Rusia ha recuperado sus planes para construir un nuevo gran destructor de superficie de unas 9.500 toneladas, concebido para realizar despliegues prolongados en los océanos del mundo. Así lo ha anunciado el comandante en jefe de la Armada rusa, el almirante Alexander Moiseyev.
El plan refleja la voluntad del Kremlin de mantener una flota oceánica capaz de proyectar poder más allá de sus aguas, pero topa con una paradoja estructural: Moscú aspira a recuperar los grandes buques de superficie mientras su industria naval lleva décadas sin lograr construir con solvencia ni siquiera plataformas de menor porte.
El nuevo buque tendría casi el doble de desplazamiento que las actuales fragatas de la clase Gorshkov (Proyecto 22350) y se situaría en una categoría próxima a la de un destructor.
Según Moiseyev, su construcción podría comenzar bajo el próximo programa estatal de armamento, una vez superado 2027. Por ahora, se encuentra todavía en fase de proyecto técnico: no existe un contrato de construcción ni se ha comenzado a cortar acero.
La idea de recuperar un gran combatiente de superficie no es nueva. Rusia lleva años intentando sacar adelante el Proyecto 23560 Lider, presentado como un gran destructor que llegó a evolucionar desde un diseño de unas 12.000-13.000 toneladas hasta un buque de propulsión nuclear de aproximadamente 19.000 toneladas, más cercano a un crucero.
Recreación del proyector Lider, uno de los grandes sueños de Rusia.
El programa llegó a contemplar seis unidades, pero nunca pasó a la construcción. El proyecto fue suspendido y, aunque posteriormente Moscú aseguró que continuaba en desarrollo, las dificultades para acceder a tecnologías y componentes críticos limitaron sus posibilidades.
El nuevo diseño de 9.500 toneladas parece plantear una alternativa más modesta al proyecto Lider. Rusia mantiene actualmente tres líneas de grandes combatientes de superficie: las fragatas Gorshkov de 5.400 toneladas, el futuro Proyecto 22350M, de unas 7.000 toneladas, y ahora este nuevo buque destinado a operar en la denominada zona oceánica lejana.
La cuestión es si la industria rusa dispone realmente de capacidad para construirlos.
Una industria naval bajo presión
Rusia no ha construido un gran combatiente de superficie desde la desaparición de la Unión Soviética. Incluso el programa Gorshkov ha sufrido importantes retrasos: la primera unidad fue puesta en grada en 2006 y no entró en servicio hasta 2018.
La fragata Almirante Amelko del Proyecto 22350 fue botada en 2025 en San Petersburgo.
Uno de los principales problemas fue la pérdida de acceso a las turbinas ucranianas tras la anexión rusa de Crimea en 2014, lo que obligó a desarrollar sistemas de propulsión nacionales y retrasó el programa durante años. Y ahora, la guerra con Ucrania también está limitando esas capacidades y retrasando la puesta en marcha de grandes programas.
A día de hoy, Rusia cuenta con apenas tres Gorshkov en servicio, mientras otras unidades continúan en construcción o armamento. El salto hacia un buque de 9.500 toneladas supondría, por tanto, un desafío industrial considerable.
Además, los principales astilleros rusos tienen ya una elevada carga de trabajo. Sevmash, en Severodvinsk, está centrado principalmente en submarinos, mientras Severnaya Verf, en San Petersburgo, trabaja en la construcción de fragatas.
A ello se suman las dificultades derivadas de las sanciones occidentales, que afectan al acceso ruso a maquinaria, electrónica naval y componentes especializados.
Submarinos antes que grandes buques
La contradicción resulta especialmente visible al comparar el nuevo proyecto con las prioridades reales de la Armada rusa. Moscú continúa destinando una parte esencial de sus recursos navales a los submarinos nucleares, tanto los lanzamisiles balísticos de la clase Borei-A como los de ataque y lanzamiento de misiles de crucero Yasen-M.
Estos buques, combinados con corbetas, pequeños buques lanzamisiles y baterías costeras equipadas con misiles Kalibr, Oniks y Zircon, proporcionan a Rusia una importante capacidad de negación del acceso marítimo sin necesidad de mantener una gran flota de superficie.
El propio regreso del Admiral Nakhimov, el crucero nuclear de la clase Kirov sometido a una prolongada modernización, ilustra las dificultades. El buque lleva décadas en proceso de reconstrucción y el coste del programa se ha disparado muy por encima de las previsiones iniciales.
Sobre el papel, el Nakhimov dispondrá de una formidable batería de misiles y sistemas de defensa aérea. Pero su prolongada y costosa modernización demuestra también el problema que afronta Moscú: mantener grandes buques de superficie resulta mucho más complejo y caro que apostar por plataformas menores y submarinos.
Por ello, el nuevo destructor de 9.500 toneladas representa, de momento, más una declaración de intenciones que un programa naval consolidado.
“Columna vertebral” de la Armada
El Kremlin mantiene el discurso de que los grandes buques de superficie deben seguir siendo “la columna vertebral” de la Armada, pero la realidad industrial y presupuestaria apunta hacia una flota mucho más centrada en fragatas, corbetas y submarinos.
El proyecto también tiene una dimensión geopolítica. En plena guerra con Ucrania y mientras China multiplica a un ritmo muy superior su capacidad naval, Rusia trata de demostrar que conserva la ambición de actuar como potencia marítima global.
El desafío para Moscú no será diseñar el nuevo buque, sino construirlo, equiparlo y mantenerlo en número suficiente. Y ahí es precisamente donde la industria naval rusa lleva décadas chocando con sus propias limitaciones.
