Rusia está acelerando la producción de una nueva generación de drones de ataque con la que busca elevar la presión sobre las mermadas defensas aéreas de Ucrania. La industria militar rusa fabrica actualmente alrededor de 3.000 Geran-4 y Geran-5 al mes, según una estimación de la inteligencia militar ucraniana (DIU), que apunta además a una ampliación de las instalaciones donde se producen estos sistemas.
La cifra, que equivale a aproximadamente 100 drones diarios, da una idea de la dimensión que está adquiriendo la guerra de sistemas no tripulados y de la apuesta de Moscú por convertir el volumen de producción en una herramienta estratégica.
La información, facilitada por la DIU al medio ucraniano Militarnyi, es una estimación de los servicios de inteligencia de Kiev, y no ha podido ser verificada de forma independiente. Sin embargo, coincide con otras evidencias sobre la expansión de la producción rusa de drones y con la creciente utilización de modelos propulsados por turborreactores.
El objetivo de Moscú es doble: aumentar la capacidad de ataque sobre territorio ucraniano y obligar a Kiev a consumir sistemas de defensa aérea para hacer frente a oleadas cada vez mayores y más difíciles de interceptar. De ahí la insistencia del presidente ucraniano para conseguir el permiso de EEUU para fabricar los misiles Patriot.
La fabricación en serie de los Geran-4 y Geran-5 se concentra en las instalaciones de la Zona Económica Especial de Alabuga, en Yelábuga, en la república rusa de Tatarstán.
El complejo se ha convertido en uno de los principales polos de producción de drones de Rusia. En su fabricación participan además diferentes empresas y proveedores, que suministran componentes y permiten mantener una cadena industrial a gran escala.
Pero Moscú quiere ir todavía más lejos.
Imágenes de satélite tomadas durante los últimos meses han revelado obras de gran envergadura en la zona, especialmente en el sector sur del complejo. Según el análisis de imágenes difundido por fuentes ucranianas, los nuevos trabajos afectan a una superficie de aproximadamente 340 hectáreas y comenzaron en mayo de 2026.
La finalidad exacta de las nuevas instalaciones todavía no se conoce. Sin embargo, su construcción apunta a una ampliación de la capacidad industrial precisamente cuando Rusia ya habría alcanzado un ritmo de producción de miles de drones mensuales.
La señal es relevante desde el punto de vista estratégico: Moscú parece prepararse para mantener durante un periodo prolongado una campaña de ataques de largo alcance contra Ucrania.
Geran-4: más rápido y difícil de interceptar
Los nuevos Geran representan una evolución respecto a los primeros drones de la familia, derivados del diseño iraní Shahed.
El Geran-4 mantiene unas dimensiones similares a las de su predecesor, con una envergadura de unos tres metros y una longitud de aproximadamente 3,5 metros, pero incorpora un motor mucho más potente.
Su turborreactor desarrolla unos 160 kilogramos-fuerza de empuje, aproximadamente el doble que el motor chino Telefly JT80 utilizado en el modelo anterior. Esto permite elevar su velocidad de crucero hasta una horquilla de 350 a 500 km/h, frente a los 280-330 km/h de los modelos anteriores.
También aumenta su alcance, que pasa de unos 600 a aproximadamente 850 kilómetros, mientras que su autonomía se sitúa en torno a las 2,5 horas.
El aparato puede operar entre los 100 y los 5.000 metros de altitud y transportar una cabeza de guerra de al menos 50 kilos.
La velocidad constituye uno de los principales cambios. Para Ucrania, enfrentarse a un dron que vuela más rápido significa disponer de menos tiempo para detectarlo, seguirlo y neutralizarlo.
La evolución no es casual. Rusia está adaptando sus drones a un campo de batalla en el que Ucrania ha desarrollado una red cada vez más sofisticada de defensa aérea y sistemas antidron.
El Geran-5: un dron-misil
El Geran-5 supone un salto todavía mayor. Su diseño se aleja de la configuración característica de los Shahed y se aproxima mucho más a la de un misil de crucero.
Por su forma y prestaciones, el sistema puede encuadrarse dentro de una categoría híbrida entre dron y misil, un concepto que también está siendo explorado por la industria de Defensa ucraniana.
