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Las claves

La carrera por ver qué aeronaves dominarán los cielos a lo largo de este siglo ha entrado en una fase crítica en la que cada año cuenta y los márgenes de error en el desarrollo de aviones de combate se han reducido al mínimo. En este complejo escenario geopolítico y tecnológico, la Fuerza Aérea de Estados Unidos (USAF, por sus siglas en inglés) ha fijado una fecha clave en el calendario: 2028.

Ese será el año en que el F-47, su futuro caza de sexta generación, realice su vuelo inaugural. La meta, sin embargo, no nace únicamente de la voluntad de innovación de sus capacidades aéreas sino de la imperiosa necesidad de recortar distancias con Pekín, que ya lleva años poniendo a prueba sus propios prototipos.

En este sentido, el general Dale R. White, responsable de los programas estratégicos de sistemas de armas de la USAF, ha confirmado que el calendario oficial del F-47 se mantiene firme.

No obstante, esta confirmación saca a la luz una paradoja temporal inevitable. Mientras que el gigante norteamericano prevé elevar su primer prototipo dentro de dos años, las corporaciones aeronáuticas chinas Chengdu y Shenyang lograron realizar los primeros vuelos de sus plataformas de sexta generación en 2024.

Esto deja a Washington en una posición de partida con cuatro años de demora respecto a su principal rival.

Actualmente, China y Estados Unidos compiten en una liga propia, muy por delante del resto de las potencias mundiales. Sin embargo, la brecha temporal entre ambos no se limita a las pruebas iniciales.

Se estima que el gigante asiático podría desplegar sus primeros aviones de sexta generación hacia 2030, mientras que la entrada en servicio del F-47 no se prevé hasta la década de 2040.

Esta diferencia obliga a la industria aeroespacial estadounidense a acelerar al máximo cada etapa de desarrollo, pero sin comprometer la efectividad tecnológica.

El programa F-47 experimentó un impulso decisivo a principios de 2025 al entrar en la fase de producción a escala real. La empresa Boeing fue la que asumió la responsabilidad de trasladar el proyecto experimental a un plano operativo, tras revaluar el Pentágono los costes, el tipo de misión y la estructura global de la fuerza militar.

De esta manera, la compañía tiene alrededor de tres años para poner el avión en el aire, un ritmo vertiginoso si se compara con los cinco con los que contó Lockheed Martin desde el contrato de adjudicación hasta el vuelo inaugural del F-35.

Pisar el acelerador es posible gracias a que el F-47 no parte completamente desde cero. Durante los cinco años previos a la adjudicación del contrato, la USAF acumuló cientos de horas de vuelo con demostradores tecnológicos clasificados.

Imagen ilustrativa del futuro caza F-47. USAF

Esta experimentación, si bien reduce la incertidumbre en los diseños fundamentales, deja por delante, no obstante, un camino técnico de una elevada complejidad.

Boeing debe completar en tiempo récord el diseño detallado, ensamblar la primera estructura, integrar los sistemas de control de vuelo y equipos de misión, superar rigurosas pruebas de vibración y resistencia estructural en tierra, y realizar los rodajes de alta velocidad antes de recibir la autorización definitiva para volar.

Los motores del F-47

Uno de los escollos más acuciantes en este apretado cronograma radica en el sistema de propulsión. El diseño conceptual del F-47 se articuló en torno al motor NGAP, una planta motriz concebida para generar un empuje masivo de entre 156 y 178 kilonewtons, garantizando al mismo tiempo una gestión térmica inédita, mayor generación de energía eléctrica y una eficiencia de combustible muy superior a la de los motores de quinta generación.

El gran problema es que este motor adaptativo no estará listo para integrarse en la estructura del avión hasta principios de la década de 2030.

Futuro caza F-47. USAF

Para no retrasar el hito del primer vuelo en 2028, Boeing y la USAF se verán obligados a hacer volar las primeras unidades con una solución provisional. Salvo que el desarrollo del nuevo motor logre adelantarse milagrosamente, el prototipo del F-47 recurrirá a una configuración inicial del motor F135 -el mismo que impulsa al F-35- o a una versión prematura del sistema NGAP.

Esto significa que las primeras pruebas de vuelo se realizarán sin contar aún con las prestaciones definitivas de empuje y eficiencia de combustible proyectadas para el avión operativo.

Penetración profunda

A diferencia del F-35A, ideado como un avión multi-rol para diversos tipos de misiones, el F-47 ha sido concebido desde sus cimientos como un caza de superioridad aérea de penetración profunda, destinado a asumir el relevo del legendario F-22 Raptor.

El F-47 está diseñado para alcanzar un radio de combate superior a las 1.000 millas náuticas (1.852 kilómetros), lo que supone un incremento del 69% respecto al alcance del F-22 y de un 49% frente al F-35A. La razón estratégica tras esta capacidad es la necesidad de operar en escenarios donde las distancias entre bases y zonas de combate son gigantescas, tal como sucede en el océano Pacífico.

Al disponer de un radio de acción extendido, la Fuerza Aérea de EEUU puede desplegar sus cazas desde bases alejadas de la amenaza de los misiles balísticos chinos, utilizar rutas de aproximación impredecibles y reducir drásticamente la dependencia de los aviones de reabastecimiento en vuelo, los cuales resultan sumamente vulnerables en entornos hostiles.

Junto a este formidable alcance, el avión deberá mantener velocidades punta superiores a Mach 2, conservando la capacidad de respuesta y rápida interceptación que caracteriza al F-22, pero ampliando el radio geográfico sobre el que puede ejecutarla.

El F-47 deberá penetrar redes defensivas equipadas con misiles tierra-aire de largo alcance y enfrentarse a cazas furtivos de quinta generación como el J-20 chino o el Su-57 ruso.