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Las claves

La superioridad aérea, con los cazas como protagonistas, ha sido durante décadas una de las columnas vertebrales del poder militar de Estados Unidos. Sin embargo, la estructura que sostiene ese dominio aeroespacial atraviesa un periodo de profunda transformación salpicado por tensiones operativas, limitaciones presupuestarias y cuellos de botella industriales.

En un reciente informe presentado ante el Congreso, la propia Fuerza Aérea de Estados Unidos (USAF, por sus siglas en inglés) revela que transita una compleja situación: una flota de combate envejecida por el uso intensivo, unos costes de mantenimiento que no dejan de crecer, un déficit histórico de personal y el desafío apremiante de adaptarse a un escenario internacional en el que potencias como China aceleran sus propios programas de cazas de última generación.

En el centro del problema se encuentra el estado de las aeronaves. La edad media de la flota de cazas se sitúa en 27,4 años, muy por encima de los 17 años que se registraba en los '90.

Este envejecimiento tiene consecuencias directas y medibles en la operatividad diaria. La tasa de disponibilidad de los aviones para cumplir sus misiones asignadas ha caído de manera alarmante, pasando del 72,9% de 1994 al actual 53,9%.

Mantener en el aire plataformas que acumulan miles de horas de vuelo exige un esfuerzo financiero cada vez mayor. Los costes de sostenimiento anual se han disparado un 18% desde 2019, más de 950 millones de dólares cada año (unos 818 millones de euros al cambio actual).

Los aviones veteranos no sólo sufren averías con mayor frecuencia, sino que conseguir repuestos para sus sistemas originales se convierte a menudo en una odisea logística e industrial.

Esta situación genera un déficit crónico de cerca de 400 millones de dólares (344 millones de euros) entre los presupuestos asignados al mantenimiento de las unidades.

Escasez de pilotos y aviones

El factor humano presenta grietas igualmente preocupantes. La USAF enfrenta un déficit de 1.900 pilotos respecto al personal necesario para cubrir sus compromisos globales. A pesar de los planes puestos en marcha para formar a unos 1.500 nuevos aviadores al año, las metas de graduación e instrucción no se están alcanzando, según ha reconocido la propia Fuerza Aérea.

Esta falta de pilotos, sumada a la escasez de mecánicos y personal especializado en los talleres, impone límites a la capacidad operativa. De nada sirve aumentar el número de fuselajes aparcados en las pistas si no se dispone del personal debidamente entrenado para pilotarlos y mantenerlos en condiciones de vuelo.

Fábrica de los F-35 Lockheed Martin

De igual manera, el incumplimiento de los suelos mínimos en relación al número de aviones fijados por la legislación estadounidense añade una dimensión política y legal a esta situación.

El Congreso exige por estatuto mantener al menos 1.145 cazas dedicados a misiones primarias de combate, pero la USAF ha reconocido que se halla por debajo de ese límite, con un recuento total de 1.098 aparatos.

Frente a esta situación, la estrategia de modernización contempla un ambicioso plan de renovación a dos velocidades.

Por un lado, se busca la desinversión progresiva y el retiro definitivo de modelos legendarios pero tecnológicamente superados, como los aviones de ataque A-10 Thunderbolt II o las variantes más antiguas de los cazas F-15 y F-16.

Por otro, se contempla la compra masiva de plataformas modernas, combinando la adquisición renovada de modelos avanzados como el F-15EX, a un ritmo de 24 unidades anuales a partir de 2027; con la aceleración en las entregas del caza de quinta generación F-35, a una velocidad de 100 aeronaves cada año para 2020. El objetivo trazado es alcanzar los 1.558 aviones en 2035.

A su vez, la USAF tiene la vista puesta en el desarrollo del programa de caza sexta generación, encarnado en el F-47, e íntimamente ligado al despliegue de las denominadas aeronaves de combate colaborativas, plataformas no tripuladas concebidas para volar como "escuderos" de aviones tripulados, aportando mayor masa de fuego, sensores adicionales y capacidad de penetración en entornos con defensas antiaéreas sin poner en riesgo vidas humanas.

Sin embargo, el camino para hacer realidad esta transformación está lleno de incertidumbres.

La capacidad de la base industrial para cumplir con los plazos proyectados, la disponibilidad de materias primas y componentes electrónicos, y la presión que ejercen los pedidos de países aliados que también compran estas mismas plataformas, ponen a prueba las previsiones de la Fuerza Aérea.