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Las claves

La Royal Navy británica ha desconectado de Internet las cámaras instaladas a bordo de sus nuevos buques de superficie no tripulados K3 Scout después de detectar comunicaciones automáticas recurrentes con una dirección IP localizada en China.

El hallazgo, revelado por The Telegraph, ha obligado a revisar un componente de una flota de 20 embarcaciones que el Reino Unido incorpora para impulsar el uso de drones navales en operaciones marítimas. El incidente también cuestiona la seguridad de la cadena de suministro de estos buques no tripulados, adquiridos por 12,3 millones de libras.

El Ministerio de Defensa británico sostiene que no se accedió a datos sensibles ni a ninguno de sus sistemas y que la investigación no ha encontrado evidencias de que información haya sido extraída. Las comunicaciones detectadas correspondían a señales automáticas de tipo heartbeat —mensajes que determinados dispositivos conectados envían periódicamente para indicar que están activos y comprobar su conectividad—.

El incidente vuelve a poner sobre la mesa uno de los principales desafíos de la digitalización de las Fuerzas Armadas occidentales: garantizar no solo la seguridad de las grandes plataformas militares, sino también la de cada sensor, cámara, procesador o módulo de comunicaciones integrado en ellas.

La alerta fue descubierta durante una evaluación rutinaria de vulnerabilidades cibernéticas. Según la información publicada el 9 de agosto por The Telegraph, los investigadores identificaron comunicaciones automáticas procedentes de componentes de origen chino integrados en cámaras suministradas por un tercero.

El fabricante de los K3 Scout, Kraken Technology Group, ha señalado que las cámaras habían sido suministradas por una empresa externa y que los equipos habían sido presentados como conformes con los requisitos de seguridad exigidos. La compañía también ha indicado que una auditoría posterior permitió identificar el problema.

El episodio no implica, por tanto, que China haya accedido a los sistemas de la Royal Navy. Pero sí revela una vulnerabilidad potencial en un modelo de adquisición cada vez más extendido: plataformas militares diseñadas en Occidente que incorporan componentes comerciales procedentes de una cadena global de proveedores.

20 drones navales

La Royal Navy ha situado la transición hacia una “flota híbrida” —integrada por plataformas tripuladas y sistemas no tripulados— en el centro de su estrategia para imponerse en los conflictos navales del futuro.

Los K3 Scout forman parte del Project Beehive, un programa con el que la Royal Navy pretende acelerar la integración de sistemas de superficie no tripulados en sus operaciones. Reino Unido ha contratado 20 unidades por un importe de 12,3 millones de libras para actividades operativas, entrenamiento y experimentación.

01-Kraken-K3-SCOUT.jpg Kraken Technology Group

El programa busca desarrollar una nueva generación de capacidades en las que los buques autónomos puedan operar junto a unidades convencionales y asumir misiones que hasta ahora exigían desplegar plataformas tripuladas.

La idea es avanzar hacia una fuerza naval más distribuida, en la que embarcaciones de menor tamaño puedan desplegarse en zonas de riesgo, ampliar la vigilancia o proporcionar capacidades de inteligencia y reconocimiento sin exponer a una fragata o a su tripulación.

Beehive pretende además funcionar como un banco de pruebas para nuevas tecnologías. La arquitectura abierta del K3 Scout permite incorporar sensores, cargas útiles y sistemas de misión diferentes sin tener que rediseñar la plataforma.

Es precisamente esa flexibilidad la que convierte la seguridad de los componentes en un elemento crítico.

Un buque no tripulado puede integrar cámaras electroópticas, radares, sonares, sistemas de guerra electrónica, comunicaciones y equipos C5ISR. Cada uno de ellos puede incorporar a su vez hardware y software procedente de diferentes fabricantes y países.

El sistema de seguridad deja así de ser tan fuerte como su plataforma principal y pasa a depender también de los elementos aparentemente secundarios que se encuentran en sus extremos.