Dron de ataque a reacción ruso Geran-5 exhibido durante el desfile del Día de la Victoria de Rusia en Moscú el 9 de mayo de 2026.
El Geran-5 puede transportar una cabeza de guerra de 90 kilos y tiene un alcance declarado de alrededor de 1.000 kilómetros. Además de su carga explosiva principal, la inteligencia ucraniana señala que puede incorporar misiles aire-aire R-73 con buscadores infrarrojos.
Otra de sus características más llamativas es que puede ser lanzado desde plataformas aéreas, entre ellas los Su-25 rusos.
De esta manera, Moscú está desarrollando una familia de sistemas que combina algunas de las características tradicionalmente asociadas a los drones —su capacidad de producción masiva— con prestaciones cada vez más próximas a las de los misiles de largo alcance.
Una batalla de costes
La evolución de los Geran tiene una lectura que va más allá de sus características técnicas. Rusia está convirtiendo la producción masiva de drones en una herramienta de desgaste estratégico.
Las oleadas de drones obligan a Ucrania a movilizar radares, sistemas de guerra electrónica, cañones antiaéreos, misiles tierra-aire y drones interceptores. El problema es que el coste de muchos de estos sistemas de defensa es muy superior al de las aeronaves no tripuladas que intentan derribar.
La ecuación favorece a Moscú si consigue mantener un ritmo industrial elevado durante meses: Rusia puede lanzar grandes cantidades de drones relativamente baratos mientras Ucrania necesita emplear sistemas mucho más costosos para neutralizarlos.
La situación adquiere además una dimensión internacional. Ucrania depende en buena medida del apoyo de sus aliados para reponer sus sistemas de defensa aérea y sus interceptores. Cada nueva oleada rusa incrementa, por tanto, la presión sobre las capacidades industriales de Estados Unidos y Europa.
La guerra de drones se convierte así también en una competición industrial entre Rusia y Occidente.
Drones de reacción
La expansión de los Geran-4 y Geran-5 encaja con una tendencia advertida por Kiev durante los últimos meses.
En junio, el entonces comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Ucrania, Oleksandr Syrskyi, afirmó que Rusia pretendía incrementar significativamente el uso de drones de ataque propulsados por reacción. Según sus estimaciones, este tipo de aparatos podría llegar a representar hasta el 50% de los UAV de ataque empleados por Moscú.
La nueva información proporcionada por la DIU apunta en la misma dirección.
La inteligencia ucraniana sostiene además que Rusia ha detenido la producción del Geran-3, otro modelo propulsado por reacción. La decisión podría responder a una reorganización de la cadena industrial para concentrar recursos en las plataformas más recientes.
El cambio resulta significativo. Moscú no está abandonando la estrategia de los drones de bajo coste: está evolucionándola hacia plataformas más rápidas, pesadas y capaces de penetrar con mayor facilidad las defensas ucranianas.
De la guerra de drones a la guerra industrial
La cifra de 3.000 Geran-4 y Geran-5 mensuales ilustra hasta qué punto la guerra de Ucrania está transformando el papel de los sistemas no tripulados.
Lo que comenzó como una alternativa relativamente barata a los misiles de crucero se ha convertido en una pieza central de las campañas de ataque estratégico rusas. Y la ampliación de Alabuga indica que Moscú quiere incrementar todavía más esa capacidad.
La clave estará ahora en si Rusia consigue mantener y aumentar este ritmo de producción al mismo tiempo que Ucrania y sus aliados desarrollan nuevos métodos para interceptar estos aparatos.
La carrera ya no consiste únicamente en fabricar el dron más sofisticado. Se trata de determinar quién puede producir más sistemas, más rápido y durante más tiempo, y quién puede mantener una defensa aérea capaz de neutralizarlos sin agotar sus reservas.
Con unas 3.000 unidades mensuales, Rusia parece haber convertido Alabuga en una de las piezas fundamentales de esa nueva guerra industrial. Y la ampliación de sus instalaciones apunta a que Moscú no se prepara para reducir la intensidad de la campaña aérea, sino para multiplicarla.
