En las profundidades de las vastas llanuras del estado de Montana, al norte de Estados Unidos, mediante una inversión de 2.000 millones de dólares (1.722 millones de euros), el Pentágono construirá una gigantesca red de infraestructura subterránea de 3.581 kilómetros de extensión para asegurar el mando, control y la conectividad de su nuevo misil balístico intercontinental: el LGM-35A Sentinel.
Una vez en servicio, los Sentinel sustituirán a los veteranos misiles Minuteman III, operativos desde hace más de medio siglo. Su desarrollo, no obstante, implica mucho más que la fabricación de un proyectil más moderno, rápido o preciso.
La verdadera transformación reside en la renovación completa de la arquitectura terrestre que mantiene interconectados a cientos de silos y centros de mando dispersos a lo largo de decenas de miles de kilómetros cuadrados.
El Sentinel, diseñado por la firma Northrop Grumman, está destinado a heredar la responsabilidad de la pata terrestre de la tríada nuclear estadounidense. Sin embargo, para que las 400 unidades operativas previstas cumplan con su cometido disuasorio, es indispensable asegurar que la orden de lanzamiento pueda transmitirse sin interrupciones, incluso bajo el escenario extremo de un ataque nuclear enemigo.
En la Base Aérea de Malmstrom, la 341.ª Ala de Misiles opera en la actualidad 150 plataformas de lanzamiento distribuidas en una superficie que supera los 35.000 kilómetros cuadrados. Es en este punto donde la red subterránea de comunicaciones cobra un valor incalculable.
La futura arteria de fibra óptica reforzada deberá atravesar ríos, cruzar vías férreas, superar autopistas y sortear accidentados terrenos remotos, respetando al mismo tiempo normativas ambientales y zonas de alto valor cultural.
Esta dispersión geográfica no responde al azar, sino a una meditada estrategia militar. Durante décadas, la doctrina nuclear ha confiado en la separación espacial para evitar que un único impacto inutilice múltiples activos. Si bien concentrar los enlaces de mando simplificaría drásticamente la construcción y abarataría los costes, también facilitaría el trabajo de un eventual agresor.
Al multiplicar los nodos y extender miles de kilómetros de cableado protegido a gran profundidad, Washington eleva exponencialmente el coste táctico para cualquier adversario, garantizando que la capacidad de respuesta sobreviva a un primer golpe.
El verdadero desafío de esta modernización trasciende, por tanto, a la propia tecnología aeroespacial, dado que el mayor cuello de botella del programa Sentinel, valorado en unos 140.900 millones de dólares (121.000 millones de euros), no se encuentra en los motores de combustible sólido o los sistemas de guía del misil, sino en el replanteamiento integral de la infraestructura terrestre.
