Los drones y la munición merodeadora han transformado por completo el campo de batalla y puesto de manifiesto una paradoja económica insostenible: el uso masivo de aeronaves no tripuladas de bajo coste para golpear infraestructuras estratégicas ha obligado a los ejércitos a gastar proyectiles de última generación cuyo precio multiplica por cien el del objetivo a interceptar.
Ante este escenario, la aviación militar rusa ha comenzado a desempolvar sus inmensas reservas de misiles aire-aire heredadas de la Guerra Fría para neutralizar la amenaza sin agotar sus arsenales más sofisticados.
El problema de fondo reside en la matemática pura de la guerra de desgaste. Un dron kamikaze de ataque unidireccional, como el modelo FP-1 que Ucrania emplea ampliamente contra las fuerzas del Kremlin, posee un coste de producción relativamente marginal que a menudo no supera los 10.000 euros.
Sin embargo, cuando estos aparatos se adentran en territorio enemigo con rumbo a objetivos de valor estratégico, la respuesta inmediata suele involucrar a cazas de vanguardia de las Fuerzas Aeroespaciales Rusas, entre ellos el Su-35 e incluso el Su-57.
No obstante, la reciente difusión de imágenes en las que se observa a un Su-35 realizar múltiples intentos y maniobras para derribar un FP-1 con proyectiles de alta tecnología ha encendido las alarmas operativas de las autoridades militares rusas.
Emplear misiles guiados de última generación contra objetivos lentos y carentes de capacidad evasiva no sólo representa un despilfarro financiero vertiginoso sino que compromete también la disponibilidad de armamento pesado para enfrentamientos de mayor entidad.
Esta encrucijada ha impulsado a las fuerzas armadas a nivel global, y a Moscú en particular, a buscar métodos de interceptación que equilibren la eficacia militar con la sostenibilidad presupuestaria.
La herencia soviética
La alternativa más viable para la aviación rusa se encuentra acumulando polvo en sus propios arsenales de la Guerra Fría. Durante las últimas décadas del siglo pasado, la Fuerza Aérea Soviética fabricó y almacenó ingentes cantidades de munición aérea en previsión de un enfrentamiento a gran escala con las potencias de la OTAN.
Se calcula que en la actualidad existen más de 10.000 misiles almacenados pertenecientes a tres familias principales: el R-27, el R-73 y el veterano R-60.
Su-35 equipado con misiles.
Muchos de estos proyectiles se encuentran en la fase final de su vida útil. En circunstancias normales, estas municiones requerirían complejos, lentos y costosos procesos de desmantelamiento y neutralización ecológica.
Sin embargo, su despliegue operativo contra drones permite extraer un valor militar añadido de unos activos que ya fueron amortizados hace más de tres décadas, convirtiendo un pasivo logístico en un recurso defensivo inmediato.
Aunque estos tres modelos de misiles han sido superados por diseños contemporáneos en combates contra aviación tripulada de última generación, conservan atributos ideales para la caza de drones.
Las aeronaves no tripuladas de ataque utilizadas por Kiev destacan por volar a velocidades moderadas, seguir trayectorias predecibles y carecer de sistemas avanzados de contramedidas electrónicas o maniobras evasivas complejas.
Tres misiles distintos
En este sentido, el misil R-27, introducido a principios de los años ochenta para equipar a los cazas de cuarta generación MiG-29 y Su-27, ofrece un alcance medio óptimo y variantes de guiado tanto por radar como por infrarrojos.
Dado que sus versiones más evolucionadas continuaron siendo el armamento estándar de aeronaves como el Su-30SM y el Su-35 hasta bien entrada la presente década, su integración en las plataformas actuales resulta inmediata y su efectividad contra blancos lentos está fuera de toda duda.
Por su parte, el R-73 representa la herramienta idónea para los enfrentamientos a corta distancia. En su momento fue calificado como el misil de corto alcance más ágil del mundo gracias a su combinación de maniobrabilidad extrema y un buscador infrarrojo de gran ángulo.
Frente a la firma térmica de los motores de un dron, el R-73 mantiene un rendimiento soberbio a pesar de los años transcurridos desde su fabricación.
Misiles R-60
En un escalón aún más antiguo se sitúa el R-60, un diseño previo que, si bien presenta limitaciones acusadas en alcance y sensibilidad en comparación con sus sucesores, resulta totalmente prescindible.
Al llevar décadas fuera de la primera línea operativa, emplear las existencias restantes de R-60 no supone quebranto alguno para la arquitectura defensiva moderna.
Asimismo, la reutilización de este inventario histórico consolida la denominada filosofía de empleo escalonado de armamento. Bajo esta doctrina, las armas más costosas y dotadas de sensores avanzados se reservan estrictamente para neutralizar amenazas de alta prioridad, como misiles de crucero, municiones de precisión de largo alcance o aviones de combate enemigos.
Reservar los misiles modernos para objetivos de alto valor y desviar los arsenales soviéticos hacia la caza de drones permite a las Fuerzas Aeroespaciales Rusas contener los costes operativos a largo plazo.