55 nudos y 600 kilos de carga

El K3 Scout mide 8,4 metros de eslora, tiene una manga de 1,93 metros y un calado de 0,8 metros. Su desplazamiento máximo alcanza los 2.500 kilos y está equipado con un sistema de propulsión diésel interior conectado a una transmisión de popa.

El fabricante sitúa su velocidad máxima en 55 nudos, mientras que su autonomía alcanza las 650 millas náuticas a 25 nudos. Dependiendo de la configuración y de la misión, puede permanecer desplegado hasta 30 días y transportar una carga útil de hasta 600 kilos.

Su diseño modular permite instalar diferentes sensores y sistemas de misión, desde cámaras electroópticas y radares hasta sonares o equipos definidos por el usuario. El sistema emplea el sistema operativo Auterion y dispone de interfaces abiertas para integrar diferentes capacidades de autonomía.

El K3 puede operar bajo distintos niveles de supervisión humana, desde navegación autónoma supervisada hasta control remoto. Entre las capacidades previstas figuran la vigilancia marítima, protección de fuerzas, reconocimiento avanzado, apoyo a operaciones litorales, reabastecimiento, evacuación de bajas y otras misiones que pueden realizarse sin poner directamente en riesgo una plataforma tripulada.

La arquitectura también está concebida para permitir que varios K3 Scout operen de forma coordinada como parte de una fuerza distribuida.

No es solo la cámara

El incidente adquiere una dimensión especial por el tipo de misiones que pueden desarrollar estos buques.

Una cámara instalada en una plataforma no tripulada puede parecer un elemento secundario. Sin embargo, forma parte potencialmente de una cadena de inteligencia, vigilancia y reconocimiento. Puede observar instalaciones, registrar movimientos de personal, identificar patrones de actividad o alimentar información a operadores situados en tierra o en otros buques.

Por eso, incluso una comunicación automática aparentemente inocua debe ser sometida a controles estrictos cuando el dispositivo forma parte de una plataforma militar.

El caso resulta especialmente sensible porque, según la información publicada por The Telegraph, algunos de los K3 Scout habían participado en actividades preparatorias relacionadas con posibles futuras misiones británicas en el estrecho de Ormuz y habían operado cerca de instalaciones utilizadas por el Special Boat Service en Poole.

El diario británico también informó de que algunas cámaras podrían haber permanecido activas mientras los propios buques estaban apagados, una circunstancia que plantea además interrogantes sobre la gestión de la alimentación eléctrica de los subsistemas y sobre la capacidad de determinados componentes comerciales para funcionar independientemente de la plataforma principal.

No obstante, estos elementos deben diferenciarse de la evidencia confirmada por el Ministerio de Defensa: Londres no ha encontrado indicios de acceso a información sensible ni de compromiso de sus sistemas.

Control del suministro

El episodio llega en un momento en el que los ejércitos occidentales están acelerando la incorporación de drones y sistemas autónomos para responder a las lecciones de la guerra de Ucrania.

La necesidad de producir grandes cantidades de plataformas a menor coste está impulsando el uso de componentes comerciales, arquitecturas abiertas y cadenas de suministro internacionales. El objetivo es reducir los tiempos de desarrollo y permitir que nuevos sensores o sistemas puedan incorporarse rápidamente.

Pero esa misma estrategia introduce nuevos riesgos.

Un sistema militar puede ser completamente diseñado e integrado en un país de la OTAN y, al mismo tiempo, contener componentes fabricados en terceros países. El problema no reside únicamente en el lugar donde se ensambla una plataforma, sino en quién controla sus componentes, qué software ejecutan, qué actualizaciones reciben y qué comunicaciones generan cuando están conectados a una red.

La cuestión es especialmente relevante en el caso de China, cuya industria ocupa una posición central en numerosas cadenas de suministro tecnológicas y electrónicas mundiales.

Para las Fuerzas Armadas occidentales, la exigencia de seguridad ya no puede limitarse a comprobar el fabricante final de una plataforma. También resulta necesario conocer la procedencia de los componentes, verificar su firmware, auditar sus comunicaciones y garantizar que ningún dispositivo pueda establecer conexiones no autorizadas.