si las pérdidas registradas durante la Operación Furia Épica responden a una situación excepcional o anticipan un escenario en el que la superioridad aérea estadounidense tendrá que enfrentarse a adversarios cada vez mejor preparados para ponerla en riesgo.
